Opinión

Derecha republicana: La revolución y el guzmanismo “espiritual”

El hecho que Kast haya iniciado un proceso de desviación desde dentro de la derecha transicional para fundar una nueva derecha de corte “revolucionario” implicó no sólo dejar de lado a Matthei sino poner a Quiroz como el ministro más político de todos, el líder de la “revolución” que vendrá a consumar la estructura del capitalismo chileno ya instaurada en la metamorfosis ejecutada por la dictadura y profundizada por la democracia.

«La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales.”

                                                                                                                                        Karl Marx-Frederich Engels

La situación de la derecha actual se puede dirimir en la tensión entre reforma o revolución. En el plano electoral, los partidos de la derecha oligárquica de corte transicional fueron derrotados con su candidata Evelyn Matthei mientras que los partidos nuevos -en particular el Partido Republicano- propios de la renovación de la derecha oligárquica en su forma revolucionaria, triunfaron en la figura de José Antonio Kast.

La otrora distinción del arsenal discursivo de la izquierda entre reforma y revolución pueden aplicarse hoy a la situación histórica y política que experimenta las derechas. Sin más, debemos recordar a uno de los ensayos más pregnantes que jamás se hayan escrito acerca del Chile contemporáneo “Chile Actual. Anatomía de un mito” de Tomás Moulian (Arcis-Lom, 1997), para entender cómo la propia dictadura puede ser entendida bajo el término “revolución”.

Este término atraviesa el libro de Moulian para destacar la “metamorfosis” (es el término y el problema que Moulian trata de pensar) que experimenta el país y, quizás, es el término que podríamos revitalizar para pensar la posición que asumió el gobierno de Kast: una revolución en “democracia” asumiendo que la episteme transicional se ha terminado y que los grandes grupos económicos requieren de una “garantía” que solo puede pasar por una reforma profunda que acelere la oligárquica acumulación de capital.

El hecho que Kast haya iniciado un proceso de desviación desde dentro de la derecha transicional para fundar una nueva derecha de corte “revolucionario” implicó no sólo dejar de lado a Matthei sino poner a Quiroz como el ministro más político de todos, el líder de la “revolución” que vendrá a consumar la estructura del capitalismo chileno ya instaurada en la metamorfosis ejecutada por la dictadura y profundizada por la democracia.

Por cierto, el propio Moulián, de quien tomamos la noción de “revolución” precisa que por ésta habría que entender tres cosas: en primer lugar, esta revolución sería una “contrarrevolución” ejecutada contra la posibilidad de una vuelta a la Unidad Popular, lo que en nuestra escena, significa una “contrarrevolución” ejecutada con la posibilidad de la revuelta y el desencadenamiento de un nuevo proceso constituyente que ponga en tela de juicio el dominio de los grupos económicos prevalentes; en segundo lugar, la “revolución” desplegada en dictadura implicó a los militares.

En la escena actual eso ya no es necesario -salvo circunstancias- porque el desarrollo de los miles de dispositivos de seguridad apuntalados en sus respectivas leyes propuestas, en su mayoría, por el gobierno de Boric, establecen las condiciones materiales de posibilidad para que dicha “revolución” puede apuntalarse; en tercer lugar, Moulián señalaba que la dinámica revolucionaria de la dictadura no había asumido la modalidad de una revolución burguesa en la medida que no había un capital orientado al desarrollo ni consignas que ampliaran las libertades civiles, sino justamente, me parece a mí, se trató de una revolución oligárquica.

Es en este último punto donde habría que detenerse: que sea una “revolución oligárquica” significa que el proceso contrarrevolucionario liderado por Kast y su “Portales-Quiroz” hoy contra la irrupción de la multitud en Octubre de 2019, constituye una cita (al modo de una cifra histórica) no sólo de la revolución oligárquica de 1973 consumada por el golpe de Estado sino también de la de 1833 atravesada por la batalla de Lircay, bajo el liderato de Portales y los estanqueros. Por eso la referencia permanente, por parte de Kast y sus cercanos, al mítico prócer, al Dios usurpador de la república chilena, precisamente porque ven en él, el espíritu de la “revolución” en curso.

Pero ¿qué habría que entender aquí por “revolución”? Justamente una transformación estructural del orden de las cosas que, en este caso, no solo consolida un “modelo” sino que lo proyecta, destruyendo las barreras que, en su momento, apuntalaron el armatoste del capital neoliberal en su fase “transicional”, hacia la nueva era del capital financiero global.

Sin embargo, esto no significa dejar de lado la dimensión jurídico-institucional sino más bien, transformarla, ejercer sobre ella una metamorfosis tan profunda capaz de impulsar al capital hacia su anarquía total.

Para eso, no se requiere sólo transgredir las normas instituidas sino inventar nuevas que tengan la capacidad de impulsar al capital hacia su anarquía total. A este plan, el gobierno de turno le ha llamado “plan de reconstrucción nacional” y constituye un plan propiamente “constituyente” afincado esencialmente en la dimensión económica.

Por eso, no es casualidad que la oposición solo se limite a defender la “institucionalidad” sino además, que ésta misma, amenace con llevar este proyecto al Tribunal Constitucional. Esa instancia deja entrever cómo la “megarreforma” impulsada por el gobierno implica transgredir, en parte, algunas consideraciones de la Constitución de 1980. No porque dicho proyecto no sea “leal” al ideario ideológico que dio lugar a dicha Constitución sino precisamente porque lo es y a fondo.

En este sentido, Kast y su círculo “intelectual” más íntimo (Rojas y Frontaura) expresan la mutación en la lectura de Guzmán: si tradicionalmente la UDI había hecho de Guzmán un “ideólogo” del nuevo régimen, ahora el guzmanismo opera en un segundo orden en el que su figura “política” experimenta una “espiritualización”: Guzmán es el nombre del “espíritu” (vuelto comunidad y ethos de una moral) antes que “hijo” (vuelto institucionalidad político-económica); si se quiere, el guzmanismo devino “mística”.

De esta forma, se podría jugar con la trinidad y decir que así como Pinochet fue el Padre del nuevo orden, la UDI fue el Hijo desplegado en la transición así Republicanos constituyen el Espíritu Santo del régimen que tiene lugar hoy, precisamente cuando la transición ha desfallecido en función de su propia racionalidad que la llevó más allá de sí misma.

Republicanos capitalizó las nuevas condiciones del vacío que el progresismo nunca pudo entender porque estaba estructuralmente incapacitado para hacerlo. Y lo hizo porque entendió que había que moverse en el “punto medio”: no se podía permanecer en Chile Vamos puesto que la transición había muerto, pero tampoco sumarse al Partido Nacional Libertario que simplemente excluye a la “derechita cobarde” de sus huestes.

Republicanos es, en la actualidad, la democracia cristiana de la derecha y, por tanto, la vanguardia capaz de llevar a cabo la revolución oligárquica: acoge el núcleo oligárquico de Chile Vamos y el talante revolucionario del PNL; los primeros movilizan al empresariado, los segundos al mundo popular. Cielo y tierra, arriba y abajo, son los espacios capaces de ser articulados por esta máquina que se ensambló.

A esta luz, una revolución necesita Constituciones. Es, al mismo tiempo, lo que la transgrede y la instituye, lo que la quiebra y que la establece. Así sucedió en 1973 cuando la Junta Militar quebró en pedazos la Constitución de 1925 esgrimiendo el hecho de que, según Jaime Guzmán, dicha Constitución ya había sido destruida por la Unidad Popular.

Si bien, el actual gobierno no ha llegado a ese límite en el plano del discurso si lo ha hecho en su práctica (justamente como ”espíritu”) en la medida que, la oligarquía a la que representa sabe que es necesario adherirse al nuevo proceso de acumulación desplegado globalmente por las grandes corporaciones globales y los Estados que les sirven de comparsa. Sabe que, para eso, es necesario una “revolución” acotada, precisa, un golpe de fuerza que consume la Constitución de 1980 ya destituida por la revuelta de 2019 en un nuevo marco estructural de tipo económico que, siendo fiel a su “espíritu”, sea capaz de garantizar que sus intereses prevalezcan intactos.

Para eso, el Guzmán “hijo” no sirve, pero sí el Guzmán “espíritu” que hace sobrevivir al ordenamiento oligárquico ofreciéndole, tal como decían los antiguos Padres de la Iglesia cuando caracterizaban al “espíritu santo”, una “fuerza operativa” con la que actuar y llevar a cabo la nueva fase de la revolución “portaliana” emprendida desde 1973, es decir, desde 1833. De esta manera, no se trata de instituir un nuevo marco jurídico constitucional como ocurre bajo el horizonte moderno, sino de instituir su “espíritu” a través de la instauración de la megarreforma.

Solo así se entiende que el “plan de reconstrucción nacional” no sólo lleve consigo un nombre que remite a los nombres que ponía la otrora dictadura a su propia política sino además, que se bautice dicha reforma con el término “nacional” que permite universalizarla y ocultar que en su núcleo persiste una “facción” que se está haciendo con el poder del Estado para que los grandes grupos económicos lo saqueen y establezcan la nueva forma de acumulación requerida para la nueva fase del capitalismo global.

El mentado plan no es más que la apuesta por instituir el “espíritu” de Guzmán antes que su Constitución, se trata de una desmaterialización del guzmanismo en la forma contemporánea y desnuda del capital. Esta forma requiere plantearse revolucionariamente al interior de la nuevas sociedades de control securitario que emergen a la era de la transición y sus dinámicas consensuales cupulares.

Por su parte, las izquierdas acorraladas, divididas, sin la estructura discursiva capaz de enfrentar a la revolución en curso porque aún con la retórica noventera de la transición que la derecha supo dejar atrás. Mientras las izquierdas no vuelvan sobre los afectos populares desatados en la revuelta popular de Octubre de2019 -afectos preñados de rabia contra los poderosos- mientras sigan “defendiendo la institucionalidad” y la “democracia” es decir, precisamente aquello que la revuelta consideró la institucionalidad misma del “abuso”, el orden de la impunidad, estarán perdidos y la derecha -sobre todo su facción revolucionaria cristalizada en el Partido Republicano- seguirá en la única consigna practicada por Quiroz: “avanzar sin transar”.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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