Tormenta de mierda
Esta vez las encuestas no juegan y no hay que gastar millones en hacer diseños metodológicos, muestrales y análisis de diversa índole. Las encuestas solo podrán revelar intuiciones monitoreadas por datos que, a esta altura, ya dejaron de serlo para dar paso a inexorables certezas. Son inútiles y solo parasitan de una contingencia brutal que se abre paso sin que haya pronóstico alguno que la detenga; ni siquiera serán capaces de generar “clima” porque lo que estamos viviendo no es un día o una pura situación derivada de la emanación de un contexto específico, sino una estación, un tiempo, un cambio de era en el que los principios fundantes de la democracia se van erosionando por los demonios que ella misma engendra.
La democracia puede ser la partera de la violencia y la violencia, al decir de Marx, la partera de la historia, hoy en Chile y en todo el mundo. ¿No es acaso Israel la única y más solvente democracia del Medio Oriente? ¿el ejemplo de régimen que bombea moral occidental al resto de los países de la región? Pues bien, esa misma democracia ejemplar fue la que perpetró el primer genocidio del siglo XXI.
O, en la misma, ¿No ha sido Estados Unidos considerada la gran democracia histórica? ¿retórica y turbina ética que habrá imantado a occidente a seguir su ejemplo de consideración hacia la “libertad total” y que, justo, por principio de totalidad, se ejecuta imponiéndose? Lo que ha sido el devenir de EEUU en la historia, del siglo XX y en estado de éxtasis patético en el XXI con Trump, es tachar lo que sea que podamos leer por libertad nuevamente, obligando a punta de amenazas tarifarias –o de bombas– a las naciones que se atreven a levantar la voz contra ese país que es menos un país y más un mantra degradado (pero omnipotente) de todo lo que pueda llegar a sostener un imperio.
La palabra suena a revolución cubana o a argot retrógrado de los 60 pero sí, EEUU no es otra cosa que un imperio que sodomiza y transforma en subalternos periféricos a las disidencias que se vuelven contra las bulas del rey.
Entonces, y es lo que pienso, Chile está pronto a entrar en esa sodomización subalterna al sumarse a la llamada “Ola azul” que le imprime una cierta estética a la rizomática de los protofascismos en el mundo entero.
Esta vez no estamos siendo laboratorio de nada y tampoco ninguna excepcionalidad (no somos inéditos); somos únicamente caja de resonancia, un eco tercermundista de los autoritarismos de primera línea que adquieren en José Antonio Kast la cristalización de una cardinalidad, de un tempo y de una era.
No se trata de un “momento turista” o de “la foto del momento” como les gusta autodenominarse a las encuestas. De lo que hablamos –en este preciso tramo histórico en el que un país se sublima en lo securitario, la xenofobia, la aporofobia, la homofobia y así en todas las variantes supremacistas– es del ingreso a un estado de las cosas, a un mundo que entra en régimen y que no se edifica sino en la ciénaga de un horror; en el instante terminal del affectio societatis y en el triunfo arcano de los nativismos posmodernos que adhieren al neoliberalismo aumentando su potencia de crueldad; la misma que no tiene límites y que se extiende regenerándose en la amenaza sistemática de que seremos devorados por el otro. Así se activan los fusibles de la brutalidad.
Al final todo iría de lo inefable, de lo que no puede retorizarse porque la energía descomunal de la máquina autoritaria puede llegar a zonas donde la lengua se corta, la imaginación se estrecha y la palabra se fatiga de cara a lo radical del tiempo.
No es posible ser optimista, no hay razones, y si las hubiera, como lo escribe Peter Sloterdijk, no sería sino una “razón cínica”; una que le sonríe a la época sabiendo que lo por venir será el gran momento del dictado, de la instrucción y en el que la fábula democrática, esta vez y en Chile, no viene con fondo de arcoíris, sino que llega trizada por la tormenta.
Tormenta de mierda era el título original que Roberto Bolaño quiso ponerle al libro que hoy conocemos como El nocturno de Chile.
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