El Particularismo Nacional: Una respuesta a Hugo Herrera
Herrera quiere mantener que la concepción chilena de “nación” es “inclusiva” a diferencia de la plurinacionalidad que tendría un carácter centrífugo en cuanto reivindicaría la etnicidad y sus particularismos. Para él solo la concepción portaliana de “nación” gozaría del estatuto de lo universal.
En su última columna publicada en el diario La Segunda el día martes 24 de Mayo el filósofo Hugo Herrera, a contrapelo de la concepción “plurinacional” del Estado regional propuesta por el borrador de la Nueva Constitución –borrador que su columna se propone “enmendar”: ¿desde qué lugar se autorizaría a hacerlo? – reivindica la concepción de “nación” señalando: “Nuestro país ha sido ejemplo del poder inclusivo y productivo de la noción cultural e ilustrada de nación.” Esta afirmación Herrera la desprende de una concepción de “modernidad” que implicaría ir más allá del nativismo y la “rudeza” étnica de los particularismos: “Uno de los grandes avances de la modernidad es la limitación, que se logra en ella, de lo originario, de lo autóctono, étnico, sanguíneo, etc. gracias a una concepción de la nación como una construcción eminentemente cultural.” Curiosa noción que tiene Herrera de la “modernidad”: esta última no se caracterizaría por haber instalado un “contrato social” para contrarrestar las tendencias anárquicas, sino por haber propuesto una concepción “cultural” de nación.
Situar un “contrato” implicaría aceptar la premisa “liberal”, no así la concepción de “nación”. Herrera intenta contrarrestar al liberalismo con su “republicanismo popular”, para lo cual, debe enfocarse en la “nación” y no en el “contrato” porque su columna es una intervención en la discusión pública justamente en el momento en que el borrador de la Nueva Constitución ha concebido al Estado chileno de manera plurinacional. Herrera quiere mantener que la concepción chilena de “nación” es “inclusiva” a diferencia de la plurinacionalidad que tendría un carácter centrífugo en cuanto reivindicaría la etnicidad y sus particularismos. Para él solo la concepción portaliana de “nación” gozaría del estatuto de lo universal.
La operación de Herrera es estratégica: tácitamente introduce una noción “cultural” de nación (que sería “ilustrada”) en contra de otras concepciones (la de los pueblos originarios) de la misma que pasarían por su rúbrica biológica y étnica. Con ello, Herrera puede defender una concepción supuestamente universal de “nación” que no pase por los particularismos de las etnias. Sin embargo, Herrera no repara que al sostener una concepción cultural no resuelve el problema del particularismo. Más bien, ello no hace más que “culturalizar” el concepto de nación que, originalmente –al menos en su versión francesa, es decir “ilustrada”- implicó una politización de la vida biológica inscrita al interior de un determinado territorio. Como si lo “cultural” estuviera exento de racismo, como si la nación chilena pudiera ocupar el lugar del Gran Otro y su universalidad.
Herrera no advierte de la mutación del racismo en la época contemporánea: desde Mandela –podríamos decir- el racismo dejó atrás al discurso biologizante de los tiempos nazis y abrazó un racismo culturalista (no se trata más de los “semitas” como del “islam”, no es la “raza” sino la “cultura” el problema). Herrera cree superar ese problema adjetivando esa noción cultural de nación bajo el término “ilustración”: ¿sería una concepción racional y, por esta vía, universal? Pues bien, es aquí donde la estrategia argumental de Herrera se anuda a la ficción de la concepción chilena de nación de la cual dice ser portadora de un “poder inclusivo”: tan “inclusivo” que parece haber dejado a los pueblos originarios en una posición radicalmente excluida (Pairicán), tan “inclusivo” que, en rigor, fue impuesto bajo un colonialismo de asentamiento en el que se combinó la campaña militar y la imposición de capital.
Es precisamente en este punto donde el discurso de Herrera se revela como una verdadera máquina mitológica, esto es, un montaje capaz de producir el mito de la “nación” chilena cuyo carácter “cultural e ilustrado” le haría portadora de una universalidad que el actual borrador de la Nueva Constitución vendría a poner en peligro: “Preterir –dice su columna- ese concepto cultural –el de nación chilena o pueblo de Chile- como hasta ahora luce desear la Convención, podría no solo tensionar la unidad de esa nación, sino hacerla retroceder hacia el nivel dogmático o pre-ilustrado de las lógicas atávicas de lo originario, lo racial o lo tribal.”
Precisamente resulta fundamental “tensionar la unidad de esa nación” exhibiendo lo que ella tiene de mítico y arbitrario, poniendo a la luz del día cómo esa concepción supuestamente “ilustrada” de nación ha sido ella misma una “lógica atávica de lo originario”. En efecto, la versión francesa –ilustrada- de nación remite en último término a la producción soberana de una vida biológica inscrita en un territorio: véase el artículo 10 de la Constitución de 1980: “son chilenos los nacidos en territorio de Chile (…)”. ¿Acaso no sería esta politización de la vida biológica (el nacimiento) una confirmación de la “lógica atávica” que constituye la concepción chilena de “nación”? A pesar de todo, Herrera no puede ver que su noción supuestamente “cultural e ilustrada” de nación es también y, sobre todo, un particularismo. Un particularismo hegemónico, sin duda, impuesto a sangre y fuego por siglos de devastación colonial.
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