Opinión

Jeannette es comunista (y no octubrista)

Evidente que es comunista, pero, por lo mismo, la tensión hoy está puesta en ese ser comunista que no debería autoplagiarse (es imposible por lo demás) y actuar como agente desestabilizador desde dentro del sistema democrático.

Jeannette Jara es comunista y no debe dejar de serlo; menos tecnificar este ethos, “suspenderse” y abstraerse, por un tramo de tiempo instrumental, de esa suerte de habitus que arrastra en su intensidad biopolítica desde los 14 años y que marca sus desplazamientos y ascenso políticos –Jannette no es una candidata del PPD noventero tecleado por su “capacidad de ajuste”–.

Suspender su militancia sería, a mi modo de ver, hacerle el naipe al anticomunismo y coreografiar una suerte de opereta bufa en la que ella asume un personaje medio cínico, abandonando esa suerte de potencia identitaria “plástica”, en el sentido de plasticidad de la que hablábamos en otra columna, sirviéndonos de la categoría de la filósofa Catherine Malabou.

Al abandonar el partido se generaría perplejidad y falta de sustancia; ausencia de nitidez política e incluso la potencial percepción de que, en realidad, sus decisiones se definen solo para alcanzar el poder aunque esto le signifique lanzar sus convicciones al perímetro de lo táctico. No es una exigencia, no tiene sentido descomunizarse en lo formal para entrar en una gramática y verbología aliancista que, sabemos y es cierto, resulta clave para derrotar a la derecha.

Ser comunista es su diferencia, y es desde aquí que debe resistir y generar, a la vez, un nuevo tiempo político, mostrando orgullo en ese ir siendo comunista, pero negándose a quedar atrapada en el comunismo propiamente tal como un relato que remite a un pasado que ya no es. Todo esto en el entendido que “comunista” es un mote que inflama, construye odios, es dado a la caricatura morbosa y, más allá, articula motivaciones oscuras de cancelación o tachadura; abriendo abismos imaginarios y falsacionistas trenzados por un fascismo que se recupera sistemáticamente en la demonología propia y rancia que se le atribuye a la palabra (“comunista”); desperdigando exégesis vulgares y barbáricas (Johannes Kaiser viene de señalar que no dudaría en apoyar un nuevo golpe de Estado si Jara resulta electa Presidenta), remontando a los tiempos de las purgas estalinistas, de las masacres maoístas, en fin, de todo aquello que, justo, Jeannette no es, y no será.

Ella es auténticamente comunista, pero lo es en la diferencia y en el vaciamiento del comunismo mismo como agencia verticalista, burocrática al máximo y dirigida por parroquianos de la hegemonía, de las liturgias del Comité Central, cuyas decisiones deben ser acatadas como si fueran revelaciones celestiales. 

Ella tiene la posibilidad no solo de tensar la idea respecto del comunismo como un tinglado histórico plagado de crímenes, sino de hacer del PC chileno (que no tiene crímenes en sus espaldas, estamos claros) algo diferente de sí mismo; uno en el que no son las grandes alamedas las que se abrirán, sino que el paso por una calle cualquiera de una nueva generación que puede representar un significante alterno y preñado de futuro. Esto va más allá de la política, es un nuevo lazo social. 

Jeannette no es Allende, nadie lo será; tampoco es Gladys Marín que en su infatigable lucha nos heredó una ética de la resistencia más allá de toda pérdida, de toda tristeza; no es Pedro Lemebel que nos enseñó cómo se es comunista a pesar del comunismo, rompiendo estereotipos y alcanzado inéditos niveles de subversión estética y trágica. Jeannette no es lo anterior ni su suma; ella es un “comunismo alegre” y, por lo mismo, quizás único en la historia y que se patenta de cara a un porvenir que podría sonreír, más, no por esto, menos destituyente.

Sin embargo, y esto creo que es relevante, Jeannette no debe olvidar que es una irrupción, un no-venir-visto que por derivación acontecimental está ahí, hoy, en la expectativa, en la esperanza en la espera que logró reflejar con su gestualidad política un sentir popular y rehabilitar un sueño olvidado, arruinado. Su puesta en escena sacudió la seguridad de la hegemonía elitaria del tohaismo activando, por otro lado, el nervio de una derecha que ya había empezado a cavar las zanjas y a preparar la fiesta para cuando salieran en libertad los genocidas indultados por crímenes de Lesa humanidad.

Jeannette es un “accidente” (también en la terminología de Malabou) que desarticuló el continuo de un proceso que se entendía ya suturado. La segunda vuelta estaba asegurada para la batalla germánica; pero ella, en su cercanía y excepcional forma de empatizar y ser espejo de cualquiera, así como en su implacable inteligencia política, desajustó el presente aperturando a una nueva zona en lo político que no habría sido posible en su aparición sin ser ella comunista y, aún más: rostro de mujer comunista que, parafraseando su discurso, en la entrega de su corazón –también comunista– supo electrificar nuevamente la disputa política y devolvernos el pulso después de la desilusión que nos quedó de octubre y de la resignación de cara a la inminencia del fascismo.

3. Ella es comunista, y esta es hoy su diferencia destituyente, pero destituyente en el plano procedimental. Jeannette Jara no es la Revuelta de Octubre; no es esa pulsión del acontecimiento que tomó forma de multitud; aquella indómita querella sin proceso y que expuso, dejando inmóvil al folclor oligárquico, la hasta entonces invisible fractura de una sociedad también desangrada por el navajazo neoliberal.

En Jeannette, digámoslo de otra forma, es posible percibir reminiscencias de octubre, ecos, espejeos reales que se reúnen en eso no ponderable que desborda las formas y las vacía de sus sentidos fijos, de sus seguridades inobjetables. Pero no olvidemos que ella está dentro de la ronda política, de los partidos, de las alianzas, de las transas en curso y porvenir. Y en esta línea no es justo pedirle que nos devuelva la Revuelta, su multitud, aquella euforia plebeya que estuvo al borde de anular todos los pactos hegemónicos en la historia de Chile pero que, al final de la sublevación, nos encontró encorsetados y traumados por el más triste de los fracasos y la más ácida de las derrotas.

Y es aquí, igualmente, desde dentro del sistema anquilosado del partido, que la diferencia de Jeannette se anuncia para invertir la estructura rígida, adusta y sin humor que personajes (todos hombres) como Carmona, Jadue o Andrés Lagos, representan: una suerte de “sovietismo” fosilizado y sin contexto, que reivindicando una y otra vez la prédica recalcitrante de la “agudización de las contradicciones”, nada más trabaja para la derecha. Ser marxista o no, este no es el dilema. El asunto va de cuán flexible se asume el PC ahí donde tiene, por primera vez –y como experiencia histórica mundial– la posibilidad de poner una mujer de sus filas en La Moneda y elegida democráticamente. 

En un análisis algo ríspido, en Chile es más difícil que una mujer comunista sea presidenta a que el mismo Allende haya llegado al poder. Este es el calibre de lo que se juega.

Escribía Borges: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Cambiamos “hombre” por “mujer” y nos daremos cuenta de que Jeannette sabe lo que será para siempre, sea o no presidenta, lo supo desde su más temprana juventud: ella es comunista, ella es comunista; y es solo siéndolo que puede hacer del comunismo chileno una variante subversiva en lo procedimental, dentro del juego, tal como lo hizo Allende que jamás renunció a las alianzas siendo un socialista marxista confeso. 

Esta es la posibilidad que emerge y se nos muestra. Si leemos bien la complejidad del momento histórico y se genera una adherencia destituyente dentro de las reglas de la democracia liberal, puede abrirse el umbral para que esas mismas reglas puedan ser alteradas y nuestra democracia radicalizada jugando, ahora, en el tablero del proceso y no de la sublevación. 

Jeannette es comunista, no octubrista, bien que en ella el holograma de la Revuelta aparezca y reaparezca devolviéndonos el amor por un país que considerábamos desahuciado y arrodillado ante el fascismo. Ella sacude el canon, pero desde dentro.

Nosotras y nosotros podemos estar y sumar, siempre, desde las veredas, las consignas y el callejeo que es lo único que, al decir de Gabriel Salazar, le ha pertenecido al poder popular. 

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.

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