lunes, julio 15, 2024

Crítica del libro “Cecilia. El último baile”: Un beso (de taquito) y una flor

Watson pregunta por temas escabrosos, impulsa a Cecilia a manifestar sus opiniones en cuanto a disputas sociales, nos cuenta de otras aristas de su trabajo que dan luces de su visión de la realidad y el lugar desde dónde mira lo que la rodea. Así, en un poco más de 200 páginas y apoyada en una gran cantidad de fotografías, discurre el espiral del pedacito de vida que compartieron Johanna y Cecilia. 

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A poco del primer aniversario de su muerte y poco después del Día del Orgullo, se acerca la reimpresión del libro Cecilia. El último baile, de Johanna Watson. Un indispensable.

Falta menos de un mes para el primer aniversario de la partida terrenal de Cecilia La Incomparable, la rebelde, la perfeccionista, la inolvidable. Menos de treinta días para que se evidencie el vacío, para que escuezan las entrañas de una institucionalidad que hizo oídos sordos a una última petición de reconocimiento. Pero también pasan cosas hermosas, como que falta menos de un mes para los homenajes -que de seguro habrá- y las notas de prensa en su honor, para las oncecitas familiares o con amigos acompañadas del recuerdo de sus canciones, de sus bailes o de ella misma, como podrán compartir los más afortunados que formaron parte de su entorno cercano.

Y eso es, precisamente, lo que nos muestra Johanna Watson en su más reciente libro Cecilia. El último baile publicado recientemente al alero de Tucán Ediciones y que se presenta como una gran, extensa y contundente crónica armada como un patchwork, a partir de pedacitos de historia, recuerdos y entrevistas inéditas, en la que se entrecruzan dos vidas que parecen haber estado unidas desde antes, incluso, de conocerse sus protagonistas, por un alcance de nombre que alimentaba la fantasía de la fan en relación con la ídola. Es que parece que Watson sabe o, al menos intuye, que es imposible escribir de música, de sus personajes, si no se habla también de una misma, si no se cuenta la propia historia, si no se abandona la objetividad asfixiante a cambio de un poquito de intimidad.

El relato parte y termina en el mismo lugar, el teatro Caupolicán como velatorio popular y proscenio para todos quienes quisieron cantarle por última vez a la maestra, susurrarle a micrófono abierto las “gracias por todo”, mojarle las patitas con lágrimas de pena y emoción que ensancharon los corazones de varias generaciones.

Pero de ahí el salto narrativo es de vuelta hasta algún mes de 1990, cuando en un capítulo descriptivamente titulado “Tu destino es como el mío” ya no se habla de la diva, sino de la escritora, de su infancia y de su inicio por el amor a la música y, más tarde, a la artista (o quizá al revés).

La voz de la adulta Johanna habla en primera persona en cada una de las páginas de El último baile y, aunque dibuja talentosa y poco condescendiente la rica figura de Cecilia -Ceci, como le llama cuando la pluma se desenfada- habla también de sus propios anhelos, de sus sueños, de sus alegrías, de su historia personal y social, del mundo que la rodea; porque en una interacción y escritura nada de inocentes, Watson pregunta por temas escabrosos, impulsa a Cecilia a manifestar sus opiniones en cuanto a disputas sociales, nos cuenta de otras aristas de su trabajo que dan luces de su visión de la realidad y el lugar desde dónde mira lo que la rodea. Así, en un poco más de 200 páginas y apoyada en una gran cantidad de fotografías, discurre el espiral del pedacito de vida que compartieron Johanna y Cecilia. 

Escribo esto varias horas después de la celebración del Día del Orgullo, escribo todavía con el eco de la fiesta de esa comunidad que elevó a Cecilia al rol de ídola y que siempre respetó su decisión de decir más con las acciones y actitudes que con las palabras. Eso me emociona y no puedo evitar pensar en el retrato que Watson hace de las luces y las sombras de una artista que mantuvo su espíritu joven hasta el final de sus días, que llevaba el perfeccionismo casi al extremo en cada presentación, que estaba dispuesta a compartir no solo el espacio sino también el conocimiento musical que tenía, que pudo festejar sesenta años de carrera musical y que aseguró que “no hay nada prohibido para mí”; pero también una mujer que “bailó con la fea”, presa y violentada en extremo, con una salud que no la acompañó durante sus últimos años y que vivió una etapa de decadencia en medio de su carrera, poco reconocida en ese momento.

De vuelta al final -del libro y de la vida de Cecilia- Watson narra delicadamente en su propio realismo mágico el último adiós a una mujer que desafió todos los cánones de su época, que parecía una viajera en el tiempo (como dijo Redolés) que inspiró a miles de mujeres a vivir en libertad, que brillaba con luz propia y que permitió generosa que otros la reflejaran. Un adiós triste, pero agradecido. La encarnación misma de “la canción que nunca calla”.

Recuerdo que cuando Watson presentó su primer libro Lado B. Crónicas, entrevistas y reportajes musicales contó que alguna vez Cecilia la había instado a cobrar en serio por su trabajo como obrera de la música. En El último baile profundiza en aquello y asegura que fue su experiencia con la artista la que la llevó a dedicarse por completo a este trabajo, abandonando la publicidad. Y ese es otro plus del libro, nos hace falta conocer las historias y las vidas de otras mujeres, de otras formas, para inspirarnos, para reconocernos, para apoyarnos. De ahí el valor del registro del cruce entre estas dos vidas, al que hoy podemos acceder y del que podemos disfrutar. 

Francisca Neira
Francisca Neira
Francisca Neira. Periodismo. Literatura. Pedagogía. Aprendiz permanente.

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