lunes, julio 15, 2024

Western revival o el problema de la tacita de té

La república chilena usó formas coloniales fundamentales (el colonialismo de asentamiento usado en Palestina hoy, como fue usado en EEUU ayer) y funda su Estado portaliano a partir de dicha trama en la que el cine no está fuera de ella sino justamente siendo parte de su juego, como un dispositivo más de su fuerza. Por esta razón, Colonos del director Felipe Gálvez podría calificarse de un western contra sí mismo y, en esa medida como una crítica radical al western como forma de colonización y paradigma de la guerra civil planetaria en que vivimos.

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Si Hollywood es una máquina mitológica es porque hizo del western no un género más de su producción sino el paradigma mismo de su cinematografía. Cine monumental que enfoca a los grandes héroes arrojados en tierras sin Dios ni Ley que son víctimas de cacería o astucia de pequeños justicieros. Sin “dios” porque éste funciona como una relación de abandono y sin “ley”, porque ésta se contrae en la forma del estado de excepción. Desde las clásicas películas de cowboys ambientadas en el “viejo oeste” hasta Lawrence de Arabia o Star Wars todo redunda en un gran western que hizo de Hollywood la máquina mitológica que es.

Por supuesto, nada puede ser casual cuando Hollywood traza la gran narrativa de los Estados Unidos, un país constituido por la violencia del “western” a partir de la cual colonizó todo su territorio aniquilando o expulsando a la población nativa: de la misma forma que el western no es un “género” sin más de Hollywood sino su paradigma, así también, la colonización se presenta como la matriz real de la formación de los Estados Unidos. El western es el dispositivo de producción de una tierra vacía. En él, la figura del sheriff es un heraldo de la justicia, y la cacería india –en cuanto amenaza permanente a las precarias ciudades- su práctica recurrente.

En el western los ciudadanos están armados. Todos o casi todos. Las ciudades se erigen en virtud de la ambición de algunos colonos que vienen a probar suerte y en una zona sin dios ni ley son capaces, vía sus dispositivos, de producir un orden. Militares y policías, colonos y comerciantes se confunden entre sí y conviven al amparo de una religión que sabe de un Dios retirado, pero severo, que siempre puede experimentarse bajo la forma de la violencia del capital. De esta manera la escena western condensa una trinidad fundamental: religión, armas y capital. En función de ella se mueven los personajes, en razón de sus intercambios dirimen sus historias.

No deja de ser llamativo la irrupción de Colonos del director Felipe Gálvez. Bajo una fórmula orientada a la crítica del western, a la escenificación de un western anti-monumental, anudado en la violencia colonialista de la Patagonia chilena, donde la sublime quietud de los paisajes contrasta con la desesperación de su trama; Gálvez ha intentado utilizar al western contra sí mismo. La aventura colonial escenificada no pretende alcanzar al héroe del que penden los grandes valores de justicia. No existe el sheriff que la impone, pero hay cacería y sobre todo, toda una aventura orientada a la producción del capital.

El western no porta la fábula orientada a moralizar al espectador en determinados valores, sino a exponer su violencia cada vez, la violencia de la “civilización”. Acaso, en la misma estela de Rapaz (el cortometraje previo realizado por Gálvez en el año 2018), Colonos puede ser visto como una ampliación de Rapaz, en el sentido de una profundización del problema de la excepción de la ley que estaba en la primera producción a la luz del “linchamiento” y que se representa en esta segunda bajo la forma del colonialismo.

No hay ni dios ni ley, decíamos a propósito del western. Y, justamente, esa ley permanece totalmente suspendida en la escenificación colonial desplegada en Colonos. El western es lo que acontece fuera de la ley, en el momento de excepción permanente que estructura el despliegue colonial. Los indios no tienen derechos, no son sujetos, sino animales, parte del paisaje frente a los cuales solo cabe la cacería y/o la violación. De hecho, una de las frases del personaje MacLenan sintetiza bien el imaginario “civilizatorio” del colonialismo europeo: “Lo que no entiendo es por qué pelean por una tierra donde no hay nada.” Tierra de la nada, sin población, desértica. He aquí, en rigor, lo que las empresas coloniales no solo presupusieron sino, sobre todo, produjeron: el vaciamiento forzoso de la tierra a través de la expulsión o aniquilamiento de su población nativa. No es que no hubiera nada, es que también la nada había que producirla.

Ahora bien, la dualidad entre civilización y barbarie solo resulta nítida desde el punto de vista de los opresores, pero jamás, desde el punto de vista de los oprimidos. Gálvez lo sabe y lo exhibe. De hecho, el propio Gálvez lo ha dicho en entrevista en La Voz de los que Sobran: el cine no puede ser un simple instrumento audiovisual, sino un dispositivo político que, tal como mostró Walter Benjamin, porta la sangre de los oprimidos que, en este filme, coincide con las ruinas que va dejando la colonización. No hay cine sin sangre. El cine, opera, pues, como un dispositivo “civilizatorio” –he aquí la tesis de Gálvez.  

El triunfalismo “civilizatorio” del western clásico muta aquí en la deriva de un western que implosiona sobre sí mismo al poner de relieve la catástrofe que tal proceso ha producido y sobre el cual se ha erigido.

La escena final es importante en este sentido: que la pareja sea conminada a sostener la tacita de té expone a la propia civilización colonial en base a la violencia y su sangre. Sostener una tacita de té frente a la cámara, algo tan aparentemente delicado, resulta ser profundamente expresivo de la violencia de un proceso colonial en que la “civilización” ha debido prevalecer sobre la “barbarie” y donde la primera no es nada más que “montaje”. No hay en ella esencia ni sustancia alguna. Tan solo “montaje”, máquinas mitológicas en acto.  Interesante escena ésta cuando lo que se exhibe es el montaje del montaje, el montaje (la colonización) a través del montaje (la película de Gálvez) que desustancializa al western o, si se quiere, lo destituye.

El cine se erige como el triunfo de la colonización en cuanto progreso. He aquí la clave con la que cabría mirar Colonos. Sobre todo, cuando los acontecimientos en Palestina vuelven a mostrar no al cine, pero a las grandes corporaciones mediáticas como verdaderas impulsoras del western en Gaza en la forma de la colonización sionista. Hay aquí un intento de abrir una ruta al proyecto del canal Ben Gurión que pasaría por Gaza y que, para erigirse, requiere de la expulsión de la población gazatí. Insisto: el western no es aquí un “género” sino la forma de colonización real de la Palestina histórica donde la tríada mortal (religión, armas y capital) vuelve a desplegarse sin contrapesos desde el sionismo, tal como lo hizo la colonización estadounidense en territorio indígena.

Por supuesto, la república chilena usó formas coloniales fundamentales (el colonialismo de asentamiento usado en Palestina hoy, como fue usado en EEUU ayer) y funda su Estado portaliano a partir de dicha trama en la que el cine no está fuera de ella sino justamente siendo parte de su juego, como un dispositivo más de su fuerza. Por esta razón, Colonos del director Felipe Gálvez podría calificarse de un western contra sí mismo y, en esa medida como una crítica radical al western como forma de colonización y paradigma de la guerra civil planetaria en que vivimos.

Los genocidios –nos dice Gálvez- no son una excepción en la historia, sino la historia misma y, en este caso, el modo de despliegue del western ya no como simple “género” cinematográfico sino la máquina mitológica misma en cuanto globalización de un western que define a la política del presente como el despliegue sangriento de una guerra civil planetaria.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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