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Opinión

Osvaldo Pugliese: Comunismo experimental y asedio peronista

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Pugliese de lentes gruesos, y de caminatas anónimas por alguna calle de Villa Crespo, se mantuvo lejos del bullicio que acompañó las polémicas de Piazzolla al interior de la industria cultural. De solemne camisa planchada y besos a su hija antes de ir a trabajar, por cuanto la Orquesta era su verdadero Partido Comunista. Pero después de los besos era un hombre que no tenía la certeza de volver a casa durante la represión de la policía peronista (1946-1955).


                                                                                               A Carlos Ossa.

Hay algo en la imagen intimista de Osvaldo Pugliese que devela un “vitalismo ético”. Una figura silente y moderna. También podría ser la imagen de un escritor polaco. El niño de Villa Crespo (1905). El joven “imprentero”, el lustra botas con consciencia social, el Decareano insobornable que debía llegar ¡al Colón! Un hombre fiel a los barrios y distante de los rascacielos y  “fiero carcelero” de Villa Devoto. Aquel “albañil” que en jornadas sindicales emplazó a los sellos discográficos por sus  utilidades abusivas.

El infranqueable militante de su propia cooperativa tanguera cuya estela fue un “obrerismo de la esperanza”. Y es que el músico se definió, en más de una ocasión, como “laburante y rasca atorrante”. De allí su eterna incomodidad cuando le decían ¡maestro!, y replicaba con vehemencia que no era más que un “tornillo de la maquina tanguera”.

Pugliese de lentes gruesos, y de caminatas anónimas por alguna calle de Villa Crespo, se mantuvo lejos del bullicio que acompañó las polémicas de Piazzolla al interior de la industria cultural. De solemne camisa planchada y besos a su hija antes de ir a trabajar, por cuanto la Orquesta era su verdadero Partido Comunista. Pero después de los besos era un hombre que no tenía la certeza de volver a casa durante la represión de la policía peronista (1946-1955).

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Bajo el primer gobierno de Perón su nombre fue proscrito violentamente y se le impedía efectuar presentaciones porque el “arte popular” que investía el pianista no encuadraba en los moldes culturales del peronismo. La policía hacía ronda en los espacios recreativos que eran -mayoritariamente- “barrios de tango”, clubes de filiación pugliesiana. En cierta ocasión un comisario le mostró la orden oficial emitida desde la presidencia, y rezaba así: “El señor Osvaldo Pugliese está inhibido de trabajar en el orden nacional”. Eran tiempos donde la ausencia de Pugliese en la orquesta se expresaba con un clavel rojo sobre el piano en señal de respeto. Por aquellos años la “fanaticada” se organizaba clandestinamente (“boca a boca”) para indicar donde sería la próxima presentación de la orquesta. Según palabras del afectado, el motivo era su orientación marxista, pero no precisamente por ser un lector de la dialéctica o el marxismo de Sartre, sino por su apoyo a la causa Española contra el fascismo.

Años más tarde, y casi al final del derrocamiento de Perón (1955), alcanzó a estar seis meses detenido en la cárcel “Villa  Devoto”: y allí pasaba las horas, cocinando y lavando platos con los reos de turno, esencialmente, con los tangueros más fieros, compartía largos periodos de encierro. Un par de años más tarde pagaría otro encierro junto a cientos de comunistas en la “operación catedral” (1957).  A poco andar  ocurriría lo mismo bajo el gobierno de Arturo Frondizi (1958). Luego grabaría “Milonga para Fidel” (Maciel/Belusi). Y es que aquel muchacho, al que siempre le gritaban ¡al Colón, al Colón! impuso un sentido cooperativo a las formas rítmicas de una orquesta que solo aceptaba “virtuosismos”, “solistas” y “evolucionismos”,  a condición de contribuir a mejorar el “acento expresivo” de una cooperativa tanguera que evitaba toda “figura patronal” y sus jerarquías. Tal sentido de comunidad, de cultura obrera, ligada al sosiego existencial del pianista -su pasividad, su austeridad- y las formas de ritmar y rimar se mantuvieron fieles a todas las duplas de vocalistas y músicos: Chanel y Moran, Maciel y Belusi, Jorge Vidal o Miguel Montero, Juan Carlos Cobo o Carlos Guido, hasta su último periodo con Abel Córdoba y Adrián Guida. Pero también a músicos como Ruggiero, Lavallen, Julián Plaza o Mederos, Daniel Binelli, Roberto Álvarez y Alejandro Prevignano. El autor de “La Yumba” (1946) consolidó una orquesta de “personalidad integral”, que luego se fortaleció aún más con “Negracha” (1948) y “Malandraca” (1949) alcanzado un lugar vanguardista que tendría influencia innovadora sobre Astor Piazzolla y la contemporaneidad del género, refrendada en los años 70-80 por el propio “Sexteto Tango”.

Por doloroso que resulte hay que decirlo. Pugliese fue parte del campo artístico que engrosó las “listas negras” durante el primer peronismo (1946-1955) y padeció detenciones y censuras, pese a que su orquesta estaba compuesta por músicos y cantantes adherentes al primer Peronismo -caso del icónico Alberto Morán, y de Jorge Sobral-. Ello constituye uno de los hitos más oscuros y confusos de hegemonías culturales en disputa sobre lo nacional-popular. No se trata, en ningún caso, de negar la dignificación que conocieron los sectores populares de la Argentina gracias a las políticas sociales de Juan Domingo Perón. Pero la historia es indesmentible: la persecusión existió antes, durante, y después del primer peronismo.

Para el anecdotario, durante el duro año de 1948 -“el año de la cana”- fallaron en más de una oportunidad los intentos de la policía por cancelar los recitales de la Orquesta cuando el público salía fervoroso en defensa de Pugliese y en ocasiones lograban detener la clausura del espectáculo y, puntualmente, la detención del pianista. Según Pugliese, el apoyo de algunos peronistas era una expresión de lucha por la libertad [de los propios peronistas], una expresión de que estaban en contra de una medida que no entendían. Y es que -en medio de lo “nacional-popular”- los seguidores en su veneración rompían el carnet del partido en presencia de la policía y otros se acercaban para aclarar que siendo peronistas no apoyaban la medida de las autoridades de turno.  

Existen al menos tres dimensiones de la palabra “cultura”, la antropológico-social, la ideológico-estética y la político-institucional que podrían contraponerse polémicamente respecto de cómo se expresan los imaginarios simbólicos, según el acento del análisis. En el caso del peronismo su caracterización chauvinista de lo popular y lo nacional, comprendía  una ideología que hizo rechazar en bloque lo extranjero y encumbrar indistintamente los temas y el lenguaje del pueblo entremezclando lo reaccionario y lo progresista, los oprimidos y los intereses de la industria cultural.

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Aquí la intervención de Pugliese representa una identidad en hibridación que mantuvo un diálogo “vivo” y “fiel” con “lo nacional-popular” capturado por el Estado peronista y la liturgia del “pueblo destinado”. Y como veremos más adelante, aquí se entrecruzan dimensiones estético-ideológicas con las tareas de la política-institucional: el peronismo portador de “lo nacional” y policía cultural del Estado obró como “coagulo” de “lo imaginal”. 

Según el propio pianista, él nunca fue “un anti-peronista”. Este intríngulis responde a una atmosfera político-cultural de intensos vaivenes discursivos, donde el clivaje pueblo/élite hacía impracticable discursos intermedios, posiciones mixtas o prácticas alternativas, pero igualmente alternaban la simbolicidad de “lo popular” despuntando litigios de sentido, hibridaciones y controversias políticas al interior de “lo nacional”. En esta zona muda Pugliese responde a un collage de fidelidades sociales, significaciones populares e imaginarios simbólicos. Y es que su fuerte nacionalismo lo llevó a criticar mordazmente a Charly García en 1977 como “cultor de un Rock extranjerizante y sin trascendencia” (sic).

Entonces, tenemos la comunicación popular-nacional de fuerte tónica anti-imperialista y, de otro, la instauración de una vanguardia del género que comportaba una “polisemia” de ritmos, recursos y temáticas que permite aclarar la heterogeneidad de las fronteras discursivas. Su orquesta en los 70′ con Arturo Penón, Daniel Binelli y Rodolfo Mederos tiene algunos destellos de una sinfónica y dejaba abierto nuevos intersticios de “experimentalidad” entre lo cultural y lo rítmico (la versión de “Balada para un Loco” de 1970 da cuenta de desplazamientos y de fidelidades a las estéticas ciudadanas). Cualquier análisis culturalista, textual o simbólico de ese registro implica asumir un potencial creativo que obligó a Piazzolla a ubicar a Pugliese en un lugar de radical innovación. Y es que solo mediante la dispersión de los signos -efectos de contaminación de “lo popular”- se puede comprender el vínculo permanente, pero siempre interpretable, entre el campo de lo popular y las políticas culturales (oficialismo) en el caso de Pugliese.

Según la posición del PC argentino, la “industria cultural” -procesos de masificación de orquestas y perdida del aura- que sostenía el tango contenía una poética muy cercana a la cotidianidad capitalista; los lugares comunes, el amor y el desamor, la esperanza y la melancolía, el desengaño, la viejita y el amigo extraviado.

La antropología comunista asumía  que el tango no elevaba la conciencia obrero-popular, pero ello no guarda estricta coherencia con los “afanes evolucionistas” de Pugliese, aunque no siempre ello se reflejó en su poesía tanguera. Si bien, la “guardia vieja” (1895-1930) insistía con una retórica moralista, quejumbrosa, conservadora y radicalmente machista que obligaba a masculinizar la voz femenina, durante un viaje a Francia tuvo lugar una reunión con un importante dirigente del PC Francés -relató la viuda de Pugliese- que sugirió, con tono suspicaz, “que ellos creían que el tango era el lamento del cornudo o de hombres neuróticos”.

Tras el holocausto el peronismo se posiciona en sentido opuesto a cualquier imperialismo cultural al país, haciendo descansar lo nacional en el Estado. Cuestión que abrazaron muchos músicos de tango. A la sazón los  intelectuales comunistas (años 40′) organizaban la batalla cultural en función de la lucha antifascista internacional, luego se develaron las limitaciones de la hegemonía cultural peronista (nacionalismos estéticos, culturales, ideológicos, etc). En suma, la tríada es la siguiente: de un lado, la corriente comunista que se oponía al peronismo chovinista intentando posicionar al Folklor como una autentica música criolla que se oponía a la invasión musical norteamericana como un peligroso agente externo, y de otro la vocación de masas articulada desde el Estado populista que igualmente se oponía a “lo extranjerizante”. Por último, y en medio de esta fricciones, Pugliese se distanciaba parcialmente del “realismo socialista” y  abrazaba la renovación rítmica del género, dejando atrás el conformismo estético que el PC argentino le atribuía al tango peronista.

En suma, hay tres narrativas con puntos comunes y terrenos en disputa; la comprensión del oficialismo peronista que hizo del pueblo un “sujeto” (aunque institucionalizable y jerarquizable, “coagulando” la “imaginación popular”); el anti-imperialismo del realismo comunista, el rechazo al neofascismo, y la apertura hacia al “internacionalismo socialista”.

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Finalmente, las atribuciones de sentido entre lo visual, lo estético, lo ciudadano que Osvaldo Pugliese hacía sobre el nacionalismo cultural, su rechazo a la música extranjerizante (Rock, 1977) y la vanguardia moderna con su potencia interpeladora sobre “pueblos” desde una fisonomía que no calzaba con la dramaturgia peronista. Es vital entender la disputa hegemónica que se juega en estos tres registros: de un mismo clivaje derivan tres narrativas. Y en el caso de Pugliese tales fricciones entrecruzan lo simbólico, lo institucional, lo antropológico, lo ideológico, lo estético, lo cotidiano, lo hegemónico y lo popular, cincelando una propuesta que recién se consagró en los años 70′ trasuntado tiempos de dogmatismo e intentos de innovación.

Una revista cultural representó (años 60′) la conflictiva sensibilidad cultural y simbólica de Pugliese dentro de estas disputas de sentido, género y evolución. So pena de ciertas fidelidades con el lenguaje musical del PC Argentino, el autor de “Negracha” defendía la vinculación entre “tango” y “pueblo” mediante la “comunicación de masas”, matizando el maltrato comunista sobre los vicios de la industria cultural argentina. Pero ello tampoco comprendía una ligera  complacencia con el Partido Justicialista.

Tácitamente el pianista agravó la diferencia de horizontes estéticos e simbólicos respecto de cómo abordar las relaciones entre la política cultural y lo nacional-popular dibujando un “pueblo tanguero”, pero con la fisonomía de una potencia experimental que claramente excedía el periodo institucionalista-ciudadano del tango oficial (1940-1955). El aparato simbólico del peronismo padecía un desajuste entre “pueblo”, “cultura popular” y “política”. El intento justicialista fue codificar a un pueblo “suturado” y “destinado” a la “patria peronista” en un proyecto nacional. Entonces,  ¿en qué consiste este impase entre tango y pueblo que la policía cultural del peronismo debía controlar o disolver por cuanto la “sutura” de lo imaginal desde lo Estatal es una tarea inacabada? Bajo el peronismo el Estado buscó capturar un “pueblo” administrable en su orden representacional -lo dialéctico/destinado del campo popular-. Contra tal liturgia no habría pueblo unitario, purista o suturado y Pugliese -asumiendo tal tesis-  se comenzó a mover en esa dirección tempranamente desde la creación del tango Recuerdos (1924) y luego retoma ese proyecto después de 1955, hasta su consagración en los años 70′.

Dada la vocación “vanguardista”, grabada en su intensidad rítmica y penetrante expresivismo, con pocos espacios de fraseo, tal registro solo fue posible por una combinación entre lo popular, lo nacional y el “significante pueblo”. Adicionalmente, la orquesta de Pugliese no representaba el centro del tango (Troilo). Él encarnaba un hombre de la orilla de Buenos Aires. Aunque proscrito e innombrable, en este caso Pugliese representaba la orquesta del peronismo de la zona sur de Buenos Aires, lugar donde se fue alojando el proletariado del proceso de industrialización que se llevó a cabo con el peronismo histórico (1946-1955).

A nuestro juicio, en el escenario cultural y social del peronismo, Pugliese empujó un desvarío -y quizá una contaminación creativa entre lo social y los lenguajes instrumentales- que aún no se termina de dimensionar. El pianista estaba globalmente condicionado al “populismo de época” y a la comunicación de masas, pero el arte popular implica una forma oblicua y heterodoxa de acampar en el mundo derogando la reiteración de las formas visuales. La “realidad” se puede organizar de una manera distinta a como la vemos: una  ritmicidad creativa implicó una liberalización de la mirada que hizo dialogar la sonoridad con el sentido de colectivo musical (a riesgo de teología, “la inminencia de la revelación decía Borges”). La producción polisémica de la orquesta no estaba  referida a “lo popular” como algo “suturado”, dado a-priori.

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La enseñanza subyacente es más bien que “lo popular” nunca es conmensurable con un mismo “pueblo tanguero” u homogéneo, de allí ese diálogo de aperturas entre el pianista y Piazzolla. “Un pueblo es siempre un descalce”. Ya sabemos gracias a los trabajos de Ernesto Laclau (2005) que gran parte de la eficacia del populismo en la Argentina residió en establecer una conocida dicotomía entre pueblo/élite. Evidentemente Pugliese proponía, al menos en su línea de evolución -conceptual, sonora, expresiva-  un pueblo sin dialéctica que excedía a la “patria peronista” y su teleología. De este modo su experimentalidad fue un “remanente de sentidos” que desafió al régimen visual que el oficialismo cultural de Perón no estaba dispuesto a tolerar porque su gobierno abrazó un pueblo nacional/productivista. He aquí una diferencia fundamental que, en términos de rupturas internas, hace a la vanguardia pugliesiana tan intensa como las rupturas del propio Piazzolla bajo los procesos de massmediatización de una Europa Multicultural (años 80′).

En su último gobierno un anciano Perón (1974) realizó una actividad para músicos en la casa de Olivos luego de una actividad popular a la que Pugliese no dudo en asistir. Allí el líder del justicialismo con una sonrisa gardeliana que siempre supo administrar le manifestó sus excusas históricas: “Gracias maestro, gracias por saber perdonar”. Y a su manera, el autor de “Recuerdos” lo perdonó y (posteriormente) en más de una oportunidad su voto fue peronista. Luego vino otro golpe de Estado y la noche de los “cuchillos largos” sacudió a la Argentina (1976-1982). Con todo el autor de “La Yumba” ya era un mito viviente que -dada su “monumentalización”-, había sobrevivido a su inscripción en la vieja guardia, al periodo del “peronismo sin Perón” (Revolución Libertadora), incluso años más tarde rectificó posiciones respecto al rock argentino, mediante el aporte de Fito Páez. Las nuevas generaciones no pudieron más que reconocer esta extensa trayectoria popular y su profundo sentido innovador (1976-1982). Por fin el autor de “La Yumba” militaba en un solo comunismo; la infranqueable fidelidad a “una orquesta donde todos orquestaban” como una cooperativa -de acción ética- que él fundó sin personalismos en 1939. Y es que junto al sentido de equipo que abarcaban los arreglos y la instrumentación Pugliese sumo su “ética  social”, mediante la distribución a porcentaje de las retribuciones. 

Ya han pasado 35 años del homenaje póstumo. En presencia de Raúl Alfonsín, Héctor Larrea lo presentó así, “Y Osvaldo Pugliese llegó al Colón”.   De allí en más la santificación no ha tenido final…  

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Opinión

 El estallido del 20%

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado.

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Se ha desatado un “estallido” discursivo en la derecha. Una derecha asociada a una parte del progresismo neoliberal. Se trata de un estallido ruidoso, empeñado en denigrar el proceso democrático que eligió, mediante votación popular, a sus representantes para redactar una nueva Constitución.  La derecha, no alcanzó el poder al que aspiraban, pues ellos querían y quieren una Constitución que mantenga en su centro la dominación cultural y económica de las últimas décadas.

Este estallido se despliega día a día, enciende pasiones, acumula cuerpos, planifica acciones que se diseminan, mediante un vértigo envolvente, a través de sus sedes: los medios de comunicación, manejados mediante el poder que les otorga la impactante concentración económica del “empresariado-revista Forbes”. Este “estallido neoliberal” muestra y demuestra cómo la política de los acuerdos establecidas por las elites, a partir de 1990, nunca ha cesado. En los primeros años de la transición fue necesario acordar, pero luego estos acuerdos se volcaron de manera cada vez más favorables hacia las elites económicas hasta naturalizarse, transformarse en costumbre y después en verdad. Así una parte de la elite progresista neoliberalizada, hoy está completamente cautiva en esas prácticas que a lo largo de “30 años” permitieron una desigualdad social sin precedentes.

Resulta ineludible que el arco de la derecha ha experimentado transformaciones. Las derechas conformadas por UDI, RN, Evopoli, se han fusionado, lo hicieron cuando se plegaron en las recientes elecciones al candidato Kast, ultra reaccionario, autoritario y elitista y desde luego apegado a la figura de Augusto Pinochet.

La derecha carece de liderazgos. No existen en su interior figuras que sean capaces de aglutinar y es esa debilidad la que provoca que el actual estallido del 20% no tenga más horizonte que el rechazo, al que ya se ha plegado parte del progresismo neoliberal, mientras otra cepa de estas elites progresistas acuña una posición inestable, ambigua, bajo el lema: “aprobar para reformar”.

En esta atmósfera existen situaciones curiosas o abiertamente raras.

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Desde mi perspectiva, la comisión respectiva de la Convención, debió considerar la presencia de los ex Presidentes al acto de entrega del libro, como parte de su protocolo, pero aun en medio de esa descortesía, sucedió un hecho curioso cuando el ex Presidente Ricardo Lagos envió una carta excusándose de asistir horas ANTES de que los convencionales revirtieran la decisión de no invitarlo, es decir, mandó una (larga) carta de excusa cuando NO estaba invitado a la ceremonia.

Y como no referirse al senador Felipe Kast. Este senador tiene una cierta obsesión con las mujeres y sus cuerpos. El año 2017, justo el 8 de marzo, él cursó una (legítima) pulsión travesti y apareció como “mujer” en un video. Fue un gesto importante proveniente de un habitante de la derecha política que avalaba (como lo asegura el sicoanálisis) desde el despliegue de su deseo, disidencias y transformismos. Ese día, realizó a partir de su condición de “mujer”, un reclamo correspondiente al feminismo liberal. Ahora, cinco años después, ingresa de nuevo a las mujeres, ahora, en el territorio reproductivo. Lo hace desde otra vuelta de tuerca, más cercano esta vez a la locura, mediante un anuncio a la ciudadanía advirtiendo que el texto Constitucional señala que habrá abortos a los nueve meses de gestación. Pero lo insólito es que no existen abortos de nueve meses de gestación, lo que sí sucede a los nueve meses es el parto. En ese sentido, hay que señalar que el Senador carece de saberes acerca del tiempo reproductivo y su intervención más que un “fake” apunta a una zona conceptual que nunca me atrevería a calificar como tontera, para no ofender, pero sí de una ignorancia asombrosa. Así estamos. Por otra parte, un ex funcionario piñerista aseguró que votaba “rechazo” porque era una Constitución comunista.

Pero, más allá de las anécdotas de las elites y, a pesar de ciertas cupulas neoliberales que habitan el Partido Socialista, su pueblo, el pueblo socialista, hombres y mujeres, los jóvenes e independientes, votarán apruebo. La tarea urgente es despinochetizar el país. Romper el neoliberalismo salvaje impuesto bajo dictadura, hacerlo por los miles de muertos, por los detenidos desaparecidos, por las memorias, por la resistencia ante el desprecio y las condiciones de vida de los habitantes de las periferias.

Y gracias a los pueblos indígenas, la plurinacionalidad nos volverá plurales, seremos, sí, más inteligentes, mucho más interesantes porque vamos a ser portadores de la actualidad del pasado que precisa la construcción del futuro.

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El mal discursito de película gringa de Cristián de la Fuente

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro.

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En un programa que se transmite en televisión y por Youtube que ya no vale la pena ni mencionar, el actor chileno Cristián de la Fuente- en un despliegue de oratoria propio de las películas norteamericanas de las que ha querido protagonizar y no ha podido-dio un discurso en el que hablaba de su vida, de su construcción personal como sujeto, contándonos problemáticas familiares.

De la Fuente puso énfasis en el hecho de haber sido el hijo de la amante de su papá, quien tenía otro matrimonio en el momento en que él nació. Nos contó también que, luego de años de sacrificios, terminó manteniendo a su madre.

Nadie bien intencionado podría discutir todos estos hechos, lo que tuvo que pasar durante los primeros años de su vida, ni mucho menos lo que hizo para conseguir lo que tiene. Sin embargo, sí podríamos-y deberíamos- hacernos una pregunta esencial respecto a las condiciones sociales y materiales desde las que surgió, lo que, aunque no se considere importante, en una sociedad de las características de la chilena no es algo menospreciable.

Si bien quienes se dicen defensores de las “ideas de la libertad” nos recuerdan el evidente desarrollo social que ha tenido Chile en los últimos 30 años, lo que no parecen entender, aunque claramente lo deben presenciar, son las certezas sociales que unos tienen por sobre otros, no por la calidad de los establecimientos en los que estudiaron- De la Fuente lo hizo en el Grange-, sino porque hay lugares en los que hay más redes, contactos y la cancha desde la que se parte es diferente.

¿Ha logrado el mercado atenuar esas diferencias? Claramente ha hecho que la gente tenga más acceso al consumo, a pagar cosas que antes no podía; pero no ha terminado con la idea del “¿de dónde vienes?”, que cruza toda relación humana y muchas veces está por sobre todo tipo de otra consideración.

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¿En qué se equivoca el actor? En que desprecia esos factores que, finalmente, también terminan siendo económicos.

Aunque puede haber quienes hoy en día gusten usar el victimismo como acción política, creer que la existencia de certezas públicas es algo así como un regalo de los impuestos de unos hacia otros, no es más que negarse a la construcción de una sociedad en que lo público sea revalorizado y en que esas diferencias de nacimiento, que sí existen, no dependan sólo de una competencia interminable en que el mercado termina muchas veces, en nuestro país, funcionando de acuerdo a la proveniencia.

Por esto es que resulta sumamente complejo no entender la idiosincrasia en la que se vive, pasando por ella sólo como un detalle. Aunque éste no es el país de las clases patronales y de las burguesías aristocratizantes que fueron tan marcadas hasta antes de la irrupción del neoliberalismo, que haya quienes gastan altas sumas de dinero para meter a sus hijos en ciertos colegios debido a las redes ya mencionadas más que por su calidad, da cuenta de que la clase está ahí, presente, visible, clara, y que despreciarla cuando se habla del esfuerzo de uno sobre otro, es una deshonestidad intelectual enorme.

Las condiciones materiales importan y el acceso a ellas también. Por eso hay que tener cuidado cuando se habla de la libertad y el esfuerzo de manera tan simplona, tan vulgar como lo hace De la Fuente, y sobre todo cuando se cree que todo quien no ha logrado lo que otros sí, se debe, exclusivamente, a querer vivir del otro. Cualquier análisis medianamente exhaustivo deja en claro que hay varias, demasiadas variables, aparte de las ya mencionadas, que derrumbarían su mal discursito de película gringa.

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Opinión

El Fallido Plan B

No pueden garantizar nada. Son los firmantes de la carta los que han gobernado el partido durante la última década. En ellos recae la responsabilidad política ―que, por lo demás admiten como «fallas y omisiones en que hemos incurrido las élites políticas» y en el mea culpa «conscientes de los errores cometidos»― de haber desarmado la base ideológica y doctrinaria de una organización que al decir de Huneeus se preciaba de ser un partido institucionalizado, de la pérdida de presencia parlamentaria, de carecer de absoluta injerencia en la Convención, y de haber desaparecido del mundo social.

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En vísperas de la junta nacional que deberá realizarse el 16 de julio, nueve expresidentes de la Democracia Cristiana hicieron pública una carta exhortando la libertad de acción para divulgar los votos de Apruebo y de Rechazo, y agregando que la franquicia debería extenderse a todos los órganos de decisión internos, en clara alusión a la JDC y al Frente Feminista, que ya han resuelto votar Apruebo. 

Firman la carta exdirigentes refractarios al proceso constituyente y que esperan que la dispensa les permita promover sus opiniones e influir en el plebiscito de salida. El embajador Frei que sin dar razones avisó a la Convención que no concurriría a la Ceremonia. También Goic, Krauss, Foxley y Walker, que militan en Amarillos Por Chile y han sido públicos partidarios de un Plan B. El convencional Chahin, que es una voluntad disidente solitaria, no sólo respecto de su partido, sino de sus propios referentes en la Convención. Y Hormazábal, un crítico apocalíptico del texto, especialmente de los pueblos originarios en cuyo reconocimiento ve el rompimiento de Chile ―«se construye un Chile desconocido que convierte al país en un archipiélago de autonomías con una clase especial: las etnias originarias», ha escrito― y la defensa de privilegios.

Sin embargo, lo más importante de la misiva de los expresidentes es la acreditación del fracaso del Plan B que venía propugnando, principalmente, Ignacio Walker. Pérdida que asumen explícitamente los antiguos personeros cuando resignados señalan que «nos habría gustado una posición fundada, clara y propositiva, pero, la forma establecida, en torno a una elección binaria, de dos opciones, Apruebo o Rechazo, no nos permite matices ni cambios.» Y, claro, lo ideal habría sido la pregunta que instaló Izikson en la encuesta Cadem sobre una tercera vía que propusiera una nueva Constitución.

Los orígenes del Plan

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¿Quiénes fueron los primeros en anunciar un Plan B?

Fueron quienes quedaron insatisfechos con la elección de convencionales ocurrida hace un año, y empezaron a sembrar dudas sobre el texto que estaba elaborando la Convención. Fijaron su posición aún antes de que se propusiera un solo artículo de la futura carta. ¿Por qué pensaron en un Plan B, si nadie había definido un Plan A? Lo pensaron como reflejo condicionado por una experiencia aprendida en 1989 y confirmada en 2005.

Después del triunfo del NO de 1988 ―algo inesperado para vencedores y vencidos―, hubo que arribar a acuerdos de reforma constitucional con quienes detentaban el poder de la dictadura. Esas negociaciones fueron el comienzo de la vía transaccional a la democracia tutelada y semi-soberana que sobrevino. Un Plan B que siete millones de ciudadanos convocados por líderes como Aylwin y Lagos, se movilizaron para sacramentar en las urnas, pero cuyo propósito fue mantener vigente la Constitución del 80, porque tenían el poder para mantener la Constitución del 80. Algunos censuran a quienes apoyaron esa salida y siguen siendo críticos de la Constitución de Pinochet. Lo consideran una contradicción porque entienden que el plebiscito del 30 de julio de 1989 dotó de legitimidad de origen a la institucionalidad autoritaria.

Por eso, también hablan de la Constitución de Lagos, y no de la del 80 o del 89. Y es que el año 2005, firma sobre firma, otro Plan B vino a declarar la extinción de normas transicionales tales como el fin de los senadores designados y vitalicios, que, sin embargo, participaron en la redacción y aprobación de la reforma pactada en la Cámara Alta. Fue así como prevaleció la poción mágica de la derecha, el quórum de un tercio del sistema binominal que les aseguraba ser mayoría en las asambleas deliberantes, y que recién vino a ser suprimido en 2015, más exactamente en 2018.

El Plan B del que se habla ahora, siempre ha sido y será una bisagra que permita a los gestores de la Constitución de la dictadura, negociar el estatus de su poder e influencia en los emergentes escenarios políticos. La figura de un Plan B torna necesaria la presencia de negociadores que se entiendan y se comprometan con los artífices de la actual Constitución, y éstos no pueden ser sino los actores y herederos del 89 y del 2005, cuyo perfil biográfico más nítido lo ofrece Amarillos por Chile.

El caso es que esta vez no funcionó un Plan B alternativo al itinerario constituyente inaugurado en 2019, como sí operó con éxito en 1989, durante las negociaciones Cáceres-Aylwin, porque el gobierno de Pinochet no esperaba perder el Plebiscito del 5 de octubre de 1988 ni enmendar su Constitución; y en 2005, para los acuerdos Lagos-Romero, porque se agotaban las instituciones transitorias de la Constitución del 80 que permitían a la derecha el control político, y resultaba urgente prolongar la democracia de los consensos.

Con todo, en la misma coartada de los expresidentes está también su talón de Aquiles. En 1980 también hubo dos opciones y, no obstante, el presidente Eduardo Frei Montalva, quien encarnaba la voz de la oposición, no tomó la palabra en el Caupolicán para invocar la libertad de acción, sino para convocar al país a una Asamblea Constituyente. También en 1988 hubo dos opciones, y el llamado de la Concertación de Partidos por el No fue a votar en contra de prorrogar la permanencia de Pinochet en el poder. Y en 1989, no hubo borradores, ni debates territoriales, ni críticas a los convencionales que, a la sazón, eran los propios negociadores. La ciudadanía entendió que había que concurrir a votar para acabar con la dictadura, porque confiaba en los mensajes de los líderes políticos, religiosos y sociales, y no porque creyera que así debía ser la transición democrática. El dolor y el sufrimiento padecidos por el pueblo, exigía ponerle fin a ese estado de cosas, más allá de los “matices y cambios”.

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Boric inspira a Maritain

¿Por qué los expresidentes defienden la coexistencia de dos acciones políticas diametralmente opuestas y simultáneas dentro del partido? Porque la consideran legítima, como quien vota en conciencia en el Congreso a favor de la supresión de la pena de muerte o de la eutanasia. Algo legítimo es algo justo, razonable, verdadero o legal. Apelan para ello, no a Maritain, no a El Hombre y el Estado, sino a la iluminadora reflexión del presidente Gabriel Boric, que ha señalado que ambas opciones son legítimas. Su autoridad es la palabra de Boric. ¿Qué esperaban que dijera Boric? Es el presidente de todos los chilenos y son las reglas del juego que gobiernan a todos los chilenos. Como tal debe dar garantías a todos, desde putinistas hasta ultramontanos republicanos. Luego, lo que es legítimo para Boric, y para la sociedad en su conjunto, no necesariamente lo es ―y no lo es en esta ocasión― para la Democracia Cristiana.

La Democracia Cristiana es un partido político, una asociación libre de personas que coinciden en una declaración de principios, unos estatutos y unos órganos de deliberación, de ejecución y de justicia. Adhiere a unos principios que son la dignidad esencial de la persona y de sus derechos. A unos valores de justicia, de solidaridad, de libertad, de paz y tolerancia. En virtud de todo esto comparte una noción de la sociedad, el Estado, las comunidades, la naturaleza y la democracia. Y su deber es ofrecerle al país su proyecto social, que empieza por la Constitución Política. No es legítimo, porque entrañan proyectos sociales distintos, la voluntad de perpetuar la Constitución del 80, que es lo que confirma el voto de Rechazo, y al mismo tiempo y junto a la decisión de remplazarla por la nueva Constitución, que es lo que significa el voto de Apruebo, en una colectividad que está llamada a zanjar esta disputa.

Y no es legítimo porque la controversia sigue cruda y lacerante. No por nada, expresamente, la carta de los expresidentes diluye el reconocimiento de los pueblos originarios, realzado por la Convención en la figura de un Estado plurinacional, en el neoercillano poema de «un proyecto de país que nos garantice un presente y futuro en que nuestros pueblos originarios y las corrientes migratorias que le han dado forma a nuestro querido país encuentren un marco común…» Otros, en la vereda opuesta, seguirán profundizando lo que hace nueve años escribieron en el programa de Orrego: «La propuesta fundamental que estamos haciendo hoy, ya no es solamente que Chile reconozca a los pueblos originarios, sino que Chile tiene que reconocerse como un Estado Plurinacional y pasar del tratamiento sectorial de la temática de pueblos indígenas a uno de carácter nacional, para lo cual proponemos la creación del ministerio de Pueblos Indígenas y Asuntos Interculturales, que permita tener una visión integral tanto política, económica, cultural y educacional de toda la temática indígena».

Un acta de disolución

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La libertad de acción entraña la renuncia a la función esencial del partido, que es la organización de los intereses generales de la sociedad chilena. Es la abstención moral respecto de los principios, valores y fines de la acción política. Es el abandono de la misión para la cual han sido convocados los militantes, adherentes y ciudadanos. Es convertir a la comunidad de personas libres en un campo de fuerzas, en un cuadrilátero de disputa, donde sin miramientos por la camaradería, se confrontarán lo mismo las fuerzas brutas del Apruebo como la competencia salvaje del Rechazo. Se trata de un escenario auto flagelante y autodestructivo que la Democracia Cristiana no se merece. Por eso, es ilegítima la libertad de acción. Sería más legítimo que triunfara el Rechazo, y que quienes creen que lo mejor para Chile es el voto de Apruebo, se limitaran a su libertad de conciencia en la cámara secreta, o renunciaran al partido para promover y difundir su opción. 

Sin embargo, los expresidentes prometen que la libertad de acción aplacará las tensiones y permitirá resolver los conflictos dentro de tres años. La pregunta que surge entonces es ¿cómo se cumplirá esta promesa? La Democracia Cristiana hoy es un espejo trizado, algo que no ignoran quienes piden libertad de acción para, a lo menos, satisfacer la expectativa de una ruptura pactada.

No pueden garantizar nada. Son los firmantes de la carta los que han gobernado el partido durante la última década. En ellos recae la responsabilidad política ―que, por lo demás admiten como «fallas y omisiones en que hemos incurrido las élites políticas» y en el mea culpa «conscientes de los errores cometidos»― de haber desarmado la base ideológica y doctrinaria de una organización que al decir de Huneeus se preciaba de ser un partido institucionalizado, de la pérdida de presencia parlamentaria, de carecer de absoluta injerencia en la Convención, y de haber desaparecido del mundo social. Mas, son los expresidentes quienes escriben en su carta que «la propuesta de la Convención Constitucional requiere un estudio profundo y riguroso». Deberían preguntarse cuándo perdió el partido esas capacidades de análisis y elaboración. ¿En la administración de Latorre, que debió haber realizado el Sexto Congreso, o en la de Chahin, que limitó su gestión a su pura planificación?

Esto nos recuerda las lecciones del profesor Mario Fernández, que para rebatir el texto de la Convención sostenía que el presidencialismo chileno no tenía acreditación empírica, es decir, que era un mito, desconociendo con ello todos los antecedentes que los Congresos de la Democracia Cristiana tuvieron a la vista para propugnar el tránsito hacia un régimen semi-presidencial o semi-parlamentario.

La libertad de acción es un acta de disolución del Partido Demócrata Cristiano. Es el costo que deberían pagar los democratacristianos para satisfacer las necesidades políticas de sobrevivencia de quienes coinciden con la derecha en los fundamentos del voto de Rechazo. El partido tiene el deber de defender su memoria y su identidad.

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