Opinión

El triunfo de Lavín

La política “cosista” ha regresado. Y eso significa que la alternativa de transformación que había sido abierta se ha terminado por cerrar. Toda la elección se dirimirá en quien muestra ser mejor administrador del Estado, quien puede “hacer mejor las cosas”. 

Hacia finales de los años 90 el otrora candidato Joaquín Lavín articulaba su programa electoral bajo la consigna “Viva el Cambio”. En él, lo que se jugaba era lo que se llamó el “cosismo”. Nada estructural había que cambiar, ninguna ideología que reivindicar, tan solo el “hacer cosas” que fueran útiles para la “gente”. Importante construcción de sujeto: “gente” (no ciudadanía ni pueblo), dado que tal sujeto se produce en la relación de una política “cosista”.

A pesar de que la “crisis asiática” –en realidad crisis capitalista mundial- había golpeado fuertemente y la detención de Pinochet en Londres ponía en aprietos a la derecha de ese entonces, la salida “cosista” de Lavín resultaba más que atractiva: por un lado, hacía posible que la derecha pudiera llegar a la presidencia desprendiéndose del legado de Pinochet; por otro, solucionaba en los inmediato las “necesidades más urgentes” de la “gente” en una intensificación de la gestión neoliberal.

Ambas formas, en realidad, no fueron sino una: el ensamble de una máquina que podía desmaterializar el cuerpo de Pinochet en el Capital financiero mundializado enfrentando, de esta forma, la crisis económica. Lavín adquirió verosimilitud precisamente porque su “cosismo” le permitía erigirse entre el bien y el mal, entre la izquierda y la derecha y asumir de frente las “necesidades de la gente”.

Después de la derrota de los tres grandes procesos constituyentes (el impulsado por Bachelet y los dos impulsados bajo el gobierno de Boric), el país que, a partir del golpe de Estado de 1973, se había articulado bajo el pacto oligárquico de 1980-2005 y había erigido un Estado subsidiario, hace la experiencia de su límite. El múltiple ciclo de protestas que atraviesan casi dos décadas hasta la revuelta popular de 2019 intensifican la fisura, y descubren el límite del orden oligárquico.

Es precisamente en este escenario que, incluso Bachelet, entiende que tiene que dar curso a un proceso constituyente. Luego, el propio gobierno de Piñera cierra esa posibilidad que, sin embargo, le reventará en la cara, para Mayo de 2028 (revuelta feminista) y Octubre de 2019 (revuelta popular). En adelante, otros dos procesos constituyentes se alzan para terminar siendo ambos derrotados.

Frente a eso, la clase política decide cerrar el proceso constituyente no obstante el problema constituyente (esto es la crisis del orden económico y político) sigue plenamente vigente.

El cierre frente a lo constituyente implicó la expulsión de la agenda transformadora de la escena política que fue rápidamente sustituida por la restauradora donde el “cosismo” que alguna vez Lavín puso de moda vuelve a tener importancia. Ningún candidato (salvo Artés) propone una transformación “constituyente” sino más bien una gradación relativa del “cosismo”. Ese último se sitúa como compensación “técnica” a la clausura restauradora sobre el pacto oligárquico de 1980.

En algún momento el gobierno de Boric logró instalar la “agenda de seguridad” en función de sustituir la falta de acuerdo constitucional con la derecha, derivando así en el reemplazo de un fallido pacto jurídico constitucional por un performático pacto técnico por la seguridad. En este escenario, los temas de la agenda electoral son: seguridad, crecimiento y empleo. Es decir, asuntos “cosistas” que no implican la transformación del modelo sino su restitución.

Así, la diversidad de candidaturas contrasta con la homogeneidad del proyecto en curso. Todos apuntan al “Estado” –Kast logró instalar esa agenda. Y con eso se invisibiliza la corrupción empresarial y, en último término, la cuestión política de fondo cristalizada en el orden neoportaliano instaurado por el pacto oligárquico de 1980. Aunque exiliado, apartado de la vida pública, Lavín es el gran ganador de estas elecciones. Todos sus temas –salvo la nieve en el centro de Santiago- están en boca de cada uno de los candidatos.

La política “cosista” ha regresado. Y eso significa que la alternativa de transformación que había sido abierta se ha terminado por cerrar. Toda la elección se dirimirá en quien muestra ser mejor administrador del Estado, quien puede “hacer mejor las cosas”.  Esto muestra hasta qué punto el “nadie lo vio venir” no hace más que repetirse: el problema del país no reside ni en los inmigrantes ni en la delincuencia, ni en la “izquierda” que todo lo querría incendiar. El problema reside en un pacto agotado.

Un pacto que se impuso en dictadura y que articuló un orden económico y político, a la vez, gracias a la Constitución de 1980. Estancamiento económico y político, gestional e institucional, el orden neoportaliano de Chile está girando en el vacío mientras sus políticos ofrecen recetas “cosistas” en un escenario en que sigue exigiendo propuestas “constituyentes”.

En síntesis, el juego electoral es un impasse pues pretende “solucionar” los grandes problemas con pequeñas cosas. En la filosofía árabe medieval se intentó pensar cómo anudar lo grande con lo pequeño, lo universal con lo particular. Justamente, en el hiato entre vida y lógos, entre pequeñez y grandeza, la receta del filósofo andalusí fue situar la potencia de la imaginación. Justamente, una potencia de la que no goza ninguna fuerza electoral hoy día.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
Ver sus publicaciones →

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.