Matías del Río: El Patricio Aylwin del espectáculo político

Del Río es una “figura íntima del riñon concertacionista” que condensa despolitización y espectáculo al mismo tiempo. Dicho sea de paso, también representa la hipocresía sonriente del campo informacional de la post-dictadura para dulcificar las esquirlas de la post/dictadura.

Hablar de Matías del Río es invocar una herencia falangista de los años ’90 que nos lleva a recordar a Ascanio Cavallo durante los diezmos transicionales. Es retornar a la miseria cognitiva del periodismo de Vitacura en sus primeros años de “lepra arribista” y autocomplacencia oligarquizante. Una fase final de la decadencia noventera que no soporta un Chile de emplazamientos, cuerpos, multitudes y feminismos que pongan en riesgo el guión abusivo de las instituciones. Del Río, amante de los consensos cupulares y agente de la despolitización, ha cultivado ese recurso pastoral de las elites, despreciando los desbordes del movimiento popular, refrendando los logros modernizantes de la postdictadura. El sujeto de marras ha sabido empatizar con las audiencias desde la sensatez consensual, las “zonas de confort” emocional y la terapia de la “buena onda” (evitando que el mal-estar devenga en conflicto). 

Con su rictus moderado, la política del avisaje no ha develado -burdamente- el “simulacro histérico” para colonizar el sentido común del lumpenconsumismo. El Chile de “Los Matías” es parte del Aylwinismo aséptico y la erradicación del conflicto, para preservar el progreso higiénico de los consumidores insatisfechos. En virtud de su forma de mediatizar los antagonismos, logró mesurar el momento antagónico de las exclusiones que dieron lugar a la “revuelta chilena” (2019). Del Río es el moderador -árbitro- que responde a sus amos cognitivos administrando el “principio de realidad” para una chilenidad dócil, relegada en objetos psiquiátricos: el mainstream supo valorar sus atributos intensamente conservadores. 

En medio del “hampa” que implica la industria de medios, sus transgresiones y arribismos, ha sido el mayordomo de los “moderadores”, entremezclando el sosiego pastoral, la “inteligencia lúdica”, el equilibrio conservador y el realismo reaccionario. Del Río ha imputado cada insurgencia irritante (2011) y es alérgico a las posiciones críticas expresadas con convicción que devienen pecaminosas, emotivas e interdictas (2019).

Curiosamente en Chilevisión, y en la continuidad dominical de nuestro Reyno, Del Río fue el somnífero de Fernando Villegas. Para Matías, Villegas era un “necesario ecualizador” de lo exótico al servicio del orden oligarquizante; por ello, reía con sus delirios conservadores y tonos punitivos. En ese régimen visual donde los únicos Dioses que podían hablar eran los Villegas, los Hermógenes y toda esa patrulla espectacularizante que fingía romper el silencio transicional levantando el tono, pero replicando exactamente los mismos eslóganes del orden portaliano. Y así Del Río, cual coaching, conectaba con la pasividad despolitizada de la vida cotidiana, aislando las pasiones democráticas. El periodista se inclinaba por los rebeldes reaccionarios que no cuestionaban el núcleo traumático de las memorias. Allí Villegas era el desarrapado, respecto al estilo de Cancillería que cultivó Raquel Correa, jipi del orden, chascón desafiante y de roles protagónicos en nuestra farándula política, profundamente institucionalista, de aires conservadores, pero finalmente un “defensor” travesti del orden en clave iconoclasta. Del Río supo leer tal travesía y brindaba las indulgencias del caso.

Agencia Uno
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Su discurso endulzado alude a la figura del ventrílocuo; allí él escenifica el muñeco que dosifica la irreverencia de una élite (desidiosa) que, en su interior, no puede más que administrar su desprecio por el campo popular. Del Río es una “figura íntima del riñon concertacionista” que condensa despolitización y espectáculo al mismo tiempo. Dicho sea de paso, también representa la hipocresía sonriente del campo informacional de la post-dictadura para dulcificar las esquirlas de la post/dictadura.

El conductor es la última cara de ese “periodismo noventero” donde lo importante era administrar los silogismos del orden transicional, aplaudir a la “crítica protegida” del corporativismo elitario, vestido de “heroísmo informacional”, administrando la desigualdad cognitiva de la gubernamentalidad visual. En resumen, se trata del déficit político de una democracia cesarista cuando Del Río intentaba construir la imagen de una “voz reflexiva” -turística- y promocionar la “crítica neutral” a las corporaciones. Dicho de otro modo, el sujeto de marras es la “lengua pos/política” de la democracia elitaria, dado que su vigor del ocaso, más que obrar como un acto genuinamente desacralizador, ha sido la defensa “erótica” de las modernizaciones concertacionistas.

Toda esta trama de subjetividades, ha sido condensada en el mundo de “Los Matías”. Y ello no es más que un universo simbólico cuyas filiaciones operan como “sirvientes semióticos” de una élite que, aburrida de sí misma, (cede al populismo por la vía de las masificaciones) y necesita no solamente recitar sus glorias, sino gozar de un dosificador del sentido común que hoy encuentra eco en el mundo colérico del Rechazo.

El ex-panelista de Tolerancia Cero se consagró a replicar la diferencia con la terapia de la “risa cínica” (movimiento social), sin embargo, nunca hizo alguna mofa contra aquellos grupos de poder (frugales y sobrios) que hoy lo rescatan del plebiscito y que solo él supo acariciar durante tiempos mejores.

Amén de todos sus privilegios, y pactos mediáticos, Matías se ha desatado en una campaña en favor del Rechazo. Pero hoy más nunca la ley patronal defenderá a su heraldo de una “injusta” campaña de “censura” promovida por los sujetos del riesgo y sus cogniciones rebeldes. Es el monopolio ideológico y la concentración mediática de los medios hegemónicos quienes le otorgan la bula al sacrificio de Matías por cultivar una comunicación facho/progresista. Finalmente, han sido años de sadismo neoliberal que hoy las élites no pretenden dejar en la impunidad.

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