Cultura B

La vigencia demoledora de “El Pacto de Adriana”

Hoy más que nunca es necesario revisitar nuestra historia, aquella que quedó estampada en revistas que ya no existen, crónicas y libros de la época. Y a pesar que muchos sugieren que la dictadura se ha tomado el guión del cine chileno, lo que ha develado el estallido social y el resultado apabullante del último plebiscito, es que hay muchos dolores del ayer que nos siguen marcando. Uno de ellos, los de tantos y tantas que aún no han obtenido justicia. Algo de eso se lee en el documental El Pacto de Adriana, aunque su realizadora, Lissette Orozco, no busca el juicio de quien fuera su tía y, además, directa colaboradora de Manuel Contreras.


“Era necesario… como lo que hicieron los nazis… si es la única forma de quebrar a la gente”. Esa frase, que pareciera salida de la boca de Pinochet o de algunos de los militares que lo ayudaron a instalar el horror en Chile, la dice Adriana Rivas, una mujer que partió a Australia cuando cayó la dictadura y que había pasado todas estas décadas oculta por la distancia y el olvido.

Sin embargo, aquella isla que la acogió, acaba de declararla extraditable, reabriendo un capítulo oscuro que la tiene a ella, secretaria de Manuel Contreras durante la dictadura, como alguien a quien estamos redescubriendo con este documental de Lissette Orozco, una joven realizadora que admiraba a su tía Adriana y, cuando ésta visitó Chile hace 11 años y quedó con arresto domiciliario por el Caso Conferencia, antes de huir le pidió a su querida sobrina que se ocupara de  “limpiar su imagen”.

Así nace El Pacto de Adriana, interesante documental –disponible en OndaMedia– que relata la historia y personalidad de esta mujer que sabe mucho y ha dicho poco. Orozco dirige esta pieza audiovisual, su opera prima, y que tuvo un paso alentador por muchos festivales, llevándose el Premio de la Paz, de la sección “Panorama” del Festival de Cine de Berlín, y del Cine de Derechos Humanos del Festival Cinematográfico de Uruguay.

La cinta pone sobre la mesa los pactos de silencio que han impedido que la justicia y reparación llegue a quienes la esperan y, por otro lado, recorre el camino emocional que significa analizar y reconstruir la imagen que se tiene de un familiar. En ambas dos posturas, el documental acierta plenamente.

Lissette Orozco ofrece una mirada cargada a los silencios, al desconcierto cuando reconoce que su familia era simpatizante de la dictadura. No se detiene en el análisis político-social que llevó al golpe ni revisa las consecuencias del mismo, porque su atención es Adriana y el relato que ofrece, a través de conversaciones telefónicas, vía online, fotografías etc., sobre el rol que jugó en el régimen militar como asistente personal del ex jefe de la DINA, Manuel Contreras.

Si bien el tratamiento es intimista, el guión sabe universalizar la trama de una mujer no tan conocida en la historia de esta oscura organización criminal y la vigencia que adquiere, no solamente porque Chile acaba de decidir, en las urnas, enterrar la constitución de Pinochet, sino que también porque la justicia australiana la ha declarado extraditable.

La memoria y la verdad. Dos conceptos que han salido del letargo gracias al estallido social, y que se adueñan del montaje de El Pacto de Adriana, pues esta narración , que se mete en temas complejos para la propia realizadora, decide dejar la decisión sobre quién es esta mujer, al espectador. Y lejos de ser un aspecto negativo, refuerza la discusión y reflexión hacia lo necesario y urgente, que es exponer la existencia de estos pactos de silencio entre militares y civiles que aún entrampan la llegada de la justicia a las víctimas del horror del periodo más oscuro de nuestra historia.

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