La trampa de la melancolía política
La melancolía política, lejos de ser un simple dolor pasajero, es una forma de postura psicológica y cultural. Un estado de ánimo colectivo que combina la tristeza, la desilusión y la autojustificación.
Han pasado tres años del 4 de septiembre de 2022 y en la izquierda continua el duelo por lo que no fue. Este estado de ánimo colectivo se ha manifestado como un luto prolongado por un futuro que se imaginó brillante y que, de repente, se desvaneció. Quedó instalado un hito que no solo representó la derrota de una propuesta constitucional. Para gran parte de la izquierda chilena, fue el final de un ciclo de esperanza y el inicio de una profunda melancolía política.
Es comprensible el impacto de aquel resultado: el texto constitucional representaba la culminación de un proceso social sin precedentes y el anhelo por dejar atrás los resabios candentes de la dictadura. Con el triunfo del rechazo, una bilis negra se instaló, alimentando un sentimiento de desilusión y resignación.
La melancolía política, lejos de ser un simple dolor pasajero, es una forma de postura psicológica y cultural. Un estado de ánimo colectivo que combina la tristeza, la desilusión y la autojustificación. En este caso esto se ha manifestado como un largo pesar por un proyecto político perdido. Un lamento constante por el fracaso de una utopía que se creía al alcance de la mano.
Es un dolor no resuelto por un futuro que se imaginó y que no se materializó. Este sentimiento puede llevar a una profunda apatía con la política y los procesos democráticos, sembrando la creencia de que nada puede cambiar la situación actual. El problema es que lleva al entreguismo. A concurrir a las elecciones con ánimo derrotista y esperando un resultado que verifique esta percepción. Por eso, la melancolía de la izquierda se ha vuelto patológica porque se basa más en un lamento por lo que no se alcanzó que en una pérdida objetiva. Se confunde una derrota electoral con el fracaso de una causa de muy largo aliento.
Es crucial que la izquierda chilena supere esta fase y cambie su foco. Para ello, debe dejar de dolerse por el pasado reciente y empezar a analizar las urgencias del presente y proyectar su futuro. En este sentido, los datos del Informe sobre Desarrollo Humano en Chile 2024 ofrecieron una ventana posibilidad para sacudirse la inercia y la depresión. Un dato fue particularmente revelador:
«Pese a las decepciones, el 88% de las personas quiere que las cosas cambien en el país. La mayoría que las cosas sean de otro modo, ni como eran antes ni como son ahora (67%). Solo el 21% quiere que las cosas vuelvan a ser como antes”.
Este hallazgo, escasamente reflexionado, es la prueba de que no existe una clausura definitiva que justifique la parálisis, sino una posibilidad abierta para reconectar con la ciudadanía y liderar el cambio que la mayoría anhela. Este 67% de la población representa el anhelo de un nuevo proyecto de país, que no busque una «vuelta atrás», sino un avance hacia un futuro diferente.
Lamentablemente, estos temas no han logrado insertarse en la discusión con la fuerza necesaria. La «bilis negra» de la derrota ha ensombrecido la capacidad de la izquierda para tomar ese tipo de evidencia y convertirla en un nuevo relato. Se preanuncia irreflexivamente la derrota para justificar la modorra y el abandono de la jornada electoral en manos del peor de los adversarios. En lugar de proponer nuevo proyecto, más conectado con la realidad y menos con la utopía que se desvaneció.
Superar la melancolía política no implica olvidar el diagnóstico autocrítico, para no repetir los mismos errores. Pero la melancólica política no se puede volver un refugio, un resquicio para la autocomplacencia, donde el duelo por la Constitución perdida justifica la inacción y la falta de articulación con el presente.
Ya es tiempo de dejar atrás las lamentaciones desde una evaluación sin melancolías. Volver a reconocer los intersticios políticos; esos espacio pequeños, laterales y no institucionalizados, donde siempre la izquierda ha incubado alternativas que desafían, resisten o reinventan la subjetividad dominante.
Como decía Lemebel, rasguñar la memoria y arañar las conciencias, bajando la política de su Olimpo, para que vuelva ser un acto de sanación del daño social, el olvido y la violencia.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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