Pancho Malo, el profeta del neopinochetismo
Es cosa de verlo junto a las señoras que lo siguen con banderas chilenas y chapas del dictador “mártir” al que se refieren cada vez con más fuerza, como si el triunfo del Rechazo hubiese sido el triunfo de un plan divino. Al igual que los fanáticos religiosos, los neopinochetistas andan por la vida gritando en contra del resto, de lo extraño, de los puros y los impuros, de aquello que se aleja de cualquier aire restaurador que ellos ven como la nueva (contra) revolución. Ellos son la restauración desde la calle.
Foto: Agencia Uno
Francisco Muñoz, alias Pancho Malo, ha comenzado a tener cierto protagonismo en la escena política nacional por sus funas, encerronas y amedrentamientos a los políticos que están iniciando, de a poco, la nueva conversación sobre un proceso constitucional. Con su peinado y su ropa bien ordenados, parece uno de esos pastores que andan con la Biblia en la mano, culpando de pecados y herejías a quienes se han salido de las directrices que establece el “mandato divino”.
A diferencia de los autodenominados pastores, este personaje anda con artículos de otro “texto sagrado” para él y sus seguidores: la Constitución del 80. Les grita a los políticos, especialmente a los de derecha, que se están saliendo del camino trazado por ella, que establecería que, una vez perdido el plebiscito de salida, la única posibilidad es continuar con lo ya establecido.
Es cosa de verlo junto a las señoras que lo siguen con banderas chilenas y chapas del dictador “mártir” al que se refieren cada vez con más fuerza, como si el triunfo del Rechazo hubiese sido el triunfo de un plan divino. Al igual que los fanáticos religiosos, los neopinochetistas andan por la vida gritando en contra del resto, de lo extraño, de los puros y los impuros, de aquello que se aleja de cualquier aire restaurador que ellos ven como la nueva (contra) revolución. Ellos son la restauración desde la calle.
Como todo personaje de estas características, Muñoz tiene un pasado oscuro, ligado a historias de dudosa claridad. Por ende, esta faceta nacionalista y de “niño ordenado” parece una manera de salir de lo que se le acusa, impostando una moralidad y un discurso patriota.
¿Querrá erigirse como tribunal moral? ¿Querrá anular su prontuario para así estar del lado del nuevo/viejo orden y satisfacer su necesidad de sentirse parte del “bien”, aunque la figura “religiosa” que lo motiva a actuar, y que los suyos pasean en bustos o cuadros, esté parado en la historia sobre una montaña de muertos? En quienes creen ser los representantes de lo incorrecto y lo correcto a la vez, siempre existe esa dualidad entre lo que aspiran y lo que son. No creen relevantes las formas, con tal de demostrar que están en lo cierto y son la nueva rebeldía restauradora.
La pregunta es qué se hace con personajes como éste. O qué es lo que ofrece la política para desarticular a estos nuevos predicadores que atrapan a incautos- y no tanto- que se sienten parte de una universalidad nueva que los incluye y los acoge. No hay que obviar ni dejar pasar lo que en un futuro puede ser mayor y tomar más fuerza. Estos lunáticos que creen traer la buena nueva (aunque sea muy vieja), son especiales para el momento político que vivimos, en el que el desconcierto de la ciudadanía sigue ahí, latente, palpitante, en la búsqueda de certezas y seguridades, aunque estas no sean muy seguras.
Pancho Malo, el profeta del neopinochetismo, ahora que ya no es sólo una figura sin nombre, sino casi un actor político, debería encender las luces rojas de la política nacional. Hay un asunto que resolver y urgente. De lo contrario, esto será sólo el comienzo de un nuevo giro en el acontecer nacional.
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