Opinión

Kastración

La Kastración deviene racista, misógina, xenófoba, hipercristiana y nuevotestamentaria; antiaborto y, de plano, anti derechos de las mujeres, de las diferencias sexogenéricas, de la reivindicación de los pueblos indígenas y de todo aquello que tenga vibrato a disidencia; Kastración que explota salivando devoción al mercado en un país que, a esta altura del tiempo, va por celebrar sus bodas de diamante con el puntazo neoliberal; Kastración que llega sádica en su aporofobia y regenerada en su gen neofascista.

Al decir Kastración no hacemos referencia directa −aunque claro que aquí está la idea madre− al “Complejo de castración” desarrollado por Freud en su texto de 1923 La organización genital infantil y que retoma, después, Lacan en El seminario 5: Las formaciones del inconsciente de 1958. En ambos autores se trataría de analizar cómo la ausencia o presencia de falo produce no solamente trastornos en la constitución de la identidad del niño y la niña, sino que del mismo modo cómo es que este miedo a ser castrado en el caso del niño, y la constatación de que no se tiene pene por parte de la niña, impacta de manera definitiva en la trama cultural generando desequilibrios radicales en las posiciones que la mujer y hombre ocuparán posteriormente en la estructura social.

Frente a estos planteamientos, es que psicoanalistas feministas de gran relevancia como, por ejemplo, la belga Luce Irigaray −considerada una de las teóricas fundacionales de “El feminismo de la diferencia”−, han generado fuertes críticas al concepto de castración clásico, sobre todo al de Lacan, en el entendido de que este lenguaje relativo únicamente al falo excluye a la mujer del lenguaje mismo, y de ahí en más de todo los ámbitos y dimensiones de la cultura.

Entonces, y aunque el debate es intenso, relevante y se amplifica de forma sistemática, no va en este sentido lo que entenderemos por Kastración (ponemos la “K” deliberadamente en mayúscula, en tanto se precisa que nos referimos al actual presidente de la república de Chile José Antonio Kast), sino que a un fenómeno contingente que debería leerse, sobre todo, como un axioma político.

En breve, la Kastración es una suerte de lubricante social que actúa como dopamina, es decir como un neurotransmisor colectivo con capacidad de neutralizar la agencia, la reacción, la elaboración de conceptos y categorías consistentes en el tiempo que permitan delimitar el poder del autoritarismo en su variante democrático/neoliberal. De este modo, la Kastración produce un efecto sedante, benzodiazepínico si e quiere, que no estimula sino que inhibe, pasando por ácido todo lo que tiene potencia común; desagregando la resistencia y obligando, con fuerza de época, a devenir individuos insulares que solo van por el resguardo del “yo” o de “lo suyo”, mientras son sometidos a un perito y capilar proceso de despolitización.

En esta línea, la Kastración se despliega a todo orden y es contracíclica en relación a los avances que hasta hace poco habían posibilitado la implicación de márgenes tradicionalmente excluidos por las fuerzas oligárquicas; la Kastración niega la multiplicidad y tacha lo alternante que habita en la interacción de sujetos que intentan recuperarse a partir de horizontes comunes de reactivación de lo político.

Así, se trataría de un dispositivo biopolítico que ioniza la tachadura, energiza la negación de el y lo otro, al tiempo que le imprime voltaje a la demonización de la alteridad en cualquiera de sus formas.

Entonces la Kastración deviene racista, misógina, xenófoba, hipercristiana y nuevotestamentaria; antiaborto y, de plano, anti derechos de las mujeres, de las diferencias sexogenéricas, de la reivindicación de los pueblos indígenas y de todo aquello que tenga vibrato a disidencia; Kastración que explota salivando devoción al mercado en un país que, a esta altura del tiempo, va por celebrar sus bodas de diamante con el puntazo neoliberal; Kastración que llega sádica en su aporofobia y regenerada en su gen neofascista.

Todo lo anterior amparado en promesas de una reconstrucción que impulsará un exótico crecimiento económico y que busca frenéticamente dinamitar al Estado a niveles aún más morbosos, generando una estructura tributaria que hará de los ricos más ricos y de los pobres más pobres y, tal vez lo más triste, dejando a esos pobres subalternos e inmóviles en la ciénaga de sus propia pobreza. Y esto porque a la Kastración se le legitimó por vía electoral, y no dudará en hacer de su validación democrática la arteria por donde se coagule lo democracia misma, abriéndonos al abismo de un populismo de ultraderecha entregado al reflejo de sus pasiones higienizantes.

“Nuestras almas bellas son racistas”, escribía Sartre en el prólogo a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon (1961), y este sería, sin duda, un buen salmo a repetir a modo de coro santo para la Kastración.

Habrá que apuntar, igual y replicando a Tomás Moulian, que la Kastración es transformista. Ya no se trata de usar un bigote ridículo coronando un labio fóbico; de tatuarse una suástica o adorar a un führer, sino que bajo el ropaje democrático la Kastración sabe mimetizarse, diluirse, volverse vapor al interior del sistema representativo que, por cierto, secreta sus propias bestias y hace de las políticas del odio el aceite que moviliza la máquina suturante.

A modo de antídoto a esta especie mutante −extremadamente peligrosa, como decíamos, por la máscara democrática que exhibe y tras la cual esconde toda una ritología de adoración a lo homogéneo a la vez que una penetrante ideología de la limpieza social−, es posible pensar en Walter Benjamin cuando escribe, en sus Iluminaciones, que “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal y como verdaderamente fue. Significa apoderarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro” (1955).

Este es el instante del peligro, quizás del peligro más radical. Si el pasado tiene algún significado debiera estallar como cápsulas de sentido aquí y ahora para hacer frente a la ominosa y brutal industria de la Kastración. Es en esta cesura histórica, en este hiato temporal que hay que detenerse y pensar cómo, desde lo que somos dados a llamar “izquierda”, se comienza a entramar un horizonte categorial y de conceptos que se enganchen con la realidad y haga sentido en el plano de la disputa por lo político. Saber, tal vez, que es en este preciso hoy cuando no hay que arriesgar promesas aleatorias o supurar retóricas de la emancipación banales.

El peligro ya es, ya va siendo; la Kastración no es más una amenaza; es un régimen y no solo político, sino que un régimen de la idea. La pregunta que emerge urgente, pienso, es: ¿cuál será la nuestra?

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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