Una situación colonial
Un régimen de apartheid como el israelí implica una situación colonial. Parte de la dualidad entre civilizados y barbados, occidentales y salvajes. Por eso el Estado de Israel no trata a los palestinos como seres humanos. Son semi-humanos cuya resistencia hay que reducir y, en caso de resistencia, exterminar.
Cuando se habla sobre Israel y Palestina, mucha la gente no entiende cual es la situación de partida. Lo presentan como una «guerra» o como un «conflicto religioso». Pero no hay una guerra entre Israel y Palestina. El primer nombre alude a un Estado y el segundo a una tierra habitada por un pueblo. No hay simetría. No hay dos estados soberanos que combaten sino un Estado colonial y un pueblo colonizado. Y para el colonialismo los colonizados no son sujetos de derecho sino barbaros. Para ellos no se aplican las normas de la guerra. Israel no combate contra un Estado enemigo sino contra un pueblo. De ahí que las acciones de resistencia de un movimiento político concreto sean contestadas con represalias contra la población civil y no con un contra-ataque contra ese movimiento.
Tampoco estamos ante un «conflicto religioso» entre musulmanes y judíos. En el primer caso, recordar que una parte del pueblo palestino son cristianos y que hay ateos palestinos. Tampoco existe un vínculo necesario entre Israel y el judaísmo como «religión» o gran tradición de sabiduría. Aunque en su origen el sionismo fue un movimiento amplio, el que se impuso fue el promovido por Theodor Herzel: un nacionalismo étnico según el patrón de los nacionalismos europeos del siglo XIX. Este movimiento fue (y sigue siendo) el apoyado por el gran capital y los poderes coloniales, pues les sirve para controlar esa parte del planeta, cuya importancia geoestratégica es conocida, y mantener una tensión contante que les permita intervenir.
Para el sionismo el ser judío no tiene relación con esa inmensa tradición de sabiduría que llamamos judaísmo, sino con la pertenencia a una nación unificada por las persecuciones. Para Herzel lo que da unidad a la nación judía es el enemigo. El sionismo es la reducción de la judeidad según el criterio del Estado-nación unificado en términos raciales. Por eso los judíos ortodoxos son anti-sionistas. Que el judaísmo tradicional no puede ser colonialista es algo evidente. Quien ama el judaísmo no puede apoyar el Estado de Israel ni mucho menos el trato que da a los palestinos.
Un régimen de apartheid como el israelí implica una situación colonial. Parte de la dualidad entre civilizados y barbados, occidentales y salvajes. Por eso el Estado de Israel no trata a los palestinos como seres humanos. Son semi-humanos cuya resistencia hay que reducir y, en caso de resistencia, exterminar.
La identificación de occidente con el Estado de Israel se sustenta en esa sustrato racista, que lleva a despreciar los sufrimientos de los palestinos como semi-humanos, salvajes, no-civilizados. La prensa se encarga de alimentar este imaginario colonial. La identificación de occidente y de tantos occidentales con el Estado de Israel muestra la persistencia del supremacismo blanco, frente a un mundo considerado como inferior. Por eso la resistencia palestina es el bastión de la resistencia de los pueblos de la tierra. La causa palestina es la causa de la diversidad frente a la homogeneización del mundo bajo el paradigma de la occidentalización.
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