Opinión

Los hijos del mundo deberemos saber traicionar

Salvador Allende decía en su último discurso: “[…] en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente  frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará” (11 de septiembre de 1973).

Escribe Louis Althusser en La revolución teórica de Marx de 1965:

“[…] tenemos la misma guerra a la puerta, y a dos pasos de nosotros, y más aún la misma horrible ceguera. la misma ceniza en los ojos, la misma ceniza en la boca. Tenemos la misma aurora y la misma noche, rozamos los mismos abismos: nuestra inconsciencia. Compartimos sin duda la misma historia, y es por allí donde todo comienza”.

Es una constatación, lo dice el mismo filósofo, de nuestra historia común, de nuestro relato repartido y vivido como humanidad. Pero al mismo tiempo –y más allá de la belleza del párrafo y la delicadeza con la que se hebra cada palabra– permite leer que esa historia es la de una guerra siempre ahí, siempre siendo, siempre deviniendo guerra. Mas, tampoco, se trataría de una guerra en el sentido bélico, sino de una guerra contra el mundo intestino, el mundo que amamos y del que somos no una parte etérea, sino corpórea; mundo, de nuevo, que entra en guerra consigo mismo toda vez que no sabemos que su condición de posibilidad está en nosotros y no en otro lado. Somos la guerra contra el mundo siendo el mundo, su más íntima fibra, su eco más incondicional.

Por eso la tragedia de no ver esta imbricación entre el mundo y nosotros, por eso la ceniza en los ojos y en la boca. Y habitamos, entonces, en un desarraigo permanente, inconsciente; uno que nos ciega y ecologiza de toda la posible miseria por venir.

La ceniza en los ojos como metáfora de nuestra desidia y de la forma en que adulteramos una verdad, por más que sea un océano vertido en la mirada de todos y nos perfore el espacio y el tiempo con toda su inmensidad; incluso siendo desbordados de mundo daremos todo ya por hecho, con-sabido, rotundo en su significación.

El mundo como una herida ya curada, que no duele y que ya no nos reconoce como sus hijos. Pero también todas y todas somos padres y madres del mundo; éste no viene predestinado, no alcanza ninguna realización antes de caer en nuestras manos, de leerse en nuestros pupilas, de reventar como una ola en nuestra “experiencia interior”, al decir de Bataille pero, a la vez, un mundo que solo estiba como instante colectivo ahí donde cada uno es fractal del otro; operación humana más allá de lo humano mismo porque es lo humano lo que está en juego en toda su magnitud.

Lo anterior, que puede estar cargado de “conceptismo”, pienso, no es la transparencia de una verdad, sino y como escribía ahora Nietzsche en su Zaratustra, fruto de nuestra “inveterada soberbia”, del inmemorial abandono, del venerable descuido en el que hemos caído, una y otra vez (dos, tres, infinitas veces) repitiendo lo igual, abrazando las misma trampas: el invariable perímetro en el que nos abrimos al abismo desde dentro y fuera de nosotros para lisar el terreno por donde la infamia desfilará y buscará reventarnos la yugular en un recodo de la historia –la historia de este instante–, a plena luz del día, sin sentir remordimientos, ni preguntarnos el nombre.

Infamia que deviene política, supremacista, psicópata, deletérea e ininterrumpida en la complacencia de una crueldad que se entronizará no sin antes haber celebrado las ceremonias de la limpieza; ritos bautismales por los veremos fugarse, otra vez, nuestro mundo, es decir el nosotros que desaparecerá restando solo el vibrato por el que se filtrará la obsolescente voz de lo propiamente humano.

Pero Althusser, con su extraordinario pasaje, también nos habla de “[…] la misma ceniza en la boca”. Entonces no es solo la horrible ceguera y nuestra negación del mundo que pasa por no ver ni menos sentir las arterias que nos recorren bombeando una misma vida común, distribuida sin límites, sino que no podemos nombrar nuestro mundo; la ceniza se nos coló entre los labios y coronó nuestra lengua como un taumaturgo maldito que no nos permite el habla, no el lenguaje, el habla.

Esto es el saber o querer decir lo que el mundo nos reclama desde su esquina desesperada en la que lo tenemos amordazado y bajo amenaza. Porque lo que está por llegar –bien que estuvo ahí, siempre, en tránsito sistemático de ir siendo, por lo tanto entre nosotros como un fantasma encarnado en la resurrección de las voces negacionistas– es, precisamente, esto: la amenaza. La amenaza es la ceniza en la boca.

Y habría que detenerse un momento. Así como Jaques Derrida nos hablaba de que solo se puede prometer lo que irremediablemente será traicionado –“[…] alguien ya miente, él ya perjura, en el momento del juramento y la promesa”. Derrida, J. Le parjure, peut-être (Brusques sautes de syntaxe), 2017–, es decir, que si la promesa tiene alguna posibilidad de ser lanzada hacia el porvenir es, justo, porque no puede ser cumplida, entonces prometemos bajo el costo imperturbable de que esa promesa será rota, pues es lo mismo con la amenaza como dispositivo del neofascismo que viene regándose como plaga bíblica en todo el planeta y, claro, ya en Chile.

La condición de la amenaza es que nunca se cumpla y que, por lo mismo, se realice en ese decir amenazante que siempre quedará abierto, indeterminado. Ahí donde la amenaza se formaliza, la amenaza muere, no obstante lo hace para dar curso a otras que no dejarán de atormentar, de martillar al mundo que tenemos como rehén, puesto en cautiverio por esa inconsciencia de la que nos habla Althusser.

Este circuito aporético es necesario para comprender lo que implicará el gobierno de José Antonio Kast: “vivir bajo amenaza permanente”; una amenaza muere y otra, al segundo, nace, generando una suerte de genoma que no descansará hasta que sus rizomas se extiendan por todo el “cuerpo” social: “Yo te amenazo, te prometo que amenazo”. Así, de cumplirse la amenaza, pues vendrá otra que no es distinta de la anterior sino un suplemento, un injerto vivo que termina por configurar sino una metafísica al menos una ética de la amenaza y esto, al final del día, es el fascismo.

Salvador Allende decía en su último discurso: “[…] en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente  frente al silencio de los que tenían la obligación de proceder: estaban comprometidos. La historia los juzgará” (11 de septiembre de 1973).

¿Cómo nos liberamos de esta sentencia? ¿cómo evadir la clarividencia de Allende? Ahí donde el fascismo nunca ha desaparecido sino que asedió como un espectro con impresionante capacidad de mutación y que está a un día de hacerse de la historia ¿tenemos la obligación de proceder para no ser sindicados como los “comprometidos” a los cuales Allende se dirigía y que al mismo tiempo que lo abrazaban le ponían la cuchillada por la espalda?

Nuestro deber será volver al mundo, es decir volver a nosotros que somos ese mundo y reivindicar una contrapalabra de cara a esa otra que será “la” palabra; entonces imposición, persecución, crueldad, amenaza, fobia y, sin más, represión.

Y de esta forma deberemos ser los grandes traidores del tiempo que viene y que se construirá en partitura de odio. Traicionar infinitamente para amar lo imposible, y lo imposible aquí es el mundo, aquel que es aquí y ahora en el instante que amo. Será una traición justa, una que emancipa, libera, ama y que va por el mundo para rescatarlo del lugar de espanto donde lo dejamos por olvido y absurdo.

Y esto requiere volver a la difícil región de la consciencia, puesto ésta no es un regalo “[…] La consciencia es algo más que la espina, es el puñal en la carne”, decía Emile Cioran en Del inconveniente de haber nacido (1973). Recuperarla es asumir el remordimiento de “[…] lo irremediablemente perdido” (Roberto Bolaño).

Porque no hay más armas, no hay balas, no hay cuarteles ni estamos reunidos en torno a nosotros-el-mundo. Somos, parafraseando a Jean-Luc Nancy, el residuo de la disolución de la comunidad; mas, en ese resto residual late el pulso de una comunidad de los sin comunidad (“la comunidad de la cuestión”, escribirá Derrida); y desde aquí se siente la pulsión inextinguible de una escritura, de una “voz que sobra” y que no podrá sino decir lo subalterno con cenizas en los labios, tartamudear quizás, pero jamás asilarse porque esto es imposible para una escritura que va de su cauce y no puede deshabitarse, ponerse ella misma en cautiverio.

No quedará más que quedar desautorizados y encontrar ahí, en el desacato, el tiempo de una comunidad extraviada que tal vez y solo tal vez, despierte para al menos intentar salvar a su mundo, es decir a todos nosotros, sus hijos, de la tormenta.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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