Opinión

¡Todos contra la revuelta!

De izquierdas a derechas, los intelectuales parecen aborrecer la revuelta: para los primeros, esta careció de organización y conducción, por eso falló; para los segundos, esta no fue más que una masa anómica sin dirección que no “respetó a nada ni a nadie” (Piñera dixit). Interesante convergencia: la revuelta es enemiga de izquierdas y derechas, en lo que ambas tienen de política tradicional: una política que remite al paradigma pastoral por el cual una vanguardia (sea por un partido o por un movimiento) puede conducir a una masa siempre a punto de estallar. Interesante convergencia en un mismo paradigma pastoral.

En los periódicos, las noticias de televisión y las diversas plataformas de redes sociales parecen repetir una sola consigna: todos contra la revuelta. El nuevo enemigo se ha identificado. El mal que nos trajo delincuencia, inflación y una serie de otros tormentos, resulta que terminó siendo puesto en la revuelta.

La revuelta de octubre ha sido puesta como un chivo expiatorio para ser sacrificada por los pastores del orden. La liturgia está en curso, y la idea es deshacerse del mal, de esa “violencia” que parece corroer a la sociedad chilena y cuya expulsión no solo traerá paz y seguridad, sino -además- permitirá reescribir la historia para domesticar a sus habitantes: la revuelta parece convertirse en el enemigo público. Después de confesar el pecado, vía Twitter, todos estamos conminados a arrepentirnos y restituir la gloria de los 30 años.

De izquierdas a derechas, los intelectuales parecen aborrecer la revuelta: para los primeros, esta careció de organización y conducción, por eso falló; para los segundos, esta no fue más que una masa anómica sin dirección que no “respetó a nada ni a nadie” (Piñera dixit). Interesante convergencia: la revuelta es enemiga de izquierdas y derechas, en lo que ambas tienen de política tradicional: una política que remite al paradigma pastoral por el cual una vanguardia (sea por un partido o por un movimiento) puede conducir a una masa siempre a punto de estallar. Interesante convergencia en un mismo paradigma pastoral. Asistimos al proceso de restauración oligárquica o portaliana y, en tales procesos, es natural que los vencedores impongan sus prerrogativas y exijan normalizar el campo discursivo.

La idea es volver a consensuar el lenguaje, a pactar cupularmente y a producir las formas de subjetividad necesarias para el buen funcionamiento de la mal denominada “República”: formas de subjetividad sumisas y enteramente obedientes, tal como la programó el portalianismo de los primeros trienios de la República, que dejen a los políticos decidir por ellos y que agradezcan que existen los “modelos de virtud” (Portales dixit) sobre los cuales regirse. La idea ya no es enfrentarse contra un orden que legalizó institucionalmente el abuso vía una Constitución (la de 1980) que fue aprobada de manera corrupta por un régimen y una oligarquía igualmente corrupta que, en 1973, se tomó al Estado por asalto. El mal no era el pacto oligárquico de 1980 que nos condujo a la actual bancarrota ética, sino la revuelta que desesperadamente abrió un respiro en medio de la debacle. Todo sucede como si el primer consenso del pacto oligárquico venidero fuera la declaración de enemistad contra la revuelta.

Todos contra la revuelta: este es el pasaje que marca la inclusión o exclusión al reino de los serios y normales. Justamente, el lenguaje de los 30 años volvió: con su adultocentrismo, los llamados intelectuales de la oligarquía, califican de “infantil”, de “absurdo” y “adolescente” al cometido de la revuelta. Ahora han regresado los adultos. ¡Deberíamos sentirnos salvados! Nos vienen a proteger de nuestra propia ruina, de nuestra más secreta violencia. Por eso, deberíamos estar agradecidos. Agradecidos también, de los maravillosos 30 años que, supuestamente, han sido fuertemente respaldados por la numerología en boga, cuestión que la izquierda no sabe, no lee, ni reconoce.

Hace algunas semanas los ex concertacionistas exigían a sus hijos del Frente Amplio que se les reconociera su lugar en la historia, casi como si hubieran pedido un monumento en la Plaza de la Constitución por cada uno de los mandatarios que colaboraron con el difícil proceso transicional. Los “niños” malagradecidos de estos padres que no han sido reconocidos como tales. Pero, ¿qué es un padre no reconocido? ¿Qué es una autoridad que no produce legitimación? Simplemente no es un padre, ni una autoridad: la paradoja de este proceso es que en el mismo momento en que el padre exige su restitución en la historia, ya deja de ser padre. Un padre lo es precisamente porque no tiene que exigir nada. Todo le viene adherido a su propia función. Esto es precisamente lo que falla en la estrategia, el detalle de no poder suturar la grieta abierta por octubre de 2019, sino es por la fuerza.

El llamado es claro: si quieres hacer política “seria” tienes que unirte contra la revuelta. Pero, ¿qué significa estar “contra”, “negar” la revuelta? El psicoanálisis sirve para estos momentos liminares: en un agudo texto titulado La Negación, el viejo Freud sostenía que a veces, el mecanismo de la represión resultaba insuficiente para desalojar a la representación intolerable. Por ello, el psiquismo recurre a un plus con el cual intenta redoblar su efecto: no solo se lo reprime, sino que se lo “niega”. Pero, vaya problema, aquel material rechazado por el doble mecanismo, aparece con más fuerza en la forma de su negación: “no me gusta” o “no soy eso”, son algunas de las expresiones que afirman lo que niegan. De algún modo, la interpretación que dice que el triunfo del Rechazo no fue otra cosa que el triunfo del orden sobre la revuelta, puede entenderse, como este mecanismo de “negación”: mientras más se la niega, más se la afirma. La sutura no se consuma, y la grieta aún permanece. Dicho de otro modo: el verdadero fantasma no es otro que el fantasma de la revuelta que sigue ahí, justamente porque nos invitan a negarla. Penosa operación de la restauración oligárquica que, a pesar de todo, no puede aún “restaurar” del todo el orden.  

A esta luz, habría que leer lo que la prensa ha denominado “octubrismo”. ¿Qué es el octubrismo?  Octubrismo no es una corriente ideológica, tampoco un partido político, menos aún un movimiento. En realidad, el octubrismo es el nombre policial que la oligarquía le dio a todo aquello que no ha podido controlar y de lo cual no ha podido –pues no ha querido- hacerse cargo. En otros términos, el “octubrismo” no existe, ni nunca existió. Tan solo es la cristalización del terror oligárquico frente a los pobres alzados del octubre de 2019.

En este sentido, “octubrismo” designa una categoría policial orientada a criminalizar cualquier esbozo de protesta bajo el actual contexto de restauración portaliana. Así, “octubrismo”, en realidad, es el fantasma de la propia oligarquía en su imposibilidad para suturar la grieta que aún permanece activa; “octubrismo” designa la propia falencia del dispositivo oligárquico, su paso trunco, su maquinaria a medio andar, porque a mayor negación de la revuelta –incluso bajo en un término poco original como “octubrismo”- mayor es su presencia.

El aplanamiento del lenguaje, la homogeneización de las prácticas políticas, el cierre del sentido común, constituyen algunas piezas de este arduo camino de curiosa restauración. Hoy la consigna es no aplanarse, no homogeneizarse y mantener abierto el sentido común a las formas nunca bienvenidas de la imaginación. Sostener el disenso en medio de la aplanadora del consenso, a veces se puede llamar “resistencia”: no reconciliarse con el presente, no adherirse a sus liturgias inerciales. Se trata de insistir con decisión en que el abuso institucionalizado persiste, se está agudizando porque es el mismo orden oligárquico que hoy pretende ser nuestro salvador, el que ha generado la bancarrota total de nuestra sociedad. Una oligarquía que se presenta bajo la rúbrica de los vencedores, pero solo al precio de mantener a los vencidos en sus propias pesadillas.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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