Sobre manifiestos y amarillos: El lobby
El manifiesto, como subgénero literario, supone la voluntad de comunicar una idea, o, por lo menos, el deseo de hacerlo. En este caso, más bien, se trata de ejercer el lobby. La intentona de Warken y los “amarillos” es semántica y políticamente fallida porque muestra los bultos de un zurcido mal hecho. Disfraza de profundidad y grandeza lo que es mera genuflexión ante el dinero y el poder.
Se ha dado a conocer, con fanfarria considerable, un “Manifiesto de amarillos por Chile”. La tosca operación política que trama el escrito, (recusar la Convención constitucional hasta el límite de la sedición) se venía prefigurando hace varios meses en los medios de comunicación de Copesa y El Mercurio. Sobre todo, a través de las ampulosas intervenciones -multimediales- del Sr. Cristián Warken.
En lo personal creo que varias expresiones (¿se les puede llamar ideas?) vertidas por los y las constituyentes bordean el despropósito. Sin embargo, ello no me parece razón suficiente para descalificar el proceso en cuestión. En definitiva, los firmantes del manifiesto desacreditan el conjunto de actividades constituyentes porque nunca creyeron en él. Lo evidencia la concepción política que, algunos de los firmantes han comunicado por escrito, y lo ratifica hasta el hartazgo la práctica que todos ellos han tenido. Sólo la fuerza de “los porfiados hechos” -para usar la frase de un dirigente histórico de la izquierda chilena- les obligó, a regañadientes y sin convicción, a morigerar la defensa del status quo existente hasta el 18 de octubre. ¿Exagerado? Recordemos que parte significativa de los firmantes llamó -con notoria publicidad- a abstenerse en la segunda vuelta presidencial del año pasado.
Este manifiesto exhibe un inequívoco tono amenazante. Se expresa lo anterior en, al menos, dos planos: primero en “el carácter de mayoría silenciosa” y luego en la “racionalidad civilizada” que se auto atribuyen los firmantes. Habría y hay mucho que decir sobre tal racionalidad. ¿Es la misma racionalidad del Transantiago, proyecto que uno de los firmantes, Andrés Velasco, entonces omnipotente ministro de Hacienda impuso, durante el primer gobierno de Bachelet? Los costos de tan excelsa racionalidad -sustentada en hacer irrisión de los “costos sociales”- los habitantes de Santiago la hemos padecido durante años.
El “Manifiesto” cita, en nombre del pluralismo, del diálogo y de la tolerancia, a figuras intelectuales, como don Humberto Giannini y Humberto Maturana. Cualquier persona tiene el derecho de citar a quién le plazca. Otra cosa es intentar legitimarse a sí mismo a través de prestigiosas referencias a terceros. Warken ha profitado con escándalo de tal procedimiento. Para ello ha utilizado sin pudor el nombre de su tío, el escritor Enrique Lihn.
El manifiesto, como subgénero literario, supone la voluntad de comunicar una idea, o, por lo menos, el deseo de hacerlo. En este caso, más bien, se trata de ejercer el lobby. El intento de transformar un mote despectivo en divisa orgullosa y auto afirmativa no es un recurso muy novedoso, pero, en ocasiones, ha tenido eficacia (algunos ejemplos históricos; “marica”, “sudaca” o “rojo”.) La intentona de Warken y los “amarillos” es semántica y políticamente fallida porque muestra los bultos de un zurcido mal hecho. Disfraza de profundidad y grandeza lo que es mera genuflexión ante el dinero y el poder.
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