Santos Discépolo. Gritos de actualidad
Discépolo sentencia el fin del progreso y su olimpo. Si bien, bajo el peronismo se baila tango en los salones y en los Estadios, de aquí en adelante -más allá del fetiche cultural- el género será difícilmente tolerado como una expresión genuina de compadritos, de malevos….al estilo del guapo Cruz Medina –valiente y servicial-. Lamentable llego la hora de estetizar los desgarbos arrabaleros del 20’. Presenciamos el fin del periodo “aurático”, fundacional y orillero.
a la ralea neoliberal
al horrible desasosiego.
Una prosa de Sergio Pujol, “Discépolo: una biografía argentina” (1997), abre una penetrante intuición cuando nos recuerda la “crisis de creatividad” en la obra del dramaturgo argentino bajo los “años dorados” del Peronismo (1946-1955). Si bien ya intuíamos tal hito desde los textos pioneros de Emilio de Ipola, nos referimos a la condición peronofila del hijo de Santos, la idea aún no nos terminaba de seducir. Según ambos autores, el “filosofo del tango”, habría padecido una “crisis experimental” que se puede atribuir al monumentalismo estético del primer peronismo –al cual suscribió sin miramiento de pasiones. No debemos olvidar que Discépolo comprometió una activa participación con Juan Domingo Perón bajo la sátira radial “mordisquito”.
Su entusiasta intervención radial contra el conservadurismo argentino fue desenfadada y le trajo un alto costo dentro de la comunidad tanguera. En plena “década infame” (1930-1943) la “oligarquía carnera” había convenido un envilecido acuerdo con Inglaterra, el famoso pacto Roca-Runciman que data del año 1933 fue el telón de fondo de letras tan existenciales como melodramáticas. Muchas de ellas cargadas de una prosa tremendista y otras desde un catolicismo desesperanzado ante las modernizaciones y los cismas teológicos. Tras esta debacle social (años 30’) la Argentina se asumía como un enclave de la “piratería inglesa” y ello pavimentó el camino a una crisis moral donde el poeta presagió –y supo nombrar- la condición fatídica de los tiempos.
Por analogía con lo que es un yacimiento cuprífero, y socialmente por la ausencia de mujeres en los años 20 en la Argentina, Discépolo se refiere a este trágico episodio desde una metáfora masculinizante, propia del baile de compadritos, “se nos fue la mina”. A su manera, cual moralista decepcionado, el autor de Cambalache se inscribía como un pensador que presagiaba la decadencia moral de occidente, a la manera en que Oswald Spengler lo había retratado años antes. Como conclusión de lo anterior, la razón moderna se había suicidado.
Una vez que tuvo lugar el “aluvión” de la institución tanguera, que se prolonga desde 1940 hasta 1955, donde las orquestas típicas y las industrias sellaron un pacto nacional-popular con el gobierno de Perón, la “maquinaria” peronista materializa un programa de difusión radial del género. El tango como fenómeno de masas se hace parte de la industria cultural bajo un celebrado cancionero popular. Ello se traduce, entre otras cosas, en la rica filmografía argentina, donde prolifera una amalgama de actores y personajes del tango como Hugo del Carril, Ángel Vargas, Aníbal Troilo, Tita Merello, Raúl Berón y la propia compañera de Discépolo: Tania, motivo soterrado del tango Martirio. Sin lugar a dudas, esta suerte de pacto nacional-popular viene a representar un tiempo glorificante, pero sin advertir que se avecinaba un tránsito que dejaba atrás el origen desarraigado, homo-gay, y contestatario del género.
La consolidación de la industria cultural (¡Gardel for export¡) lesionaba irremediablemente la condición “marginal” del género a comienzos del siglo XX. Me refiero a un contexto que destaca por la inmigración de “tanos” refugiados en prostíbulos; tanos y compadritos que lloran por el drama de la inmigración. El tango como una lengua del desarraigo y una clave crítica de los contratos modernizantes. Bajo la “década infame” (y el naufragio de la Argentina en los años 30’ que Discépolo lo describía como la perdida de “la mina” en alusión al yacimiento) destaca la queja contra la patronal heredada del canto-protesta de Agustín Magaldi y sus reclamos. De ahí en más, la industria del tango está vinculada a la masificación de orquestas típicas.
En virtud de este proceso de “canonización”, Discépolo escribe en los “años dorados del peronismo” una de sus últimas obras póstumas, Cafetín de Buenos Aires (1948). Aquí el poeta del tango explota fundamentalmente el expediente de la nostalgia. Quizás Cafetín representa una inflexión respecto de los más notables registros existenciales de Santos Discépolo. No debemos olvidar que fue el mismo poeta que mediante frases memorables al estilo del tango ¿Qué vachache? (1925), sentenció la irreversible debacle moral de occidente. Crisis de fe, mito y teología.
En su célebre Cambalache (1934) recusaba los vicios inexcusables del programa moderno; “El mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 510 y en el 2000 también…”. En el tango Tormenta sentencia, “yo siento que mi fe se tambalea que la gente mala vive ¡Dios¡ mejor que yo, si la vida es el infierno y el ‘honrao’ vive entre lágrimas ¿cuál es el bien? (1939)”. Aquí Discépolo plasma el más exuberante dramatismo religioso. Un grito desgarrador al igual que Job en el Antiguo Testamento.
El autor se siente estafado por ser “uomo bono” y por seguir las enseñanzas de la fe; mirando cómo a su alrededor los “malos” viven mejor que él. Este tango, como todos los de Discépolo, posee una infinita actualidad. Volvamos a otro verso del mismo: “…Si la vida es el infierno/ ¿Cuál es el bien…del que lucha en nombre tuyo, / Limpio, puro?… ¿para qué?. Si hoy la infamia da el sendero / Y el amor mata en tu nombre, ¡Dios!, lo que has besao… / El seguirte es dar ventaja y el amarte sucumbir al mal”. ¡Qué duda cabe¡ lo más prolijo de la poética Discepoleana está concentrada en aquella Argentina de la “década infame” (Gobiernos dictatoriales de Uriburu y Justo). De un lado, tenemos el tango burlón (Chorra, Victoria, Justo el 31), y de otro, el “sublime” drama existencial frente a la modernidad, “…de llorar la biblia frente a un calefón”.
Toda esta expresión está reflejada en letras de bronce como Desencuentro, Yira-Yira, Martirio, Confesión, Canción Desesperada y Desencanto. Todo indica que la producción tanguera más fecunda del autor se ubicaría en el periodo 1925-1939. En este periodo el autor de Cambalache se nos presenta como un moralista decepcionado que declara desahuciado el proyecto moderno -merced a los vicios de los años 30’- el progreso no es posible. En la suite de tangófilos la década del 30’ marca el fin del periodo más prolijo de aquello que Osvaldo Pugliese definió como un folklor de la plata.
De ser “cierta” la tesis inicial, la crisis de creatividad debería explicarse por el proceso de institucionalización que experimenta el tango en el primer peronismo. Idea abierta por De Ipola y ratificada bajo otro expediente por Pujol. Por ello cabría ir más allá de una apropiación “kish” de un conocido refrán tanguero, cual es “el tango es un pensamiento triste que se baila”.
Cabe agregar que se trata de “una metafísica que se baila” en el lenguaje de Ernesto Sabato. Dicho sea de paso, se baila entre hombres: el “guapo Rivera” del célebre tiempos viejos, era un malevo y también un reconocido bisexual camuflado en el argot de la crónica tanguera. El Tango después del tiempo establece una virilización heterosexual. En cualquier aproximación antropológica habría que escudriñar en la condición sexual del tango. Sin perjuicio de lo último, deberíamos reinterpretar esta máxima y enfrentarnos a otra interrogante fundamental, ¿cómo es posible que un pensamiento triste se baile en medio de una institucionalización carnavalesca? ¡Bailar los dolores de la inmigración¡ ¡bailar en esta tierra negra¡ Esa es, quizás, la intuición discepoleana más primordial; la fatídica relación entre masificación estival (tecnificación) y una pesadumbre que atraviesa a los tiempos modernos. Ese es el recoveco más genuino que debemos subrayar, la desdicha existencial, la desesperanza que se cierne sobre el porvenir. La acritud que recae tras la modernización de las palabras y las cosas.
Discépolo sentencia el fin del progreso y su olimpo. Si bien, bajo el peronismo se baila tango en los salones y en los Estadios, de aquí en adelante -más allá del fetiche cultural- el género será difícilmente tolerado como una expresión genuina de compadritos, de malevos….al estilo del guapo Cruz Medina –valiente y servicial-. Lamentable llego la hora de estetizar los desgarbos arrabaleros del 20’. Presenciamos el fin del periodo “aurático”, fundacional y orillero. No cabe duda que la progresión dramática de Santos Discépolo está relacionada con la década infame (1930-1943). Hay múltiples indicios que nos indican que la escenificación de la orquesta típica es el comienzo del fin y el inicio de vanguardias y ciclos de experimentación de incierta contribución.
Por último, cuando evocamos el sentido universal de su célebre “Cambalache” (1934) y recordamos su densidad pesimista, existe aquí un diagnóstico desolador que anticipa los traumas del pequeño siglo XX. Para Discepolin no fue necesario esperar Auwchitz y su “racional irracionalidad”, la guerra civil española, el conflicto chino-japonés, la burocracia estalinista, “los bolches y los juicios de Moscú del año 1936”. El nefasto corolario de las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, los campos de concentración desde Guantánamo a Villa Grimaldi.
El desbande de la razón, el mismo que desde otra perspectiva había denunciado la escuela de Frankurt, se deja ver en una serie de creaciones donde el dramaturgo en la segunda década del siglo XX subraya la vigencia de la sociedad de las águilas (totalitarismo de izquierda y de derechas). El existencialismo de sus letras nos permite presagiar la debacle del proyecto moderno en los años jóvenes del siglo XX. Por estos días, donde la enfurecida acumulación de capital envilece al lenguaje, donde se resquebrajan los últimos sustantivos, no está demás recordar el Cambalache que gobierna nuestro infinito presentismo.
Trizano. Temuco.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.


