Entre los ataques de la ultraderecha a la “ideología de género” y la guerra cultural anti-woke
Nelly Richard y Benjamín Arditi analizan en esta conversación/entrevista los ataques de la ultraderecha a la “ideología de género” y la guerra cultural anti-woke.
Entre los ataques de la ultraderecha a la “ideología de género” y la guerra cultural anti-woke
Mientras algunos sectores acusan al feminismo de fragmentar la lucha de clases, otros sostienen que es una pieza clave en la construcción de un proyecto emancipador. Ante el avance del fascismo y la ultraderecha, muchos reprochan a la izquierda prestar demasiada atención a las “políticas de identidad”.
Nelly Richard y Benjamín Arditi lo analizan en esta conversación/entrevista.
Una conversación entre Nelly Richard y Benjamín Arditi.
Nelly Richard es ensayista, fundadora y directora de la Revista de Crítica Cultural (1990-2008). Su último libro fue «Tiempos y modos. Política, crítica y estética», (Paidós, 2024).
Benjamín Arditi es doctor en Ciencia Política de la Universidad de Essex y profesor de Teoría Política de la UNAM. Su último trabajo fue «There such a Thing as Populism? 3 Provocations and 5 1/2 Proposals», (Routledge, 2025).
Nelly Richard: Desde los fracasos o repliegues que está vivenciando en el mundo entero el imaginario de izquierda debido al fortalecimiento de la ultraderecha, se ha reinstalado en una cierta izquierda neomarxista, la crítica a la “izquierda progresista”: una crítica que le reprocha a esta izquierda prestar demasiada atención a las “políticas de identidad” que, al fraccionar los ejes de identificación subjetiva, impedirían toda traducción (aunque siempre imperfecta) entre lo particular y lo universal. También se le saca en cara a la “izquierda progresista” sus luchas por el “reconocimiento” (cultural) en detrimento de la “redistribución” (económica), para retomar los términos del debate Fraser-Butler. La “izquierda progresista”, según sus detractores, estaría distrayendo la atención de lo único que realmente importa: la base económica de las relaciones de clases. Desde el feminismo, este reclamo nos parece injusto. Primero, porque el análisis feminista y su desmontaje de la división entre lo productivo y lo reproductivo ha demostrado cómo la problemática de género se intersecta de diversas maneras con las variables políticas y económicas de la vida social. Es gracias a la teoría feminista que la izquierda pudo salir del reduccionismo economicista del marxismo tradicional y conjugar la palabra “emancipación” según vocabularios que mezclan lo económico, lo político, lo simbólico y lo cultural. Entonces, suena algo regresivo tener que volver hoy a considerar que la clase social es –“objetivamente”- lo principal (lo sobredeterminante) mientras que las cuestiones culturales que atañen a la “subjetividad” y el “género” se ven nuevamente relegadas a un orden segundario. Por lo demás, el análisis feminista de la división sexual del trabajo ha demostrado cómo las segregaciones de género atraviesan la economía productiva.
Benjamín Arditi: Las luchas feministas hicieron que muchos de quienes venían del marxismo tradicional comenzaran a pensar que la emancipación no solo tenía que ver con la propiedad de los medios de producción y las clases sociales. No me cabe duda de que así fue. Pero recuperar la dimensión económica de la emancipación y situar a la desigualdad en el centro del debate no significa volver a pensar en la economía como principio sobredeterminante.
Ernesto Laclau y Chantal Mouffe lo plantearon con gran claridad. Contrariamente a lo que algunos creen, su crítica al determinismo económico y al reduccionismo de clase no los ponía en contra de quienes afirmaban que la economía puede explicar fenómenos ajenos a ella. Por el contrario, sostenían que la economía podía explicarlos en primera, segunda, o última instancia. Lo que rechazaban era considerar que la economía tiene un privilegio ontológico a la hora de explicar la cultura, el género, el racismo, etc. Esto es importante y muchos suelen olvidarlo al leer a Laclau y Mouffe. Sospecho que en parte es culpa de estos autores. A pesar de que advirtieron que solo cuestionaban la ontologización de la economía, pusieron tanto énfasis en criticar todo lo que oliera a esencialismo que sus seguidores más entusiastas comenzaron a concebir la política de la emancipación principalmente a partir de la afirmación identitaria. La desigualdad económica y la estratificación en clases sociales pasaban a segundo plano.
Por eso creo que la reevaluación del papel de la economía, la lucha de clases y la concentración de la riqueza no implica un retorno al pasado sino al futuro. Supone replantearse el papel del nexo entre relaciones de propiedad y dominación, siendo conscientes de que la economía no es un significado transcendental, sino un referente situado, y que tampoco puede explicarlo todo. Determinar el peso de la variable económica es un asunto de análisis coyuntural, no de recuperar a la economía como principio explicativo a priori.
Esto no implica dejar de lado lo que anotas sobre cultura y subjetividad. Hace tiempo dejamos de pensar a la cultura como subjetiva y a la economía como objetiva. Como ejemplo, menciono Cultura y razón práctica, el libro que el antropólogo estadounidense Marshall Sahlins publicó en 1976 para demostrar cómo la cultura forma parte de la razón práctica. Lo simbólico, decía, no se deriva de la economía. Quienes insistimos en recuperar la dimensión económica hacemos algo parecido a lo que propuso Sahlins hace casi 50 años, solo que al revés: incorporamos la desigualdad económica a los argumentos que reivindican a la etnia, la diversidad sexual, la subjetividad y las culturas.
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N.R.: Me parece a mí que, en las últimas demostraciones internacionales de huelgas, protestas y marchas, las organizaciones de mujeres supieron ampliar el tema del género para cuestionar el conjunto de la economía neoliberal. La crítica feminista logró transitar desde cuestiones particulares que eran vistas como de interés casi exclusivo de las mujeres (reivindicación del derecho al aborto libre, denuncia de todas las formas de violencia sexual, igualdad salarial, etc.), hacia la toma de conciencia de que existe una complicidad estructural entre “patriarcado” y “capitalismo” que amerita una crítica transversal. Después del aberrante discurso de Milei en Davos, las marchas feministas que se organizaron en el mundo entero para repudiar sus dichos, subvirtieron paródicamente su consigna de una sexualidad obligatoriamente binaria (masculino-femenino), replicando “Sólo hay dos géneros: fascistas y antifascistas”. Percibo en estas interpelaciones feministas contra el capitalismo y el neofascismo la voluntad de forjar alianzas y coaliciones que, según yo, constituyen la única chance de no dejar aislado al feminismo. Esto comienza, obviamente, por querer priorizar las convergencias por sobre las divergencias internas que atraviesan el propio feminismo.
B.A.: Coincido con lo que dices acerca de la consigna “Sólo hay dos géneros: fascistas y antifascistas”: hay que potenciarla en un momento en el que las derechas han ido normalizando discursos misóginos, excluyentes, ofensivos y racistas. Pero es demasiado reciente y falta ver si se instala en los imaginarios colectivos. No estoy tan seguro de cuán transversal sea la transversalidad dentro de los feminismos realmente existentes. Veo todavía mucha preocupación por la denuncia de la discriminación y no tanto un esfuerzo por construir, por ejemplo, una interfase entre feminismos y crítica del capitalismo.
Quiero referirme a algunos de los obstáculos que debemos tener presente para llegar a un feminismo de masas, lo cual requiere pensar no sólo la diferencia de género sino también las masculinidades. La abogada feminista Catharine MacKinnon denomina a la prostitución como tráfico humano y la pornografía como violación de los derechos humanos de las mujeres. Wendy Brown, la teórica política feminista, describe esta postura como un intento por esencializar a las mujeres y colocarlas en el lugar de víctimas. MacKinnon ha tenido influencia en colectivos de mujeres en América Latina. Señalan, con toda la razón, que muchas veces la prostitución no es un trabajo elegido sino el resultado de la trata de personas, pero también dicen, a mi modo de ver incorrectamente, que las feministas que buscan regular la prostitución y proteger a las sexoservidoras son traidoras que no tiene cabida en el feminismo.
Marta Lamas, la decana del feminismo mexicano, es una de las acusadas. Trabajó durante años con sexoservidoras en las inmediaciones del Mercado de La Merced, una enorme mercado de abasto ubicado en una zona popular del centro de la Ciudad de México. Es una prostitución mal pagada y precaria que ante la falta de opciones laborales estables, le permite a mujeres que son jefas de hogar enviar a sus hijos al colegio y ayudar a mantener a sus familias. Las sexoservidoras ven a la prostitución como una fuente de ingresos en la que se cruzan capitalismo, precarización y patriarcado. Sus demandas son que se reconozca sus servicios como un trabajo y poder contar con cobertura médica y protección contra la extorsión de policías y proxenetas. ¿Qué le ofrecen los feminismos excluyentes a estas mujeres además de criticar a la prostitución como forma de dominación patriarcal? Me queda claro que no hay respuestas fáciles, pero el ejemplo ilustra una de las fisuras entre las feministas que hacen el cruce entre explotación y patriarcado y las que subordinan lo primero a lo segundo.
El hashtag #YoSiTeCreo ha sido fundamental para empoderar a mujeres que han sufrido abusos y animarlas a denunciar a sus agresores. El reverso del hashtag es que se volvió habitual considerar que la acusación es prueba suficiente de su veracidad. Todos hemos sabido de casos en los que se denuncia y combate los actos y dichos sexistas con la misma vehemencia que las denuncias por violación, homologando un piropo o gestos subidos de tono con un acto de extremada violencia física y psicológica. Ello debilita la fuerza y eficacia política del hashtag más allá de sus efectos intimidantes que terminan siendo contraproducentes. Las marchas multitudinarias del 8 de marzo dan visibilidad a las tareas pendientes para desmontar el patriarcado, pero no solo son actos políticos afirmativos, sino también, en ocasiones, punitivos. En México se ha llegado a prohibir la presencia de hombres en algunos contingentes de mujeres o se les ha pedido marchar al final de la columna de manifestantes. Ello no ayuda en la tarea política de sumar gente a la lucha antipatriarcal.
Tampoco podemos pasar por alto el fuerte tribalismo existente entre las corrientes y grupos feministas, algo que nos recuerda a la furia sectaria de las izquierdas de las décadas de 1960 y 1970. Poco antes de la pandemia, Marta Lamas, fue objeto de un acalorado y violento ataque en redes sociales. El motivo fue un homenaje en el que hablamos hombres que somos lectores de sus escritos. El evento se tituló “Marta Lamas en diálogo con los XY”. El argumento central de quienes la tacharon de traidora o ex feminista fue que era inaceptable que se organizara un evento en el que solo hombres hablaran sobre feminismo. Simplemente decidieron ignorar el título del evento, “diálogo con los XY”, y tacharon a los participantes de embarcarse en “mansplaining” de lo que es feminismo. Lamas pasó de ser considerada la pionera del feminismo a convertirse en traidora a la causa por no ajustarse a lo que las tribus más ruidosas del momento definieron como el feminismo correcto.
Este tribalismo no es solo un asunto identitario; propone, además, un aislacionismo en el que se entrecruzan política y biología. Siguiendo este razonamiento, si el feminismo es solo un asunto de mujeres, cosa que me parce políticamente contraproducente, ¿tendremos entonces que decir que sólo los afrodescendientes colombianos o brasileros pueden hablar de racismo, o que sólo los judíos pueden criticar al gobierno israelí?
Es posible que alguien piense que exagero debido a que los feminismos excluyentes, identitarios y punitivos no son mayoritarios. Eso es cierto, pero también lo es que tienen una visibilidad e impacto público mucho mayor que su fuerza numérica. Es común, al menos en colegios y universidades mexicanas, que su participación en asambleas sea lo suficientemente estridente como para que el resto de los participantes opte por callarse para que a ellas no las tachen de traidoras y a ellos de perseguidores de mujeres. Relegar a esos feminismos excluyentes y punitivos a los márgenes del movimiento sigue siendo una tarea pendiente, como también lo son el desarrollar propuestas transversales donde la diferencia de género se articule con una crítica de la economía política. Hay que hay que dar la batalla por esa transversalidad en la imaginación de la gente y en las urnas.
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N.R.: Aunque debo reconocer que esta postura mía no goza de unanimidad entre las feministas, sí considero deseable que el feminismo incluya (además de las disidencias sexuales) a los “hombres” en su propuesta; al menos a aquellos hombres dispuestos a buscar alternativas para zafarse de la carga de masculinidad que les impone el propio dispositivo patriarcal. Aunque sin perder de vista que el objeto-sujeto prioritario del feminismo son “las mujeres”, el feminismo debería ser capaz de ofrecerles estímulos suficientes a los “hombres” para que se atrevan a desmontar un dispositivo que, por mucho que les otorgue numerosos privilegios sociales, los sobrecarga de exigencias de poder que endurecen sus identidades hasta tornarlas máximamente violentas y guerreras.
B.A.: De acuerdo. Los feminismos no parecen haberle prestado suficiente atención al tema de la masculinidad tras las conquistas en materia de aborto y de remuneraciones. No digo que las mujeres deban hacerse cargo de los dilemas existenciales de varones en épocas de cambio en los roles de género. Me estoy refiriendo a algo que mencioné de pasada en mi respuesta anterior: que los feminismos deben preguntarse acerca del tema político de cómo ampliar sus bases, incorporando a varones en sus propuestas antipatriarcales. Es común escuchar a adolescentes mexicanos decir que sus compañeras los tratan como si fueran acosadores en potencia. Interrogan sus miradas, gestos y palabras en busca de indicios de sexismo. En algunas universidades públicas mexicanas hay lo que se llama “El tendedero”. Normalmente la expresión indica el lugar donde se cuelga la ropa lavada, pero en este caso se refiere a muros donde se colocan denuncias anónimas, generalmente por violencia sexual contra las mujeres. Es para exhibir la ropa sucia del machismo. Hay numerosos casos de denuncias con fotografías y datos de los supuestos culpables que resultan ser ajustes de cuentas por conflictos privados. Como en el #YoSiTeCreo, la denuncia se toma como verdadera a priori.
Hay algo de esto en el extraordinario himno y performance “Un violador en tu camino”. Es fuerte, emotivo, directo y efectivo, y tuvo un impacto planetario. Su objetivo era visibilizar la violencia hacia las mujeres, con estrofas como “El patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer y nuestro castigo es la violencia que no ves” o “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía.” Cualquier mujer puede identificarse con esas letras porque la violencia de género es cotidiana y extendida. También hay otras dirigidas a los hombres, como “El estado opresor es un macho violador” y “El violador eres tú.” Aquí hay un giro retórico importante. No hay ambigüedad en el mensaje que se expresa en estas líneas: el Estado y los varones son violadores. La letra refleja una experiencia desgarradora y real y a la vez iguala a los hombres al definirlos como agresores o cómplices de la violencia hacia las mujeres. Ante esa homogeneización, ¿cómo interpelan los feminismos a los varones no machistas que se interrogan acerca de su masculinidad en una época de cambios en los roles de género?
Reconozco que los excesos retóricos y de otro tipo son habituales en cualquier movimiento. En el caso del #YoSiTeCreo, ese exceso viene acompañado por una carga moral implícita cuyo efecto es que las autoridades, los participantes en asambleas o los integrantes de comisiones de ética prefieren no polemizar con sus compañeras por el temor de ser denunciados como perseguidoras y perseguidores de mujeres. Ese silencio no es una señal de victoria sino del desplazamiento de la política hacia el terreno de la moral. Esto coloca a los varones en una situación difícil. Sabemos muy bien que las mujeres han tenido que afrontar esa vulnerabilidad a lo largo de la historia, pero no me parece que esa experiencia milenaria se deba usar como excusa para ignorar el impacto sectario que genera la sordera de los colectivos ante la reacción de los varones. Mejor dicho, se lo puede ignorar, pero políticamente, eso juega en contra de las luchas de mujeres y varones antipatriarcales.
N.R.: Estos debates críticos que señalas existen en el interior del feminismo, pero la necesidad estratégica de unificar los frentes de lucha hace que generalmente, en la calle, prevalezcan las consignas más identitarias. Estando de acuerdo con la necesidad de colocar bajo sospecha el fragmentarismo de las políticas de identidad que tienden a cultivar un cierto narcisismo de la(s) diferencia(s), sigo pensando que es demasiado cómodo responsabilizar al feminismo por el actual fracaso de la izquierda.
B.A.: No se puede culpar al feminismo de la desorientación ideológica de las izquierdas. Algunas izquierdas lo hicieron muy mal, optando por enfatizar un lenguaje políticamente correcto por convicción o conveniencia, dejando en segundo plano la lucha contra la desigualdad. Es como si la crítica del reduccionismo de clase en la izquierda marxista hubiera llevado a que muchos intelectuales y activistas desestimaran las clases sociales y la lucha de clases debido al fervor antiesencialista.
Al mismo tiempo, vemos una presencia pública disminuida de buena parte de la izquierda renovada y, de manera más laxa, de la gente que se identifica como parte del campo progresista. La intelectualidad crítica se fue replegando en las universidades, las artes, artículos de opinión en la prensa, las conferencias para especialistas, las revistas que leen los afines, etc. Tal vez eso se deba a las exigencias de la profesionalización de la investigación, tal vez al cansancio, o por no encontrar los canales de comunicación apropiados para llegar a un público amplio. El caso es que ese repliegue creó ecosistemas de afines dentro de congresos y dependencias laborales, lo cual a menudo se tradujo en un lenguaje visual, corporal, oral y escrito donde la palabra “radical” ocupó un espacio nada desdeñable, pero siempre contenido dentro de esos ecosistemas.
Esto dejó el campo abierto para intelectuales y políticos de derechas que descubrieron que la cultura era un territorio demasiado importante como para dejarlo en manos de la izquierda. Optaron por entrar de lleno en el terreno de la lucha ideológica. Gente de extrema derecha como Nicolás Márquez y Agustín Laje publicaron hace casi 10 años El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género y subversión cultural, un best-seller que impregnó el pensamiento de muchos políticos y de gobiernos como los de Milei y Jair Bolsonaro. El libro les dio cobertura intelectual para su esfuerzo por recuperar roles de género tradicionales y apuntalar el patriarcado en todos los ámbitos. No hay textos feministas que sirvan como contrapunto, o al menos no los hay con el nivel de difusión comparable al de Márquez y Laje.
La derecha también explotó el relativo silencio de la izquierdas y los feminismos acerca de las masculinidades captando el voto de varones de todas las clases sociales. ¿Qué hacer al respecto para recuperar a esos electores para causas progresistas y antipatriarcales? No todos los varones aman el patriarcado ni votan a las derechas. Si no ofrecemos mecanismos discursivos y organizacionales para incorporarlos a la lucha antipatriarcal, los feminismos van a terminar contribuyendo a que muchos más XY sean receptivos a los discursos de candidatos de derechas, especialmente si esos candidatos los interpelan en su condición de varones mientras los colectivos feministas los tachan de machos ignorantes.
Pensemos, por ejemplo, que en las elecciones generales argentinas de 2023 casi el 70% de los hombres de entre 16 y 24 años votaron a Milei. Algunos lo han explicado diciendo que esos electores estaban hartos del “sistema”, habían vivido el doble fracaso económico de los gobiernos de Mauricio Macri y Alberto Fernández, no veían perspectivas de empleos de calidad o les atraía un discurso que planteaba vagas promesas de libertades personales ilimitadas. Otros dijeron que el voto de ese sector de la población se debía a la dislocación de las masculinidades en una época de auge del feminismo y de conquista de derechos por parte de las mujeres. Digo dislocación y no transformación debido a que muchos jóvenes no cuentan con herramientas cognitivas o experiencias que les permitan asumir que ser hombre hoy ya no es lo mismo que hace 40 o 50 años. Responder a esto diciendo que se jodan los machos no es una buena opción, pues sólo contribuye a que las derechas sigan capitalizando el voto masculino.
Hace algunas décadas, Régis Debray escribió un breve artículo sobre el auge de los fundamentalismos en Egipto en las décadas de 1950 y 1960. Su objetivo era tratar de explicar el auge de formas ortodoxas de religiosidad. Debray concluyó que si el proceso de modernización solo le ofrece a la gente una promesa vaga de beneficios económicos futuros sin darle referentes culturales que les ayuden a adaptarse a los cambios en la sociabilidad, la sexualidad y el empleo, descubrimos, invirtiendo la frase de Marx, que la religión no es el opio del pueblo, sino la vitamina de los débiles. Algo parecido puede pasar con los feminismos y las izquierdas si se atrincheran en la denuncia en vez de buscar narrativas para sumar a los hombres al campo progresista.



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