Voto obligatorio
La única alternativa, por lo pronto, es componer afectos. Sustraerse a la máquina consensual del “Acuerdo por Chile” y trazar nuevas redes de afectividad (singular-plural) que, al ser capaz de interrumpir la producción política del miedo puede, por tanto, asumir un horizonte abiertamente anti-capitalista. Porque cualquier texto que brote de la nueva Convención vendrá a fortalecer fuertemente al capitalismo neoliberal.
Foto: Agencia Uno
No deja de ser curioso que lo que más resalta de la campaña desplegada por el SERVEL para las próximas elecciones sea “VOTO OBLIGATORIO”. Tal slogan pretende movilizar para votar, pero que lo hace constatando una falta ética fundamental por la que solo puede exigir sanción: el estímulo a votar no es la “esperanza” en el proceso sino la “sanción” que eventualmente puede ceñirse sobre quien no cumpla con tal excelso deber cívico. Se trata del clásico mecanismo de movilizar a la gente “negativamente” no por lo que nos convoca sino por aquello que nos sanciona.
El solo hecho de resaltar, una y otra vez, que el voto será “obligatorio” muestra de otra forma, la enorme bancarrota ética en la que nos encontramos. Aquella que fue impugnada por la revuelta de Octubre de 2019 que destituyó al pacto oligárquico de 1980, pero no a su oligarquía que, a partir de la agenda de seguridad, se apresuró a reconstituir la nueva plataforma sobre la que se establecerá el nuevo pacto oligárquico de 2023. La bancarrota ética es profunda, aguda. Donde la ética remite a los afectos, éstos se hallan hoy totalmente devastados.
Cuando el “abuso institucionalizado” persiste y que no depende sólo de un gobierno, sino de un pacto oligárquico impuesto por una violencia que no ha terminado de reproducirse en cada forma por la que la impunidad se nos vuelve el estado normal en que vivimos. Más aún: en la medida que el pacto oligárquico de 1980 sigue suspendido desde la revuelta de 2019, él no deja de mostrar su reverso mítico por el que su máquina deviene enteramente tanática, destructora, asesina.
Máquina para la cual no existe don alguno, sino solo deuda, no pervive acontecimiento posible sino reproductibilidad de lo mismo. VOTO OBLIGATORIO es la seña absolutamente “normal”, inocua, publicidad aparentemente convocante a favor de la democracia que, sin embargo, expone toda su farsa en el naufragio abismal de un país que, al no poder derrotar a su oligarquía, no ha hecho más que agonizar en los restos de los infiernos que amanecen cada día.
La única alternativa, por lo pronto, es componer afectos. Sustraerse a la máquina consensual del “Acuerdo por Chile” y trazar nuevas redes de afectividad (singular-plural) que, al ser capaz de interrumpir la producción política del miedo puede, por tanto, asumir un horizonte abiertamente anti-capitalista. Porque cualquier texto que brote de la nueva Convención vendrá a fortalecer fuertemente al capitalismo neoliberal.
Sólo la construcción, día a día, de un conjunto de redes afectivas con el propósito de destruir el capitalismo en su modulación cotidiana, permitirá abrir un horizonte más allá de la bancarrota ética en la que vivimos. VOTO OBLIGATORIO expresa la constatación del problema en el que estamos: un país plagado de sanción, pero totalmente exento de ética, una época de violencia normalizada orientada a destruir por completo la afectividad.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.


