Crítica Literaria| Hurgar en lo menor
Desde el origen, sus obras proponen una visión de lo femenino sometido de manera permanente a la violencia. Ahora, la mayor novedad es situarse mayoritariamente en el contexto dictatorial. Una exploración valiosa, sobre todo en una escritora que dada su trayectoria podría conformarse con la seguridad de un estilo literario ya logrado y valorado.
Ana María del Río. Me he quedado con tu cadáver. Desastre Natural Ediciones, Santiago, 2023, 105 páginas.
En 1985, Ana María del Río publica Entre paréntesis, un conjunto de cuentos que da inicio a un camino literario donde las mujeres ocuparán un lugar preferencial. Volumen que junto a su novela Óxido de Carmen (1986) y las narraciones Siete días de la Señora K (1993) conforman una valiosa trilogía exploratoria en torno a la mujer. Me interesa destacar que esta autora no es parte de una moda ni busca encontrar un lugar en el mercado respecto a su preocupación por un femenino sometido de manera permanente a la violencia. Me he quedado con tu cadáver, su nuevo libro de relatos, expone una vez más, a mujeres atormentadas por la sociedad, las ideologías, la familia, la pareja. Acosos que las llevan a experimentar una clausura vital de sus deseos.
En el cuento que da título al volumen, “Me he quedado con tu cadáver”, una mujer se dirige al marido momificado y único destinatario de sus palabras. Ambos han sido pareja desde hace años y la mujer se dedica a recordar, pero también a sopesar el presente. La mujer se ha convertido en cuidadora de un cadáver. Carga con ese cuerpo y su memoria sin tener la posibilidad de deshacerse de ambos. Así dice: “No sé qué hacer con tu cadáver, frío como loza, sentado en el sillón, sin hacer ningún comentario, con el diario entre las manos, esperando el noticiario y la comida de la noche, que no tocarás”. El cuerpo y la memoria se convierten en una suerte de condena que no terminará jamás.
“Pieza del fondo” continúa esta línea de revisitación del pasado. Esta vez se pone en escena a dos agentes de la dictadura que se preparan para torturar a una joven embarazada. Mediante un diálogo coloquial, los hombres representan las prácticas de violencia como parte de sus rutinas, sin reflexión ni atascos valóricos. Este concentrado relato, consigue generar una escena terrorífica, con un desenlace macabro. Del Río no impone el final, sino que lo desarrolla con paciencia. Este manejo del tiempo, permite que el acto de narrar se convierta en un flujo, donde lo principal es el acto sacrificial.
Una segunda línea en estas historias es la infancia, asumida como un periodo donde la violenta realidad se impone a la mirada ingenua. En “Pianíssimo” una niña es testigo de un cadáver flotando en el río. Su padre es parte de esa trama asesina y junto a la madre intentan negar a la niña lo que ha observado. En “Acequia”, situado en el periodo cercano a la Reforma Agraria, uno grupo de niños, hijos de hacendados, descubre rastros de sangre en las aguas del río. Una vez más los padres intentan blanquear lo que ocultan esas huellas que no solo avisan muertes, sino que se vinculan con el destino de los inquilinos y, principalmente, de las campesinas.
“Timex” es una excepción porque no aborda el tema político. Es la historia de una mujer que tiene un extraño placer: permanece al interior de su automóvil mientras una máquina lo lava. Este tiempo propio es interferido con la llegada de su expareja, un sujeto que la acosa sin miramientos. La autora consigue adentrarse en un hecho “menor”, cotidiano, desde una mirada trágica. Hurgar en lo menor es precisamente su mayor mérito, ya que consigue dar con la dramaticidad de una situación que, desde un punto de vista masculino, sería catalogable de “ridícula”. Si bien, la anécdota resulta bastante predecible, la autora demuestra que no hay territorio libre para las mujeres y que sus cuerpos y espacios son siempre apropiables por una masculinidad autoritaria (valga la redundancia).
Del Río se concentra en representar relaciones cotidianas intervenidas por un estado de violencia permanente. Construye perfiles con rapidez y elabora monólogos intensos y precisos en su extensión. Los problemas surgen con el carácter demasiado explícito de los relatos. Tan literales que en muchos casos se pierde en ellos la sugerencia, las dobles interpretaciones y con ello la posibilidad de ir más allá de lo que en la primera capa muestran estas escrituras. Es cierto que esto se compensa con la soltura con que elabora estas historias sencillas tanto en lo formal como en lo discursivo y que de alguna manera rehúyen el feminismo académico.
Si bien este conjunto es una exploración valiosa, sobre todo en una escritora que dada su trayectoria podría conformarse con la seguridad de un estilo literario ya logrado y valorado, queda al debe en términos de desarrollar personajes e historias, anclados más en la insinuación que en lo explícito.



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