Opinión

Un gobierno que no desilusiona, no es un buen gobierno

Los paradigmas que pretenden modificarse no pueden ser algo de una administración para luego desvanecerse; debe haber un trabajo lo suficientemente  detallado para que el futuro sea compartido, y para que ciertas premisas se perpetúen en el tiempo.

                 

La decisión de Gabriel Boric de que Irina Karamanos, su pareja, finalmente se haga cargo de todo lo que implica ser Primera Dama, ha causado, como siempre sucede, todo tipo de reacciones en las redes sociales, entre opositores y adherentes. Desde cierto feminismo la han mirado con desilusión por aceptarlo, debido a lo que implica y lo que representa dicho puesto, como también hay quienes han querido ver traición de parte del presidente electo, por haber dicho en campaña que quería terminar con el rol que su pareja desempeñará.

La razón de esto es porque algunos no entienden que gobernar es desilusionar, como dice ese popular dicho en los pasillos de la política. Una vez que se está en el poder, éste resulta más complejo de lo que se ve desde afuera o desde al frente. Y no debido a esas vulgares interpretaciones que suponen una transformación de quien lo ostenta, sino por todo lo que lleva consigo; por las señales; por los códigos; por los símbolos que entraña.

Eso es lo que tanto Irina como Gabriel están viendo frente suyo como una enorme maquinaria que respira sola, tiene sus propias lógicas y sus formas de dejarse conducir. Han entendido que el principal antídoto ante los reaccionarios que quieren que nada cambie, es la continuidad de ciertas cosas para, luego, poder reformarlas de manera importante. Porque la radicalidad no consiste en llegar y destruir todo, sino en conducir un proceso inteligentemente para, desde adentro, lograr dar nuevos significados políticos al arte de gobernar.

Por ejemplo, por mucho que algunos creamos que es urgente una refundación política e ideológica de Carabineros, la experiencia demuestra que esta ansiada intervención civil debe hacerse con autoridad, y ella se construye diariamente, conviviendo con esa policía, construyendo puentes y luego, tomando la decisión radical.

Sin una autoridad que radique en la continuidad, el cambio sólo traerá crisis y no cambiará absolutamente nada. Pues lo que viene hacia el futuro, ya sea en las acciones diarias del gobierno como en las reformas estructurales que plantee la Convención Constitucional, debe consolidarse democráticamente. Los paradigmas que pretenden modificarse no pueden ser algo de una administración para luego desvanecerse; debe haber un trabajo lo suficientemente  detallado para que el futuro sea compartido, y para que ciertas premisas se perpetúen en el tiempo.

Para eso, también, habrá que reformular el lenguaje; y acá me refiero particularmente a Irina, quien aún habla como si estuviera leyendo constantemente un ensayo de Judith Butler. Y para corregir eso, debe dejar un poco la academia y hacer política como su compañero, quien, a lo largo de una carrera de diez años, ha sabido entender que hay formas y formas de dar un mensaje.

Como dijimos al comienzo, gobernar es desilusionar; y la desilusión más importante es la que experimentan quienes llegan al poder. Porque esta experiencia los hace tomar conciencia y sopesar la magnitud de la tarea, más aún cuando ésta no es sólo administrar la mencionada continuidad, sino resignificarla bajo otros parámetros.

El nombramiento de Mario Marcel como titular de Hacienda, también podría ser parte de lo mismo. Por más que aquellos que juegan a la revolución hayan querido un ministro con un perfil diferente al de quienes han encabezado la billetera nacional durante estos últimos 30 años, para llevar a cabo vuelcos políticos de tamaña relevancia para la cotidianidad de los chilenos, se necesita alguien que conozca a la perfección los pasillos del poder; alguien que pueda enfrentarse en un terreno similar a quienes ponen sus intereses por sobre los de la ciudadanía. Y Marcel es el hombre indicado.

Aunque se crea que la mochila ideológica que carga el presidente del Banco Central es la evidencia de una derrota política ante los acuerdos transicionales, lo concreto es que esa mochila es el conocimiento de las posibilidades y de los límites, pero además de las condiciones necesarias que logren que la realización del horizonte programático pueda ser sin que haya excusas de parte de parte de un relato oficial que se asusta frente a las pocas certezas.

Marcel, si es que lleva a cabo responsablemente lo que el gobierno entrante se propone, será la demostración empírica de que lo que preocupa y ha preocupado por años en sectores de poder no es un asunto técnico, sino uno ideológico. Por lo que aventurarse a acusar traiciones o ventas al mejor postor, es no querer saborear quizá lo más dulce de la contienda política, que es encontrar los caminos más contradictorios entre sí, para caminar hacia lo que se pretende. Porque el objetivo nunca será disfrutable si es que el camino no es complejo. Y lo fácil es propio de quienes menosprecian lo público y la democracia. Por lo tanto, un gobierno que no desilusiona, no es un buen gobierno, sino un panfleto institucionalizado.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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