lunes, julio 15, 2024

El encierro, el castigo a mujeres díscolas e infieles

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Aunque aún se dan casos aislados de confinamiento de mujeres en el mundo, en los siglos pasados era la forma más recurrida para doblegarles la voluntad a díscolas e infieles. En Chile, algunas víctimas fueron la poetisa Teresa Wilms Montt y Manuela Fernández, la esposa del arquitecto Joaquín Toesca. Aquí revisamos sus historias y el machismo y violencia en contra de las mujeres.



Hasta los 26 años, la francesa Blanche Monnier gozaba una vida ideal. Era muy hermosa, sociable y tenía suficientes recursos económicos para un pasar sin sobresaltos. Vivía junto a sus padres y hermano en una casa grande en la ciudad de Poitiers, donde su padre era el decano de letras de una universidad.

Ese ambiente tan favorable terminó abruptamente al poco tiempo de que ella anunciara su matrimonio con un abogado bastante mayor y sin fortuna. Luego de esa noticia mal recibida por sus padres, Blanche simplemente desapareció de la ciudad. Ante la consulta de sus parientes y conocidos, la madre justificó la ausencia de su hija señalando que estaba en un internado en Reino Unido y más tarde, que se había mudado a Escocia.

La verdad de la historia fue develada en 1901, cuando las portadas de periódicos franceses informaron que mediante una carta anónima se había descubierto que una familia de Poitiers había mantenido a su hija durante 25 años encerrada por no desistir en su idea de casarse con un hombre sin dinero. Según consignaron esos medios, la llamada “secuestrada de Poitiers”, no solo sufrió torturas por parte de su propia familia, sino que debió vivir en una habitación oscura, pestilente, comiendo sobras y rodeada de inmundicia.

Blanche fue rescatada pero jamás recuperó la cordura y murió un par de años después en una institución mental. Su hermano debió cumplir solo 15 meses de prisión y su madre ya viuda murió al poco tiempo de ser detenida, por lo que se ahorró del castigo penal y social de su acción.

Aunque la historia aún se recuerda como uno de los casos más aterradoras de violencia contra las mujeres, no es un caso único. Hace sólo tres años se reportó en Santa Fe, Argentina, que una mujer llamada Marisa Almirón estuvo 20 años atada y encerrada en su habitación, castigada por su padre y hermano solo por tener novio.

Chilenas encerradas

La costumbre de enviar a las mazmorras a las mujeres que de alguna forma transgredían las normas socialmente establecidas o las órdenes de su familia se registraron en todos los rincones del planeta y Chile no fue la excepción. Basta recordar que el mismísimo Diego Portales escribió a su amigo y secretario personal Antonio Garfias su intención de “embodegar” a Constanza de Nordenflycht, su eterna amante y madre de sus tres hijos.

Para él, esa mujer que enamorada lo siguió desde el Perú con apenas 15 años, se había convertido en una molestia, “un desagradable tema”. “Constanza es de pésimo genio, se siente de todo y es muy emperrada y testaruda”, señalaba el ministro que más de alguna vez se refirió tanto a su fiel y apasionada pareja, como al género femenino en general, en forma muy despectiva.

La que sí estuvo encerrada hasta el fin de sus días en un convento fue Manuela Villalobos, madre de los dos hijos mayores de Benjamín Vicuña Mackenna. Según cuenta la historia, la mujer tenía problemas mentales, así que además de enclaustrarla, le arrebataron a sus niños, los que fueron enviados por el padre a su fundo de Maipú. Allí, Francisco y Celia fueron criados por una institutriz llamada Francisca Silva, quien los reconoció como propios.

Vicuña Mackenna se casó con su prima Victoria Subercaseaux y tuvo numerosa descendencia. Ya en sus últimos años de vida, le ofreció a sus hijos mayores reconocerlos, pero ambos se negaron. Francisco siguió con el apellido Silva y Celia se lo cambió por Villalobos, en honor de su madre.  

Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia

Uno de los casos más comentados fue el de la poetisa viñamarina Teresa Wilms Montt, mujer que además de talentosa e intelectualmente inquieta, era muy hermosa. Su amigo, Vicente Huidobro la describió como la mujer más grande que ha producido la América. “Perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia”, señaló el autor de Altazor sobre aquella mujer.

Los intereses intelectuales de Wilms nunca fueron bienvenidos por su aristócrata familia. Por el contrario, querían para ella un estilo de vida tradicional que incluía casarse con alguien aceptado por sus padres y que se convirtiera en madre y esposa devota. Rebelde como era, se casó contra los deseos de su familia con Gustavo Balmaceda, un funcionario público ocho años mayor que ella. El matrimonio resultó un desastre absoluto debido a los celos, maltrato y borracheras del marido.

Cuando, Teresa, Gustavo y sus dos hijas vivían en Iquique, recibieron la visita del primo Vicente Balmaceda, quien de confidente se convirtió en amante de la poetisa. El hallazgo de unas cartas enviadas entre Teresa y su pariente político fueron la prueba del idilio clandestino y el motivo para que Gustavo llamara a una reunión familiar y así decidir los pasos a seguir y tomar medidas ante el escándalo. Aunque él fue también infiel durante el matrimonio, consideró que el pecado de su esposa era imperdonable.   

Teresa Wilms Montt

Para “lavar la afrenta”, la familia Balmaceda decidió el 18 de octubre de 1915 encerrar a Teresa en el convento de la Preciosa Sangre, el que aún está emplazado en el Barrio Brasil. Allí convivió con enfermas siquiátricas y mujeres solteras embarazadas y donde según su biógrafa Ruth González-Vergara, leía, escribía, trabajaba en el jardín, cocía y rezaba.

Muy de vez en cuando recibía visitas de sus hijas y de amigos, pero no de Vicente Balmaceda porque lo tenía prohibido. Así, pasó seis meses hasta que, disfrazada de viuda, se mezcló entre los asistentes de un servicio religioso y con ayuda de Vicente Huidobro se las emplumó a Buenos Aires.

Su huida del convento no terminó con su padecer, porque jamás pudo recuperar a sus hijas que quedaron con la tutela de la familia Balmaceda. Teresa viajó, publicó sus obras, tuvo algunos amores y participó en la estimulante bohemia parisina, pero por lejanía de Elisa y Silvia nunca pudo ser completamente feliz y se suicidó en diciembre de 1921. Tenía apenas 28 años.

Los pecados de Manuela

La penquista avecindada en Santiago, Manuela Fernández de Rebolledo y Pando, tenía solo 17 años cuando se casó con Joaquín Toesca, el arquitecto italiano que llegó a Chile para realizar obras de gran envergadura, entre ellas el Palacio de la Moneda, la Catedral de Santiago y los Tajamares del Mapocho. Lo más probable es que el matrimonio de esta adolescente con el casi cuarentón arquitecto no haya sido por amor, ya que en el siglo XVIII los enlaces se realizaban más bien por razones económicas, sociales, patrimoniales e incluso políticas.

La vida de mujer casada se le hizo insoportable a Manuela. Salía de casa con cualquier excusa y si estaba en ella, se distraía con Juan José Goycolea, aprendiz de su marido con quien protagonizó un fogoso romance. Según declaró Toesca en la acusación que hizo contra su mujer ante la Real Audiencia, una noche en que estaba convaleciente de una dolencia pasó al dormitorio de su mujer y encontró al amante tendido en su cama, oculto con cortinas corridas.

Joaquín Toesca

“El descubrimiento hubo de ponerme en términos de hacer una tropelía en desagravio de mi honor, tantas veces ofendido por la citada mi indigna mujer; pero debí al todo poderoso que contuviese mi mano y me redujese únicamente a echar el amasio (amante) de mi casa; y también a ella”, declaró el arquitecto que ya había demandado a su mujer por intento de asesinato, por lo que la joven había estada confinada un tiempo en un convento.

Después de su expulsión del hogar común, Manuela se albergó en la casa de su madre, pero más tarde su marido, por consejo del Obispo de Santiago Blas Sobrino, la recluyó otra vez para que se “rehabilitara y expiara sus pecados”.

Así, la esposa partió al beaterío de Peumo, donde igual se las ingenió para enviarle ardientes misivas y encomiendas a su “negrito”, como llamaba a Goycolea. En esas emotivas cartas, una de las cuales se conservan en el Archivo Nacional, se pone de acuerdo con él para encontrarse y le pide que no visite “chusquisas”, como se le llamaban despectivamente en esa época a las mujeres consideradas libertinas.

La joven nunca se acostumbró al encierro y participaba de mala gana en las actividades del convento. Por su parte, Joaquín Toesca estaba tan enamorado de su mujer que al tiempo la perdonó y la fue a buscar para reanudar la vida en pareja en Santiago. En 1799, el famoso arquitecto murió y una vez viuda, Manuela se volvió a casar, pero no con su amante sino con un hombre llamado José Ignacio Santa María.

Casa de recogidas

La costumbre de encerrar a adulteras, amancebadas, delincuentes, prostitutas y otras mujeres que a vista de los hombres eran licenciosas y de mal vivir, hizo que se instalara en Santiago hacia 1735, la primera Casa de Recogidas. Esta institución, según documentos de la época, había sido muy solicitada a la Corona de España, porque se creía que la presencia de tantas mujeres pecadoras en los conventos podría corromper a las monjas. 

A la Casa de Recogidas, ubicada frente al Archivo Nacional y a los pies del Cerro Santa Lucía, llegaban sin juicio ni sumario, las féminas “dignas de recogimiento y reclusión” y, algunas veces, por solo la acusación del padre o del marido.

Una vez recluidas, las mujeres debían someterse a la disciplina establecida, lo que significa levantarse con las campanadas de la Catedral, asistir a misa diaria, confesarse regularmente, entre otras obligaciones. Todo ello, cercanamente vigilado por las monjas o beatas, que en eran mujeres piadosas que vivían en monasterios.

Como se trataba de una entidad que perseguía “liberar del pecado”, las mujeres solteras recobraban la libertad si se casaban y las casadas si se reconciliaban con sus legítimos maridos. De lo contrario, “debían esperar que el obispo reparara en ellas, lo que podía tardar años”, según asegura la historiadora Patricia Peña en su investigación “Casa de Recogidas de Santiago, un hospital de almas”.

Esta institución funcionó hasta 1810, cuando se convirtió en cuartel, pero aún así hubo intentos de refundarla.

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