lunes, julio 15, 2024

Esas vecinas siguen existiendo fuera de la Plaza de Armas

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¡Maricones culiaos, levántense que mataron a Allende!

CARMEN VERGARA (cabrona de la calle San Camilo).

En una conversación entre George Lee Vidaurre y Carlos Ossa sobre los documentales chilenos que se hicieron entre los 60 y el 73, el académico le comenta al artista que la mayoría de ellos narra la historia de un pueblo que ya no existe. El joven envalentonado por el estallido social creyó que se podía establecer un paralelo entre los registros audiovisuales aficionados que documentaron la revuelta y el hambre por grabar imágenes de los cineastas de la otra época, como Pedro Chaskel y Patricio Guzmán.

La opinión de Ossa es categórica y certera, sobre todo a la distancia, cuando hoy experimentamos el fracaso de las propuestas por una Nueva Constitución y asistimos nuevamente a una vuelta de tuerca más del neoliberalismo y su capacidad de engullirlo todo; inclusive las promesas de la izquierda guaripola del estallido que han derivado en la nostalgia por las cocinas de los 90.

Cuando diversos analistas despreciaron la revuelta por que fueron capaces de ver allí no a un Pueblo, si no que a una muchedumbre de clientes endeudados gritando a tontas y a locas sin la más mínima organización, creímos que sus opiniones estaban defecando fuera del tiesto. La desclasificación de archivos a la distancia histórica suficiente permite revisar el pasado y formular así otras lecturas que en medio de la inmediatez de la contingencia habrían parecido antojadizas.

Algo similar ocurre luego de asistir a la última proyección del documental Las locas del 73 de Víctor Hugo Robles y Carolina Espinoza, al finalizar el evento cultural al aire libre organizado por la agrupación lesbofeminista Frente Musical Combative, en el frontis del MAC (sede Parque Forestal). La instancia gestionada por jóvenes artistas y activistas que no habían nacido para el Golpe, pero siguen experimentando en carne propia los embates de ese pasado que no vivieron, buscaba conmemorar los 50 años de la primera protesta de la diversidad sexual en Chile, llevada a cabo en Plaza de Armas una tarde en de abril de 1973.

La actividad contó con la interlocución de uno de los autores del documental, Víctor Hugo Robles, el Che de los gays, y Marcela “La Gata” Di Monti; una de las protagonistas del mitin con el que festinó la prensa amarillista hace más de cinco décadas. Cuando ambas veteranas sobrevivientes a muchas batallas se aproximaron a presentar la película frente a un Museo ubicado en un parque donde suelen pasear de la mano parejas del mismo sexo que hoy pueden casarse, en un barrio conocido por la tendencias gay friendly de diversos establecimientos comerciales, me acordé de Carlos Ossa. Pensé que ellas, esas veteranas del 73, no existen. Pensé que esas veteranas que sobrevivieron a la dictadura y los primeros años de la transición –cuando aún estaba en vigencia la Ley de Sodomía– no existen.

A 50 años de la insubordinación en la pérgola de Plaza de Armas, se ha leído erróneamente el suceso: únicamente se lo ha interpretado como una señal pionera de activismo homosexual. “Maricones piden chicha y chancho”, “Ostentación de sus desviaciones sexuales hicieron los maracos en la Plaza de Armas”, incluso en algunos archivos de prensa de la época que circulaban en el documental Las locas del 73 –mientras sonaba Corazón de melón al son del chachachá– sugerían que en cualquier momento iban a pedir derecho a casarse si no se las detenía a tiempo. No es verdad que querían matrimonio, como al que quieren optar muchas personas de las mal llamadas “minorías sexuales” que tienen acceso al derecho básico de la vivienda aún no garantizado en este país; la casada, casa quiere.

En el breve pero intenso transcurso –lo que dura un beso de amor– de la película, las trabajadoras sexuales que agitaron el gallinero narran en primera persona el horror que vivieron sistemáticamente ante el hostigamiento policial. Como no las dejaban trabajar tranquilas para pagar sus precarias habitaciones en los pocos lugares donde recibían a travestis pobres, decidieron sublevarse.

Después del Golpe muchas de ellas vivieron la prisión política. Incluso, algunas prefirieron hacerse las locas para evitar caer en cana y que las mataran; la vieja y confiable táctica de fingir demencia data de mucho antes que Pinochet e Hiriart salieran jabonados (ahora lo que se usa es fingir maternidad, a lo Cathy Barriga).

No es sencillamente el derecho al reconocimiento de su identidad la demanda que allí se puede entrever. Es mucho mayor el problema, que incluso hoy, a 50 años cuando en el Congreso legisla la primera diputada trans, sigue persistiendo. El derecho al trabajo, y sobre todo, a subsistir, estaban implicados más allá de las demandas integracionistas. ¿Tanto les cuesta dejarlas que subsistan? Al parecer, si, y les sigue costando.

Lo que el documental visibiliza, y que la mayoría de la serie de desclasificaciones de esos mismos archivos no ha logrado poner en discusión, es que su lucha está atravesada también por otras violencias: política, económica, y sobre todo, violencia de clase. Es mejor ser Jorge Alessandri con departamento de soltero maduro a pasos de la Plaza de Armas, juntándose a tomar el té con Jaime Guzmán, que ser la Confort y tener que prestarle el poto a diario a taxistas cochinos y curados que ni siquiera tuvieron la decencia de lavarse la diuca.

Después de los créditos de la película, cuando encendieron las luces, y La Gata Di Monti con voz afectada agradeciera a las organizadoras y quienes asistimos a la función, comentara sentirse emocionada cada vez que volvía a verse contar su historia, me arrepentí. Me volví a acordar de Carlos Ossa y George Lee Vidaurre. No es ese pueblo que ya no existe, son esas vecinas que siguen existiendo en la voluntad férrea de esas organizaciones autogestionadas por poner en valor el legado de la historia que no vivieron, pero que si les pertenece.

Víctor Hugo Robles, el Che de los Gays pidió la palabra después de los aplausos, porque el arte y la vida deben continuar. Es necesario echarle más agua a la sopa, aunque haya estado bueno el espectáculo y nadie haya incurrido en incivilidades. La Paris, trabajadora sexual, está en situación de calle y necesita unas monedas para tener donde dormir sin que la maten. Hay que meterse la mano a los bolsillos antes de gastarse la plata en Los Chinos Gay (están cada día más caros y se andan demorando en atender las mesas).

A pesar de la felicidad y esperanza post-función, quedé con gusto a poco. ¿Por qué no llevaron a cabo la misma iniciativa antes, en el mismo lugar de los hechos? Para las sobrevivientes de distintos holocaustos es reparador volver periódicamente a los lugares donde fueron vulneradas; para eso sirven los sitios de memoria. Por diversas rencillas internas, la Ilustre Municipalidad de Santiago no fue capaz de acoger la proyección de la película en la pérgola de la Plaza de Armas, que, si le concedió al MOVILH para una actividad similar, en la que se apropiaron de una memoria que no les pertenece. Habría sido lindo ver Las locas del 73 ahí, de donde mismo las echaron con viento fresco.

Antonio Urrutia Luxoro
Antonio Urrutia Luxorohttp://Luxoro
Escritor y crítico cultural.

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