De norte a sur: así se vivió el estallido social en ciudades donde la revuelta partió el 19 de octubre
Punta Arenas. Foto gentileza de José Guaquín
Testimonios de Antofagasta, Valparaíso y Punta Arenas narran el inicio del histórico proceso en esas ciudades, donde destacó la masividad de las marchas, la brutal represión como respuesta del Estado, la demanda de una Asamblea Constituyente, el rol de la Primera Línea y el levantamiento de organización en distintos territorios.
Santiago no es Chile y bajo esa lógica es que en este artículo rescatamos tres testimonios de tres regiones ubicadas a lo largo de nuestro país que dan cuenta de cómo se dio vida en diversos territorios al llamado estallido social de octubre de 2019. Allí donde las manifestaciones se iniciaron un día después que en la capital, el sábado 19, pero con acciones y experiencias que terminaron por ayudar a consolidar un movimiento que como un reguero de pólvora comenzó en el centro, pero se extendió hacia el norte y el sur de la nación.
ANTOFAGASTA: “ACÁ TODO EMPEZÓ CON LA OLLITA Y LA CUCHARA DE PALO”
En Antofagasta, como en muchas ciudades de Chile, la revuelta social comenzó el 19 de octubre, un día después del estallido que tuvo lugar en la capital tras una semana de manifestaciones de los estudiantes secundarios que saltaban los torniquetes del Metro como protesta contra el alza en el costo del transporte público de la Región Metropolitana.
“Sentí como una alegría. Fue como decir pucha, la gente ya se aburrió de que le metan el dedo en la boca, el pueblo despertó y se rebeló; ya estaba bueno de tanta injusticia. La vivimos nosotros como familia tanto tiempo… Y bueno, la seguimos viviendo, porque hasta ahora yo no he visto cambios”, dice la antofagastina Dorca Aliaga, quien a través de redes sociales y la televisión se fue enterando la tarde y noche de ese 18 de octubre de 2019 sobre lo que ocurría a miles de kilómetros de su hogar, en Santiago.

Al siguiente día, la gente comenzó a salir espontáneamente a la calle en la ciudad nortina. “Nunca pensamos que iba a ser tan masivamente”, recuerda Dorca, quien es tía del preso político del estallido social Axel Aliaga (18), en prisión preventiva desde el 9 de abril de 2021 en la cárcel Nudo Uribe tras ser imputado por lanzamiento de artefacto explosivo. “Los peritajes de hidrocarburos que le hicieron, los exámenes de sus zapatillas, de su ropa y de sus manos, salieron negativos. Solo lo están acusando por videos de un dron, donde no hay visualización de rostro; habían muchos encapuchados, y ellos solo sacan un supuesto reflejo de su cuerpo. Es lo único que tienen”, explica la integrante de la agrupación Madres de la Plaza Colón, surgida justamente con el objetivo de luchar por la libertad de sus familiares privados de libertad en el contexto de la revuelta.
Desde muy temprano, el lugar de reunión de ese 19 de octubre fue la Plaza Sotomayor en el centro de la ciudad, en la intersección de Uribe con Manuel Antonio Matta, hoy renombrada simbólicamente como Plaza de la Revolución.

Desde su hogar en el sector norte de Antofagasta, en la población Cotrasal, en las cercanías de la icónica Bonilla, ese día Dorca bajó al centro alrededor de las tres de la tarde para ver qué ocurría. Decidió junto a su pareja de entonces y sus hijos quedarse y unirse a la marcha. Estuvieron hasta casi las 2 de la mañana. “Fue sorprendente ver cómo llegaban abuelitos, con bolsos en sus brazos. Nosotros pensábamos que solo iban a mirar, y de repente desde sus bolsos sacaban una ollita y una cuchara de palo y empezaban a golpear; porque así empezó todo acá, con la ollita y la cuchara de palo”, relata.
La movilización continuó el día 20. “Empezaron a salir los afiches. Se citaba a las 9 de la mañana y la gente llegaba a esa hora y estaba todo el día en la calle, todo el día. Yo sentía alegría, porque la gente se unió; cantaban, con ganas, gritaban, muchos se desahogaron. Fue realmente asombroso. Esas marchas se echan de menos hoy”, plantea Dorca.
El fin de las AFP y salud, educación y jubilaciones dignas, eran las demandas que recuerda fueron reiterándose en cada manifestación, junto con la consigna de que no se trataba solo de 30 pesos, sino que de 30 años. Para Dorca era la primera vez que salía a la calle a protestar. “Me la lloré toda, los nervios me comían, porque yo y mis hijos nunca habíamos participado de algo así. Yo siempre tuve miedo, pero después como que el miedo se te fue al ver tanta unión. Yo fui al centro a mirar qué estaba pasando; no iba a la marcha. Y después ya fue algo que se metió en el corazón y ya no paraste. Yo sabía que teníamos que ir todos los días, que teníamos que estar ahí”, rememora.
Recuerda que la dinámica era que varias marchas avanzaban desde distintos sectores para dar vida en el centro de Antofagasta a una gran concentración. Por ejemplo, una partía desde la población Bonilla y otra desde la población Miramar -ambas consideradas entre las más postergadas de la ciudad-, confluyendo las dos finalmente con la que tenía lugar en la Plaza de la Revolución.

Durante ese sábado 19 no hubo tanta violencia de Carabineros como la que se desataría brutalmente al día siguiente en Antofagasta y que con el tiempo tendría a la mítica población Bonilla como uno de sus principales objetivos. “Llegaron cosas que no habíamos visto nunca. Yo nunca había visto un ‘guanaco’, por ejemplo; ni quiera sabía que le decían así. Yo solo sabía que había un carro grande que tiraba agua. Después llegó otro más chico, nosotros lo mirábamos, pero nunca pensamos que nos iba a tirar gas”, narra Dorca.
“Al principio todos los manifestantes estaban con la cara destapada, pero cuando empezó la represión se comenzaron a tapar, por miedo. Y yo recuerdo que cuando llevábamos como cuatro días de marchas se empezó a formar la Primera Línea. Ellos cumplían un rol súper importante. Siempre anduvieron alrededor de la marcha, cuidándola, nunca adentro. Protegían a los ancianos, a los niños. Cuando uno se asustaba y no sabía qué hacer, te tomaban del brazo y te decían ‘¡señora, corra para arriba!’. Algunos andaban con máscaras full face y si te veían que estabas muy mal, te la ponían y te hacían correr; hacían torniquetes con los brazos y se llevaban a los abuelos para arriba”, rememora sobre el grupo de manifestantes que en distintas ciudades asumieron la labor de hacer frente a la violencia de los uniformados.
“Fue un grupo que empezó a ayudar a la marcha a avanzar, porque los pacos te mojaban, te gaseaban, para disolverla. Las marchas empezaron pacíficas, pero si te atacan, tú tienes que defenderte; esa es la verdad de las cosas. ¡Salieron tantos pacos a la calle! Yo nunca había visto tantos. Salieron a pegar, a empujarte, te golpeaban y te llevaban detenido”, denuncia Dorca.
Aún así, las convocatorias a las movilizaciones fueron cada vez más exitosas. “Si el primer día habían cincuenta personas, al otro día ya había el doble y después ya empezó a salir masivamente la gente, por todos lados. Y lo que más me sorprendió fue que además de haber muchos lolos, muchos estudiantes, empezaron a salir abuelos, muchos, que lloraban en las marchas. Gritaban y lloraban; decían que esto no era de ahora, sino que de años”, recuerda Aliaga.

Luego vino la conformación de las brigadas de salud que atendían a los heridos producto de la acción policial. “Fue increíble la unión que se formó. Después tú ya conocías a la gente”, narra Dorca, destacando que junto a ello se dio vida a ollas comunes en plena ciudad porque los manifestantes simplemente no volvían a sus casas, se quedaban en las marchas y concentraciones. “Comían en la calle, en el suelo, descansaban un rato y seguían marchando”, recuerda.
También se implementaron los llamados “Té rebeldes”, principalmente en la población Bonilla, considerada una de las más “combativas” y, por lo mismo, de las más reprimidas durante la revuelta social de octubre de 2019. “Se juntaban muchas meses al medio de la avenida, para poder cortar las calles de esa forma, sin barricadas. Pero venían los pacos y te aplastaban las mesas con los carros. Uno debía salir arrancando, porque podías estar lo más bien sentada tomando té, pero llegaban ellos y te sacaban todo. Te quitaban todo. Entonces, después se acabaron los ‘tecitos rebeldes’ porque iba a ser una forma de manifestarse sanamente, pero no se pudo. Ahí los chiquillos dijeron, bueno, entonces hay que cerrar las calles con barricadas no más”, cuenta la manifestante antofagastina.
“Cuando recuerdo esos días siento mucha alegría, pero a la vez también pena. Son sentimientos encontrados porque creo que hubo mucha gente, muchos niños, muchas personas, que salieron perjudicadas, sin ojos, con traumas oculares, les quitaron sus vidas, gente detenida… Y siento que en el fondo no se ha conseguido nada, y yo creo sinceramente que de no haber sido por la pandemia, la gente habría seguido en las calles. Las calles nunca se debieron haber soltado; nunca, nunca, nunca”, concluye Dorca Aliaga.
VALPARAÍSO: “HUBO UNA ACTIVACIÓN TREMENDA DE ORGANIZACIÓN”
“El 18 de octubre en Valparaíso no estaba ocurriendo nada de lo que estaba pasando en Santiago. Yo siento que éramos más como espectadores de lo que estaba ocurriendo allá”, cuenta la periodista Karo Torres, a quien el estallido social la encontró organizando junto al medio de comunicación popular del que participaba entonces, La voz de los cerros, actividades en contra de la cumbre internacional de cooperación económica APEC 2019 que tendría lugar en un mes más en Chile.
Tal como ocurrió en Antofagasta, fue el 19 de octubre el día en que la gente salió a la calle en el puerto. El concurrido sector de la Plaza Aníbal Pinto -rebautizada tras el estallido social como Plaza de la Resistencia- fue el lugar donde la tarde de ese sábado se congregó la primera protesta. “Pero después eso fue desplegado, porque Valparaíso fue ocupado en su totalidad con la manifestación: la Avenida Brasil, Errázuriz… Hubo distintos núcleos. No era uno solo. Y se produjo lo que la prensa tradicional llamó ‘la destrucción de la ciudad’: un supermercado -el Unimarc de Brasil- quemado; la Catedral de Valparaíso también se incendió un poco y fueron sacadas las bancas hacia la calle; y El Mercurio de Valparaíso también fue quemado”, narra Karo.

A la comunicadora el primer toque de queda la encontró justamente en la Plaza Aníbal Pinto. Faltando media hora para la medianoche, hora en que el estado de excepción comenzaba, vio asombrada llegar a los militares. “Se estacionan los milicos y era como si vinieran a la guerra. Yo nunca había estado en una situación así, solo era la memoria de lo que nos habían contado sobre la dictadura. Se bajaron apuntando con las armas, en filita, como si estuvieran desfilando. Salimos corriendo, yo me acuerdo que corrí y corrí. Eso fue un ejemplo de lo que se vendría después con la represión”, relata Karo sobre esa noche del 19 de octubre.
“Siempre hubo violencia. Yo participé de todas las manifestaciones, de todas las actividades en la calle, que empezaban temprano -a las 10 de la mañana-, después habían otras a las 3, a las 6, y siempre había intimidación por parte de los milicos, la PDI y los pacos. Yo me estaba quedando entonces cerca del edificio de la PDI en calle Uruguay, y yo vi -nadie me lo contó- cómo salían disparando, corrían por las calles. En la noche se escuchaban gritos, era terrible. Y los pacos, por su parte, haciendo encerronas, para que no pudieras respirar con los gases. No se podía hacer nada. Era todo el tiempo líneas de fuego”, narra Torres.

Como respuesta a la agresión permanente de los agentes del Estado surgió entonces también en Valparaíso la Primera Línea, que -como se pudo observar a lo largo de Chile- ya no fue criminalizada como había ocurrido hasta antes del estallido social. “Ya no estaba ese apuntar con el dedo negativamente, sino que era como ‘ho, qué bacán los cabros que ponen el cuerpo para que todos los demás que están atrás se puedan seguir manifestando’”, explica.
En oposición a eso, la periodista releva sobre aquellos primeros días de movilización el surgimiento de asambleas territoriales. “Fue una oportunidad para la organización, hubo una activación tremenda de organización, y yo creo que ese es el gran valor que tuvo, independiente de que haya sido espontáneo y que por lo mismo en la actualidad haya algunas que ya no existen. Pero sí se tiene la conciencia y queda claro que la organización es la clave y la resistencia dentro de estos procesos», afirma.
En ese sentido, Karo añade que «no importa que algunas organizaciones se hayan difuminado, porque otras sí permanecen: abastecimientos de cerros, compras colectivas, ollas comunes, panaderías populares, son instancias que aún siguen -no todas, por supuesto- y que en ese minuto fueron una instancia de encuentro”.

Karo participó también activamente en la elaboración de propaganda para pegar en las calles y repartir en las marchas. “Nuestro primer diagnóstico fue la necesidad de una Asamblea Constituyente”, recuerda, contexto en el cual decidieron diseñar una Constitución gigante para que luego fuera simbólicamente quemada en el Parque Italia.
En ese contexto surge en el puerto la llamada Mesa Social de Valparaíso, la que tras alrededor de tres días del establecimiento del toque de queda llama a una gran asamblea ciudadana en lo que anteriormente fue el colegio de los Sagrados Corazones en calle Independencia, en las cercanías del Parque Italia. Allí también comenzó a funcionar un centro de atención a los heridos que iba dejando la represión de Carabineros.
“Después de eso los cerros comienzan con sus asambleas y se empiezan a fortalecer los territorios, y ya no tanto desde una Mesa Social que es convocada por partidos políticos, por sindicatos. Como que se entendió mucho el espíritu comunitario y territorial que había que fortalecer”, enfatiza Torres.

Karo hoy dice sentir dos sensaciones al recordar lo ocurrido hace dos años con la revuelta popular de octubre de 2019. “Una es muy negativa y tiene relación con la impunidad en el país en general. Como que cayó el velo; nunca hubo democracia, siempre se quedó la dictadura, se hizo evidente, con la misma represión, entendiendo la justicia como una tortura, con presos y presas políticas, con mutilados, y que yo creo responde a una transición que naturalizó la violencia desde el Estado y que tiene que ver con la impunidad”, reflexiona.
En cuanto a lo positivo, Karo refuerza lo importante de la organización alcanzada tras la revuelta. “Yo considero que ya nunca nada volverá a ser igual, porque vivimos y experimentamos -al menos acá en Valparaíso- que se pudo lograr que los territorios se organizaran, que fueran solidarios. Yo el año pasado estuve en la panadería popular todo el año, en la olla común también, conocí mucho más a mis vecinos, hicimos comunidad”, destaca la comunicadora.

PUNTA ARENAS: “HABÍA UNA SENSACIÓN DE QUE SE PODÍAN ALCANZAR LOS SUEÑOS QUE UNO TENÍA EN MENTE”
El 13 de mayo de 2011 fue una jornada que quedará en la historia de las grandes y trascendentales marchas de nuestro país, luego de que alrededor de 30 mil personas se reunieran en Santiago espontáneamente para manifestarse en contra de la aprobación por parte del Consejo de Evaluación Ambiental del proyecto hidroeléctrico HidroAysén.
Tras ese importante acontecimiento, los habitantes de Punta Arenas en la Región de Magallanes -vecina de la de Aysén- acusaron recibo y al otro día decidieron salir a las calles para sumarse masivamente al rechazo a la iniciativa. Para el magallánico José Guaquín Soto, lo que ocurrió con los puntarenenses tras el 18 de octubre de 2019 es muy similar a lo que pasó ese 2011.
“Cuando la gente comenzó a ver lo que sucedía en Santiago, con el tema del salto a los torniquetes, nosotros fundamentalmente lo presenciamos vía televisión y redes sociales, por ende la manifestación fuerte acá fue a partir del 19 de octubre. Era muy potente ver toda la cantidad de gente que salía en Santiago. En ese sentido, el centralismo cumplió una labor positiva”, relata festivamente.

“Hubo mucha, mucha gente, masivas manifestaciones. Yo te diría que hasta el famoso ‘Acuerdo por la Paz’ estuvieron muy fuertes, y después de eso comenzó a declinar un poco, pero siguieron hasta final de año”, añade José.
La Plaza Muñoz Gamero, frente a la Intendencia, era el punto de encuentro diario donde a eso de las 6 de la tarde la ciudadanía comenzaba a congregarse para una nueva jornada de manifestaciones y marchas. La creación de una Asamblea Constituyente fue también en Punta Arenas una de las demandas que se levantó por esos días, relacionada por supuesto al fin de la Constitución de 1980. Luego, con el avanzar de los días y frente a las violaciones a los Derechos Humanos, se comenzó a instalar igualmente entre los magallánicos la exigencia de justicia y de libertad para quienes empezaban a ser privados de libertad en el contexto de las manifestaciones.
“Yo era una persona que estaba bastante desesperanzada de la población en general porque siempre éramos los mismos los que salíamos a manifestarnos por distintas causas: medioambientales, Derechos Humanos, disidencia sexual, feminismo, profesores, pueblos originarios… Siempre de manera separada, pero siempre eran caras de compañeros y compañeras que se iban repitiendo”, apunta Guaquín para describir aquel escenario de convocatorias anteriores y que tras la revuelta popular de 2019 cambiaría. “Uno esperaba que algún día ocurriera, pero íbamos perdiendo la fé. Qué bueno que sucedió”, plantea hoy.

Las marchas se transformaron en Punta Arenas también en una acción diaria. “Había una sensación de que de alguna manera podíamos acabar con la Constitución de Pinochet; era como alcanzar de alguna manera los sueños que uno tenía en mente. Esa idea como que empezó a circular: hasta dónde vamos a seguir, qué vamos a hacer. Tú veías que los personeros políticos estaban absolutamente desorientados La verdad es que yo estaba muy feliz por lo que estaba sucediendo; también sorprendido”, sostiene Guaquín.
No obstante, agrega que -también por la experiencia de las movilizaciones anteriores- había igualmente cierta prudencia ante lo que podía venir. “De alguna manera, yo todos los días tenía miedo de que la movilización bajara. Yo decía ‘chuta, mañana va a bajar’, y no bajaba”, destaca José, junto con enfatizar que no había necesariamente una conducción del movimiento socio-político que estaba teniendo lugar. “Había una mezcla de gente que estaba en contra de los partidos, pero también mucha que históricamente había estado ligada al Partido Socialista, al Partido Comunista. Era bastante variopinta la participación”, describe, destacando que a pesar de algunas diferencias hubo muestras permanentes de solidaridad al interior de las manifestaciones, principalmente ante los hechos de represión. “Eso fue muy bonito”, dice.
La radicalización de la protesta se manifestó en Magallanes a través del ataque a instalaciones pertenecientes a AFPs, a bancos, a compañías de telefonía. Junto con ello, se llevó a cabo una acción cargada de simbolismo, como fue derribar el busto de José Menéndez, empresario español que en 1874 llegó hasta esa ciudad, pasando a la historia por formar parte en el exterminio del pueblo Selknam. “Eso fue muy potente. Él es el ícono del genocidio de los pueblos originarios. Para muchos fue una gran satisfacción ver ese busto en el suelo”, apunta José respecto a la escultura instalada en 1975, en plena dictadura, en la Plaza de Armas de Punta Arenas.

En cuanto al actuar represivo de Fuerzas Especiales, si bien existió, José apunta que “no podría compararlo con lo que sucedió en Santiago”. No obstante eso, el magallánico es enfático en señalar que de todas formas “acá sí hubo violaciones a los Derechos Humanos”.
En ese sentido, advierte que estas iban desde el hecho de que personas a bordo de un auto «civil» te llevaran “detenido”, pasando por el uso indiscriminado de gases, hasta agresiones con armas por parte de agentes del Estado. “Recuerdo una noche en la población Silva Henríquez, cuando frente a la amenaza de un saqueo al mall que está en ese sector, llegó Fuerzas Especiales con todo, disparando balas de goma; o sea, las balas pasaban cerca, me tocó vivirlo”, narra.
En esa misma línea, Guaquín recuerda que en otra ocasión, en una concentración de los primeros días de estallido en donde participaron muchas familias, con niños incluidos, “Fuerzas Especiales soltó a un perro para que mordiera a las personas”. “Fue muy fuerte. Hubo una condena transversal hacia ese hecho y, por lo que yo recuerdo, ahí comenzaron a bajar un poco la mano”, cuenta.
La presencia de efectivos del Ejército en las calles tras el establecimiento del estado de excepción tuvo también para los magallánicos una triste connotación. “Recuerdo un día en que tenía que pasar muy temprano por el centro, tipo 8 de la mañana, y vi a un militar en plena Plaza de Armas de Punta Arenas. Ver una tanqueta en pleno epicentro de tu ciudad, con un milico arriba, nos hizo acordar del golpe de Estado, porque hay fotografías justamente de la Intendencia sitiada en ese momento por una tanqueta afuera. Para personas que vivieron la dictadura fue de alguna manera una revictimización”, advierte.

“Lo que ocurrió el 18 de octubre es inseparable del Acuerdo por la Paz y de la Convención Constitucional. Para bien o para mal”, plantea José cuando observa críticamente lo ocurrido en nuestro país hace exactamente dos años. “Yo no estuve de acuerdo con el Acuerdo por la Paz, no estuve de acuerdo con el plebiscito de la Convención Constituyente, pero sin embargo considero que a partir de esas cosas pueden resultar situaciones positivas y permitirte alcanzar tus objetivos, quizás de una manera no tan rápida, pero que van claramente para allá”, reflexiona.
Junto con ello, Guaquín enfatiza en que es imprescindible que de la mano del proceso de la creación de una nueva Constitución, “tiene que hacerse justicia, tiene que haber una reparación integral para las personas a quienes fueron violados sus Derechos Humanos a partir del 18 de octubre y tiene que existir libertad para los presos políticos; eso es intransable”.


