Opinión

Sebastián Sichel: a tontas y a locas

Si Sebastián Sichel, el nuevo alcalde de Ñuñoa, no quería pasar desapercibido en el día de su asunción, su objetivo se cumplió con creces. En sólo una mañana, el recién estrenado edil se las arregló para acusar “un grave déficit económico en Ñuñoa”, abrazar el futuro de una comuna “sin banderas de partidos políticos ni de otros países” y, especialmente, polemizar con la votación del saliente Concejo municipal, que de manera casi unánime resolvió modificar el nombre de la calle República de Israel, recuperando el original de Nueva Ñuñoa. Algo que para el ex candidato presidencial de Chile Vamos se habría decidido “a tontas y a locas”.

Una semana después, el tiempo parece haber devuelto un poco de mesura al nuevo alcalde. Aun así, es difícil no reconocer que lo verdaderamente “a tontas y a locas” fue su cruzada comunicacional contra un participativo proceso de organización ciudadana, que permitió que vecinos y vecinas de la comuna dieran una pequeña pero significativa señal de humanidad ante una de las mayores crisis del siglo XX y XXI: el genocidio del pueblo palestino. “Una mancha moral para todos nosotros”, como ha afirmado Antonio Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas.

¿Cómo calificar, si no, a las casi 10 mil masacres perpetradas por las fuerzas de ocupación israelíes contra la población civil palestina, que desde octubre de 2023 – y en las estadísticas más conservadoras – han acabado ya con la vida de casi 50 mil palestinos? ¿O cómo limpiar esa otra mancha moral colectiva que representa el asesinato de más de 17 mil niños y niñas palestinos y de más de 1.410 familias gazatíes, a las que la barbarie sionista ha dejado sin un solo sobreviviente para dar testimonio de sus historias, sueños y esperanzas?

Ante una catástrofe humanitaria de esta magnitud, no deja de sorprender que, para Sebastián Sichel, el cambio de nombre de la calle República de Israel – cuya tramitación implicó casi diez meses de recolecciones de firmas, deliberaciones de vecinos y vecinas, sesiones del Concejo municipal y audiencias públicas – no sea más que “un autoritario acto de última hora de un grupo de concejales de izquierda», que sólo serviría para “armar enredo, traer un conflicto innecesario, afectar a la convivencia, generar gastos y vulnerar las tradiciones y prioridades de Ñuñoa”.

Sorprende todo esto. Porque lejos de la inutilidad y controversias que el alcalde asocia con este necesario cambio de nombre, la recuperación de la calle Nueva Ñuñoa expresa una cualidad muy propia de los habitantes de la comuna: la respuesta colectiva ante las injusticias y los atropellos de Derechos Humanos. Algo que, en este caso particular, se manifiesta en el rechazo a continuar homenajeando a un Estado colonialista y supremacista, que desde hace más de 76 años ha impuesto un sistema de limpieza étnica, apartheid y exterminio del pueblo palestino, y al que pocos apelativos le quedan más grandes que el de República.

¿Cómo fingir que no importa que nuestras calles lleven el nombre de un Estado cuya sólo creación, en mayo de 1948, implicó la destrucción de más de 500 aldeas de la Palestina histórica, el desplazamiento y expulsión de más de 750 mil palestinos y el asesinato de más de 13 mil de estos hombres, mujeres y niños? ¿Cómo ignorar que Israel es el Estado que más resoluciones del Derecho Internacional ha desoído históricamente, ignorando más de 750 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, un centenar del Consejo de Seguridad y otro centenar de resoluciones del Consejo de Derechos Humanos? ¿Cómo declararse preocupado por “la paz en el mundo” y continuar homenajeando a un Estado al que la propia Corte Internacional de Justicia ha ordenado “poner fin cuanto antes a su presencia en los Territorios Palestinos Ocupados, (…) y a reparar los daños causados a todas las personas físicas o jurídicas afectada”, y que hoy por hoy, tiene, a su primer ministro Benjamín Netanyahu y a su ex ministro de Defensa, Yoav Gallant, con órdenes de captura internacional, decretadas por la Corte Penal Internacional, por los crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad cometidos en Gaza?

¿Cómo no sentirse, al menos, incómodos, ante el nombre de un Estado cuyos bombardeos a la población civil palestina violan de manera tan flagrante la convención de Ginebra que, si quisiéramos guardar un minuto de silencio por las víctimas (en su mayoría mujeres y niños) tendríamos que callar durante un mes?

El mismo miércoles 4 de diciembre, en el que el Concejo municipal de Ñuñoa resolvió devolver a la calle República de Israel su nombre original de Nueva Ñuñoa, otra calle de la comuna recibió también un respaldo unánime para el cambio de nombre. Curiosamente, esta última modificación no despertó la atención de la nueva autoridad política ni de los medios. ¿Por qué ese cambio no ha despertado las alarmas sobre los “gastos adicionales (…), el cambio de domicilios en documentos oficiales, la instalación de nuevos letreros y otros costos administrativos”?

A 13 mil kilómetros, Palestina parece distante. Pero dicha separación no es tanto geográfica y cultural, como valórica y humana. Si dejamos que el espejismo geográfico nos mantenga indiferentes ante el sufrimiento del pueblo palestino, tarde o temprano, a todos nos tocará ser Palestina. Porque, como advirtiera hace algunos días el propio Guterres: “la catástrofe de Gaza no es otra cosa que el hundimiento total de nuestra humanidad. La pesadilla tiene que acabar, no podemos seguir mirando hacia otra parte”.

No desperdiciemos, entonces, la oportunidad que nos dieron estos comprometidos vecinos y vecinas de nuestra comuna, para decirlo fuerte y claro: alcalde Sichel: ¡Queremos ver recuperado para siempre el nombre de Nueva Ñuñoa! ¡Queremos estar, una vez más, en la vereda correcta de la Historia!

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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