Entrevistas

Andrés Pakarati, productor rapanui: “Sólo llevar dos músicos a Santiago cuesta 1 millón 600”

Que la música rapanui llegue presencialmente al continente, no es sólo un desafío artístico para los artistas de la isla: es una hazaña logística y económica que revela las brechas pendientes del país. Andrés Pakarati, productor, músico y gestor cultural, cuenta por qué mover a un par de artistas desde Rapa Nui puede costar más que una gira completa en Chile continental.

Entre el trabajo colaborativo y la autogestión, Pakarati nos habla al día siguiente de levantar Hoko Manu Fest, un festival de tres días en el corazón de Hanga Roa, en una versión que se preocupó de visibilizar la escena local y de integrar artistas continentales. El encuentro es una tremenda apuesta, de gran calidad artística y técnica, pero también expone una realidad que en el continente aún no miramos de frente.


La música en Rapa Nui existe en todos lados y se inculca desde la primera infancia. La razón es muy práctica: el canto es una de las claves para darle continuidad a la lengua rapanui, una tradición que se mantiene en el cotidiano, en la convivencia entre los tires (chilenos) y la comunidad rapanui, algo que cualquier visitante podrá corroborar a pocos minutos de aterrizar en el aeropuerto de Mataveri.

La isla está en el Océano Pacífico Sur, a 3.700 kilómetros de Chile continental y es uno de los territorios habitados más aislados del mundo. Esto genera por naturaleza una distancia cultural, pero a la vez, una interesante configuración interna que emerge con colores propios. En ese contexto es donde surge la figura de Andrés Pakarati, uno de los nombres fundamentales de la escena musical y cultural rapanui, pues ha dedicado años a generar espacios artísticos, impulsando una identidad cultural autónoma.

La música como herencia

Son las 5:15 de la tarde en Rapa Nui. Estamos en la casa de Andrés Pakarati en el centro de Hanga Roa. Andrés se ve cansado, y cómo no: acaba de organizar el festival Hoko Manu, pensado para promover la música popular de la isla y generar un cruce con artistas del continente. Mientras termina de preparar un arroz y comemos dobladitas, conversamos sobre cultura, música y los encuentros (y desencuentros) con Chile continental.  Formado en arte y con estudios en gestión cultural, Andrés ha sido jurado de FONDART y parte de la comisión que entrega el reconocimiento “Tesoros humanos vivos”.  Hoy dirige y produce iniciativas que fortalecen la circulación de música local, como el festival Hoko Manu, y además lidera proyectos como “Liberando talento”, destinado a niños en riesgo social y personas privadas de libertad. 

Andrés Pakarati

Mientras conversamos me sirve un té y se sienta en la cabecera de su mesa de comedor. Su espacio está decorado con objetos de la cultura rapanui, y dos gatitos deambulan por el rústico salón.  Mientras lo escucho, pienso que hay algo que define muy bien su trabajo: la búsqueda incesante de sostener y visibilizar las tradiciones de su pueblo. Pero ojo, él pertenece a una generación que no entiende la cultura rapanui como una postal turística, sino como un territorio prolífico, donde artistas de todo tipo conviven en una isla magnética, que respira, observa y siente, porque está viva.

Lo que sigue, más allá de ser una entrevista musical, es una conversación frontal y en terreno, sobre lo que significa ser artista en un territorio insular administrado por Chile: las barreras comunicacionales, la información deformada que circula en el continente y la distancia entre lo que se cree y lo que realmente es. También es una invitación a mirar la música rapanui en toda su amplitud: mucho más contemporánea, diversa y compleja de lo que conocemos.

 ¿Cuál es la motivación detrás de este festival? ¿Qué significa Hoko Manu?

—Hoko Manu es una tradición antigua en la isla. Es cuando alguien pasa de una etapa a otra o cuando un clan se presenta: dicen quiénes son, de dónde vienen. Eso es Hoko Manumostrar quién eres. Por eso, para mí, el festival tiene ese principio. Muéstrame tu proyecto, muéstrame tu arte. No trabajo con bandas tributo, no me interesa lo que no tenga propiedad intelectual. Quiero artistas que hablen desde sí mismos. El festival también tiene otro principio: separar lo que es la maqueta turística de lo que la gente cree que es el folclor de Rapa Nui. Aquí el folclor no es ancestral ni tradicional: es completamente contemporáneo, desde los años 60. Nada de lo que ves —trajes, música y performance— es tradicional. Es más contemporáneo que la música de autor. La música de autor es anterior al folclor, pero la gente no sabe eso. Se ha instalado esta idea falsa de que todo es “ancestral”. Y no es así.

Ahirenga en Hoko Manu 

—¿Por qué crees que se ha vendido esa imagen?

—Porque es lo que vende económicamente. Y porque esa maqueta turística la inventaron los hawaianos con los gringos. Los franceses la copiaron y después el resto de la Polinesia.Los collares de flores, por ejemplo, vienen de películas gringas de los 40 y 50. Aquí ni siquiera había flores hace cien años. Es todo inventado y contemporáneo. Lo mismo con los bailes y los instrumentos. Por eso para nosotros el festival también es un espacio de reeducación sobre lo que realmente es la creatividad musical de la isla.

—¿Qué te motiva a hacer Hoko Manu específicamente?

— Este trabajo no lo hice solo. Fue un trabajo colaborativo con mi socio Mario ‘Amahiro’ Tuki, de AMA Rapa Nui, y también con Patricio Wenzel Atan, de Kahu Ruku Producciones, que puso todo el sonido. Nosotros pusimos el backline, y después se fueron sumando otros músicos, algunos a través de fundaciones y otros desde colectivos. Eso es lo bonito: que todos aportan algo y lo que nace es un trabajo colectivo, no de una persona. Nos unimos músicos y empresarios del área para generar un escenario donde mostrar música, porque aquí no existen esos espacios. No hay respeto por los músicos en la isla. Eso de que se respeta mucho a los músicos es falso. Durante más de diez años peleamos por tener una noche para los músicos de la isla en La Tapati (festival cultural más importante de la Isla), y nunca la tuvimos. Nos dejaban al final, a las once de la noche, tocando hasta las cuatro de la mañana cuando ya no quedaba nadie. No había backstage. Las niñas se cambiaban en una carpa. El primer backstage lo armamos nosotros en 2017. También aquí hay una idea obsoleta de “festival”, que es básicamente el modelo Viña del Mar. Viña no es un festival: es un programa de televisión. Es vulgar, no tiene nada que ver con los festivales contemporáneos. Y además, la curatoría acá se hace por amiguismo o por número de seguidores. Los festivales reales tienen criterios artísticos: si la banda es buena, entra, aunque nadie la conozca. Esa es la lógica que aplicamos en Hoko Manu.

—¿Se podría decir que Hoko Manu es reactivo a esa falta de inclusión?

—Sí, en parte es una respuesta. Pero también busca salir de esa explotación eterna de lo “ancestral”, de seguir usando la misma receta cómoda que se creó hace cientos de años.

Hoko Manu impulsa la creatividad propia de las nuevas generaciones, para que haya un legado que no dependa de repetir lo mismo. Esto es para las nuevas generaciones Rapanui. No tiene que ver con los chilenos: ellos ver.

No tenemos referentes musicales chilenos

—¿No les interesa que estas bandas crucen el mar y lleguen al continente?

—En algún momento sí. Ahora ya no. Chile funciona con pituto, con amiguismo. Nosotros no tenemos referentes musicales chilenos: no escuchamos su música. No es parte de nuestra historia. La relación musical con Chile sólo existe cuando nosotros viajamos allá. De allá no viene nadie. O vienen para decir que “pasaron por la isla”, nada más. En seis años no nos han incluido en escuelas de rock. No nos incorporan en nada. Llevamos años peleando porque nos integren y no lo hacen. Entonces cuando preguntan “¿Por qué ustedes no se sienten chilenos?”, bueno: ustedes no nos pescan ni en bajada. Y no vamos a dejar que nos impongan un background musical que no es el nuestro. El problema está allá, no aquí.

—¿Te gustaría que eso cambiara?

—Para ser honesto, Chile no es una plataforma musical. Nunca lo ha sido. Tiene algunos referentes, pero no tiene la trayectoria de Argentina o Perú. Chile no es una potencia musical; eso es algo que deberían aceptar. Y culturalmente también: Chile no es un país cultural. Funciona por pituto. No valora la calidad musical. Sus criterios no son los nuestros. Después de catorce años en festivales y ferias, te puedo decir que el problema está en Chile, no en Rapa Nui. A nosotros nos va mejor fuera de Chile que dentro.

—Hablábamos recién de un “nuevo MOAI”. ¿Qué es eso?

Impulsar propuestas artísticas propias, en música, audiovisual, diseño, lo que sea. Que la gente deje de colgarse del mismo recurso fácil de venderse como “cultura de la isla”. Tu propuesta debe valer por sí misma, no por venir de Rapa Nui. Ese paternalismo y exotización es súper ignorante. La gente no tiene idea del verdadero background musical de la isla.

—¿Cuál es ese background musical entonces?

—El folclor es de 1966 en adelante. Antes había música ancestral sin instrumentos. Después viene la música de la iglesia, introducida por los misioneros desde Tahití, que tradujeron la Biblia al haitiano y trajeron cantos en ese idioma. Luego viene el segundo sincretismo musical: el acordeón alemán, traído por la armada alemana que pasaba por la isla antes y durante la Primera Guerra Mundial. Dejaron sus acordeones aquí y la gente los incorporó. Después, en los 40 y 50, llegan el ukelele y las guitarras. Ahí aparecen los primeros compositores locales. Y sólo después de eso aparece el folclor como lo conocen hoy.

—Y en términos de música popular, ¿cuáles han sido las influencias?

—Todo parte en Hawái, en el siglo XIX. Lo que conocemos como guitarra folk y parte del rock tiene entre un treinta y cuarenta por ciento de música hawaiana. Los hawaianos incorporan la guitarra española que llegó con los vaqueros españoles, desarrollan las cuerdas metálicas, el slide, y a comienzos del siglo XX eso llega a Estados Unidos. En la feria de San Francisco de 1915 la Hawaiian Royal Orchestra se vuelve furor. La marca Martin crea la guitarra Jumbo porque la guitarra hawaiana no sonaba suficiente para los escenarios grandes. Recién ahí los gringos toman esa guitarra, le meten su cosecha, se arma un sincretismo musical… nace el sonido folk y buena parte de lo que hoy entendemos como música popular.. ¡Nuestra relación con la música folk tiene más de cien años!

Las camisas floreadas las inventaron los gringos

—Y al mismo tiempo esto explota hacia la Polinesia ¿Cómo se da eso?

Claro. Entre 1915 y 1922, mientras en Estados Unidos explota todo esto, hacia el otro lado Hawái empieza a influir culturalmente. Los gringos dicen “¿cómo explotamos Hawái?” y ahí nace la primera maqueta cultural turística de la Polinesia. Las camisas de pareo (floreadas) no las inventaron en la Polinesia: las inventaron los gringos. Ellos arman todo: “ tú bailas, tú entregas los collares de flores, tú haces esto…” y venden esa imagen. Se vuelve súper popular. Influyen en el folk, en el country, vienen las primeras películas de Samoa, Hawái… El Sau Sau, por ejemplo, que la gente cree que es de acá, no es de la isla. Es una canción samoana del soundtrack de una película gringa de los años 40. Sau Sau no es rapanui. Eso llegó en un disco en los años 50 y quedó la cagá con la confusión en Chile.

—Volviendo al Hoko Manu. Vi mucha presencia femenina, en el escenario y colaborando. ¿Hay una intención paritaria? 

Absolutamente. La persona que me hizo tomar conciencia de que la música de la isla no sería la misma sin las mujeres es mi papá, el músico más viejo vivo de la isla, tiene 83 años, Lucas Pakarati Tepano. Él conoce a todos los compositores, estuvo presente cuando se hizo cada canción y siempre dijo: “la isla ha sido súper injusta con las mujeres”.  Entonces, cuando yo hago el Hoko Manu, escucho esa recomendación de mi papá. En 2021 trabajamos con mujeres. El Hoko Manu 2022 fue solo mujeres. Porque si no reconocemos a las compositoras, la historia nunca se va a corregir.

—¿Cómo fue trabajar con ellas en esos primeros años?

Cuesta. Las chicas estaban súper minimizadas por ellas mismas. Se tiraban para abajo. La primera que logró dar el salto fue la Sera (Serafina Heirangi Moulton), que fue a tocar al Rockódromo, porque ella tiene más personalidad para mostrar su música. Las demás han tenido un proceso más lento. La Nehe Nehe, por ejemplo, recién ahora se consolida después de cuatro años. Y encontró apoyo en la Moana, que tiene una personalidad súper sólida. Entre ellas se levantan.

—¿Puedes recomendarnos música rapanui actual?

Es difícil encontrar todo en la web, esa es la verdad. La banda más antigua funcionando hoy, y probablemente la primera banda de rock de la isla, es Nako. Parten el 97. Tienen como seis discos, tenían su estudio, trabajaban con buenos equipos porque estaban apadrinados por el coro Weissweiler, coleccionista de guitarras. Eso fue clave. Nako es global music. Podría ser una banda de cualquier parte del mundo, pero nadie va a sonar como ellos porque son de acá. La gente no entiende ese background cultural. También Amahiro, que trabajó profesionalmente como ninguna otra banda. Cambió el sonido de la isla. Recomiendo también a Enrique Icka, que maneja otro nivel. Y a Tero Hoa que vive en Barcelona, pero es uno de los mejores músicos de la isla: compositor, guitarrista, arreglador, genio total. Muy folk.

—También está tu banda, Tahai Roots.

Si, pero es nueva, está en formación. Lo interesante es que todos venimos de otras bandas con trayectoria.

Tahai Roots en Hoko Manu 

En vivo en Valparaíso

—Entiendo que Tahai tocará pronto en Valparaíso.

Eso esperamos, pero es súper difícil salir de la isla. Esta isla depende del turismo, entonces la razón del avión es turística, no comunitaria. Si LATAM volara solo por nosotros, no vendría nunca. No es solo la plata —que igual podemos juntar, acá el ecosistema cultural es fuerte—, es que faltan cupos en los vuelos, especialmente en temporada alta. Y si alguien de la banda no tiene pasaje de residente, el pasaje normal son 800 lucas por persona. Solo llevar dos músicos a Santiago cuesta 1 millón 600. Sin alojamiento, sin traslados, sin nada. Y si quieres viajar, te dicen: “no hay pasaje esa fecha, pero tengo dos semanas antes o dos semanas después”. Es muy difícil moverse desde acá.

—¿Cómo se llama el festival donde van a presentarse y qué día estarán?

VAM – Valparaíso Música. Es un encuentro de industria que viene desde la sociedad civil, con varias asociaciones independientes. No tengo aún toda la información. Sé que el festival es del 7 al 10 de enero, pero todavía no nos confirman el día exacto en que tocaremos. 

—Hace un rato decías que para entender la música de Rapa Nui se necesita tiempo y estudio.

A nosotros nos tomó años ordenar todo, tener clara la película. Y cuando la tienes clara, ya puedes explicar por qué pasan ciertas cosas, dónde aprieta el zapato, cuáles son las capacidades y también cuál es la realidad del territorio.

—Hablas harto de lo territorial. ¿Por qué es tan importante entender esa diferencia?

Porque en Chile todo está demasiado centralizado. Mucha gente del continente piensa que el mundo funciona igual que Santiago. Recuerdo un guitarrista que me decía que los músicos acá deberían cobrar menos. Y yo le dije: “Viejo, tú te estás desarrollando en Santiago, pero en regiones la historia es otra. No puedes generalizar desde tu visión”.

Acá ya logramos un estándar. Sabemos cuánto vale el trabajo artístico y también sabemos cuánto ganan los que negocian con nosotros. Entonces, no es que uno sea mañoso: es que una vez que tú logras que te paguen bien, no vas a bajar de nuevo. Siempre digo: no toquen por menos de lo que ya conquistamos. Porque si retrocedes, vuelves a tirar todo para abajo.

—Hablemos del futuro de Hoko Manu. ¿Habrá una próxima versión?

No tengo idea. Cada vez que termino un Hoko Manu, quedo tan cansado que no me dan ganas de hacer otro. Es muchísima pega y muy poca gente se pone. Yo no tengo plata, he puesto ahorros personales. Es duro.

Rafa Tepano Aka en Hoko Manu

Música con identidad

—Este año participaron dos músicos del continente: Valentina Peralta y Joaquín González. ¿Qué buscabas al invitarlos?

Esa es una buena pregunta porque tiene que ver con lo que yo quiero que sea Hoko Manu: un festival donde los músicos que vengan pasen por una curatoría basada en la calidad y, sobre todo, en la identidad. No seas copia de nadie. Puedes inspirarte, pero no entres al escenario siendo la versión barata de otro. Eso acá no pasa: en la isla no hay bandas tributo. Las que no cantan repertorio propio son solo bandas para eventos turísticos. Pero la escena local vive de la música: quizá no te haces rico, pero pagas cuentas. Y porque existe ese mercado, la gente hace lo que quiere, no lo que vende.

—Te felicité en la conversación por la magnitud del festival. ¿Qué reflexión te deja esta versión?

Gracias por eso. Hoko Manu me enseñó que la calidad y el prestigio de un festival dependen 100% de los artistas. No importa si tienes millones para armar un tremendo escenario: si los artistas no son buenos, no sirve.

Este año todos trabajaron un año entero para tocar. Me paraban en la calle: “Hermanito, me estoy preparando”. Y yo les decía: “Prepárate, porque si el festival es bacán, es por ti”. Eso en Chile se está perdiendo: hay bandas increíbles que nadie pesca, y en cambio hay mucho pituto ocupando espacios. Te cuento una: invité a Mawiza, una banda mapuche de rock que me encanta. Son perfectos para Hoko Manu, porque entienden lo espiritual del festival. Pero no tengo plata para traerlos. También me gustaría traer a MC Millaray, que canta en mapudungun.
Ese intercambio cultural profundo me importa mucho.

—El festival también se construye desde el trabajo colaborativo.

Ese es un principio base. Es anti-competitivo. Este Hoko Manu fue casi completamente voluntario. Solo pagamos a los técnicos, que obviamente no tienen por qué trabajar gratis. A los artistas no les pagamos porque con lo que teníamos había que armar el escenario, que fue impresionante. Para mí eso también es profesionalismo: desde tener un buen backstage, un catering digno. Cuando hicimos el primer FIS, nadie acá había visto algo así. Nosotros ya habíamos estado en festivales grandes, con carpas, comida, espacios cómodos. Y acá los artistas llegaban y veían eso por primera vez.

Yoyo Tuki en Hoko Manu

—¿Qué pasa con la fecha del festival y el turismo?

Es un problema real. Esta es temporada alta y las camas están copadas. Yo hablé con gente que me dijo: “Estamos llenos”. Y es verdad. Pero si nos pusiéramos de acuerdo y reservaran ciertas piezas para el festival, el tema estaría resuelto.
Hay invitados de súper alta categoría que quieren venir. Me encantaría traerlos, pero no tengo cómo pagar hospedaje.

—¿Te gustaría producir un Hoko Manu 2026?

Puede ser. No sé. Estoy cansado. Pero sí digo esto: que participen los independientes. Ese es el espíritu. Ojalá contemos con apoyos para que la cultura Rapa Nui siga creciendo, conociéndose y sosteniéndose. Porque vale la pena. 

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