lunes, julio 15, 2024

Temporada de Gaza

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Desde el 7 de Octubre se abrió la temporada de G (c ) aza. Después de una breve tregua en la que se urdió un intercambio de rehenes palestinos e israelíes, Israel reanuda la temporada de G (c ) aza. Las precarias ciudades han devenido escombros, la tierra supura cadáveres y entre los derrumbados edificios, las imágenes alcanzan a exponer un pie, brazo, rostro de algún niño atrapado en la intensidad del exterminio. Los algoritmos de la muerte informan día a día, hora a hora, los acontecimientos, desnudan las flagrantes mentiras con el ropaje de otras nuevas. Los elegantes señores de la “comunidad internacional” hablan, Ursula Von Leyden y sus amigos, dicen conmoverse por la situación, pero ellos mismos no han hecho más que impulsarla, alentar la temporada de G (c)aza, ofreciendo a Israel nada más que impunidad desde su creación en 1948.  

Los g (c)azadores van por su presa. ¿Cuál es? Explícitamente, reproduciendo el guión de la “guerra contra el terrorismo”, las autoridades israelíes dijeron que todo trataba de perseguir a Hamas. Incluso, se podía lanzar una bomba atómica para cumplir dicho objetivo. “Hamás, más que un significante, un operador discursivo que obtura todo pensamiento e impone una clausura hermenéutica que repite, a modo de un mantra, que todo lo que cuestione la posición soberana, excepcional y dominante del sionismo habrá de ser acusado de antisemita. Posición soberana, excepcional y dominante que repite que el “holocausto” es el crimen de todos los crímenes y que los judíos serían la víctima de todas las víctimas que la historia haya visto; la “víctima absoluta”.

El exterminio indio, asiático o africano serán exterminios menores. Solo el judío será el más decisivo, porque más “excepcional” –según relato sionista en el que el judío calza con la víctima absoluta, abstraída de toda historicidad, capaz de clausurar toda lectura en los derroteros de Auschwitz. Solo el judío sería la víctima perfecta. Los demás, en cuanto resistieron, habrán sido malas víctimas o, al menos, no tan perfectas.

Se trata, por cierto, de una operación teológica urdida por la máquina sionista que le permite convertir la debilidad de la víctima en la supremacía de una soberanía racial, sin la cual no habrá colonización, no habrá nakba sobre la Palestina histórica. Operación de abstracción que impide cualquier interrogación y genealogía posibles que permitan pensar y, por tanto, interrumpir el proceder de la máquina. Operación teológica, por tanto, que convierte en dogma lo que debía permanecer como una crítica (el antisemitismo), y que transmuta en doctrina lo que tenía que ser resguardado como testimonio. Tal “conversión” no puede pasar desapercibida si notamos la alianza sionista (ya desde 1917 en que se promulga la Declaración Balfour) con las potencias imperiales “cristianas” y “protestantes” (Gran Bretaña y EEUU); alianza que, habría que interrogar, ¿muestra al sionismo como el dispositivo de conversión del judío a la modernidad imperial?

Bajo esta sombra es que hoy, mientras escribimos estas líneas, miles de niños palestinos han sido asesinados. Y entonces los g (c )azadores van por su presa que, de ningún modo era Hamas, sino los niños. Pero solo apelando a Hamas podían tomar a los niños. Son ellos quienes han sido protagonistas de las grandes revueltas palestinas de los últimos 40 años; son ellos –pero no solo ellos- quienes también sufren la detención “administrativa” en cárceles israelíes, son ellos a quienes la autoridad sionista dirige su máquina, serán ellos, quienes amenazan a Israel con próximas rebeliones.

Se trata, entonces, se matar niños, a modo de una guerra preventiva que asume la forma del exterminio: un exterminio preventivo, para prevenir el exterminio no puede redundar sino en el exterminio mismo. Porque los niños portan consigo algo que la soberanía de quien mata no tiene: los niños portan gestualidad, una discontinuidad entre cuerpos y palabras que hace que ellos nunca calcen consigo mismos. Ninguna identidad les contiene: pueden reír en medio de las playas bombardeadas, jugar en el seno de una ciudad devenida polvo, llorar por sus padres asesinados y expresar así, en lo inmediato, todo lo que la guerra les priva, todo lo que el terror les arrebata. Sus vidas restan del planeta, son lo que verdaderamente, sobran.

Los niños son cualquier cosa menos “profundos”, su complejidad es la superficialidad del gesto que jamás quiere abandonar su destello. Frente a la ruina de todo futuro, los niños habitan el presente y rumian un porvenir que no puede coincidir con las “negociaciones” de una comunidad internacional moralmente arruinada. La máquina sionista se erige soberana y perversamente “adulta” frente a la irrupción de la in-fancia palestina y su toma de palabra y acción.

Los adultos devienen g (c) azadores que se abalanzan sobre una presa. Con sus perros, caballos, y armas por doquier, se despliegan a través de un bosque interminable devenido desierto. La máquina sionista es un “adulto” que odia los niños. Transforma a los suyos en militares y a los palestinos les persigue y asesina cual terroristas. El odio a los niños es, ante todo, el odio a la in-fancia en la que una vida no calza consigo misma y deja entrever una grieta, fisura, hiato que, en su propio gesto, expone la violencia de la máquina sionista: mientras haya palestinos –por el solo hecho de haber palestinos– la máquina sionista experimentará una impugnación.

Los niños palestinos son la marca de un porvenir, cuya vida es precisamente lo que la nakba promete borrar. Se trata de que no haya más niños palestinos porque se trata que no haya más palestinos o, si se quiere, que Palestina se llame definitivamente Israel, y que las ciudades, las calles, y sus habitantes se nombren en hebreo (o inglés). La operación del exterminio comienza por la in-fancia y tiene a los nombres como su primer objetivo de conquista.

Los nombres son el devenir de la nakba, y, por eso los medios de comunicación han sido parte activa de ella, la han materializado en el diseño editorial de sus cadenas. La nakba, en cuanto guerra anómala, puesto que no se trata de un conflicto inter-estatal, pero sí de una movilización total articulada en la reactivación de una violencia colonial del Estado sionista de Israel que articula un colonialismo de asentamiento y un pueblo nativo que ha luchado históricamente por sus derechos. Orientado a producir una tierra “vacía” y despojar de ella a sus habitantes, el colonialismo de asentamiento israelí, asume en la actualidad la forma de la guerra contra el terrorismo.

Pero ¿qué es la “guerra contra el terrorismo”? Ante todo, dado que en ella el enemigo deviene “absoluto”, es decir, un sujeto exento de cualquier estatuto moral y jurídico que, al modo de un antiguo pirata, viene a amenazar el carácter mismo de la “humanidad”, digamos que tal guerra encuentra su genealogía en la guerra colonial moderna ahora planetarizada en la forma de la guerra civil global. Y la cuestión decisiva no es sólo cómo los Estados Unidos e Israel llegaron a identificarse con la noción de “humanidad” en función de ejercer como su policía propiamente global (ya lo decía Carl Schmitt), sino, además, cómo el enemigo “absoluto” es producido como aquél que debe ser perseguido y asesinado sin juicio alguno, precisamente porque la normalidad jurídica en la que se habita no es otra que la de la excepción: los palestinos son condenados antes de juzgados, como si en una trama genealógica que pudiéramos trazar desde Agustín de Hipona y su doctrina del pecado original, hubiera quedado solo la marca del pecado original sin posible redención, sin ninguna expiación: pecado sin sacramento que lo redima, culpa sin tribunal que la juzgue. Alma y cuerpo, pecado y culpa asumen una unidad sin fisuras sobre las vidas palestinas. Y, a diferencia de los afganos que fueron transportados a Guantánamo, para Israel es Gaza justamente el Guantánamo de Palestina.  

A esta luz, la víctima absoluta sobre la que reposa el ideario sionista se co-pertenece al enemigo absoluto contra el cual no puede dejar de hacer la guerra en todas sus formas. Puesto que en el terrorista solo hay culpa, pero no juicio, solo hay pecado, pero no falta; en la víctima absoluta sobre cabría inocencia, sustracción de todo mal respecto del mundo, tal como merecería el “pueblo elegido”, según la lectura gnóstica con la que la máquina sionista lee la antigua palabra religiosa.

Porque, precisamente, el sionismo es una máquina que asalta al judaísmo histórico y lo codifica en protestantismo: el mundo aparece en base a un dualismo ontológico (Amalek y los judíos, según el pasaje del libro de Samuel citado por Netanyahu inmediatamente después del 7 de octubre o el otro discurso sobre los niños de la “luz y los de la sombra”, etc.) en el que hay un Dios que está del lado de los inocentes y un mal (el antisemita) que está del lado de los culpables. Los buenos “absolutos” son las víctimas que jamás atacan y solo se “defienden” frente a los malos igualmente “absolutos” que no tienen cómo ser conjurados. Si los israelíes se sitúan en el lugar de la inocencia, los palestinos aparecen simplemente bajo la sombra de los culpables. Culpables por haber vivido en una tierra a la que la Escritura, leída bajo el código sionista, les negaba[1]; condenados sin haber cometido más falta que la de haber resistido a la nakba –de hecho, la nakba es su culpa y su castigo.

En este sentido, los palestinos han sido los habitantes invisibles, que todos quieren desechar, que incomoda al discurso del supuestamente armonioso sistema internacional. Inocentes versus culpables, buenos, versus malos, civilizados versus bárbaros o, si se quiere, adultos versus niños constituyen el dualismo ontológico constitutivo de la máquina sionista en cuanto “protestantismo judío”[2].

¿Qué hacer con ellos? ¿Que se vayan a Egipto? ¿a los campos de refugiados en Irak o Jordania? Se trata que se vayan. Ojalá pudieran desaparecer. Nadie quiere a los palestinos, para todos son el problema sobre el cual se fundaron sus respectivas soluciones, son, junto a otros pueblos, los parias del siglo XXI. Washington contempla lo que hacen sus amigos, porque calcula la posibilidad que Israel ocupe Gaza temporalmente; Tel Aviv actúa y ríe frente a la ilusión estadounidense, porque sabe y pretende poner el punto final de 75 años de colonización completando así el sueño de los primeros sionistas que abogaron por la conquista total de la Palestina histórica[3]. Pero a la risa sionista sobre los estadounidenses, pervive la risa palestina que se burla de la prepotencia de ambos. Risa que, a pesar del terror y lo infinitamente perdido, insistirá en la resistencia, tal como ha ocurrido en los últimos 75 años. Pues, seguramente, los palestinos habremos perdido, estaremos perdidos incluso, pero nunca “se tratará de rendición”[4].


[1] Silvana Rabinovich La Biblia y el dron.

[2] Cfr. Nur Masalha La Biblia y el sionismo. Ed. Bellaterra, Barcelona, 2003.

[3] Gilbert Achcar Una implacable lógica de expulsión En: Le Monde Diplomatique Diciembre 2023, pp. 18-19.

[4]Mahmud Darwish Aquél que impone su relato hereda la Tierra del relato. Entrevista con Abbas Beydun publicada originalmente en Al Wasat, número 191, 192, 193, sep. octubre 1995. En: Mahmud Darwish Palestina como metáfora. Entrevistas con el poeta Mahmud Darwish. Ed. Oozebap, Barcelona, 2012. p. 33.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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