La porosidad octubrista

No se trata de si el gobierno será o no receptivo a las pulsiones populares, sino cuánta potencia podrán ejercer los pueblos para hacer “poroso” al gobierno e impedir que la premisa de la gubernamentalidad termine asfixiando al nuevo ciclo iniciado.
Foto: Agencia Uno

                                       

Es célebre el pasaje de “La República” de Platón donde el filósofo se arrima al poder y deviene gobernante. Para Platón la necesidad de instalar al filósofo allí tiene que ver con impedir que el poder del gobernante devenga tiranía. Solo el filósofo –según Platón- en la medida que está vinculado intelectualmente a la eternidad de las Ideas puede garantizar un gobierno justo: “A menos –escribe Sócrates- que los filósofos reinen en las ciudades o que cuantos ahora se llaman reyes y dinastas practiquen noble y adecuadamente la filosofía, que vengan a coincidir una cosa y otra, la filosofía y el poder político.” (473 d) Sin embargo, ¿cuál es el efecto de la filosofía sobre el poder político? ¿limitarlo, domesticarlo e intentar arrastrarlo hacia la verdad? ¿Sería, entonces, la filosofía un dispositivo de neutralización de las pasiones políticas que, desatadas pueden conducir a la tiranía?

En una singular entrevista que hiciera el filósofo argentino Diego Sztulwark al filósofo japonés Jun Fujita Hirose a propósito de su libro “Cine-Capital. Cómo las imágenes devienen revolucionarias”, Fujita ofrece una lectura spinozista del asunto al que nos convoca Platón: “La “izquierda” –señala- para mi, es sinónimo de la voluntad de potencia. Un gobierno no crea nuevos posibles: sólo puede ser más o menos “poroso” a la creación de posibles por parte de las minorías. La creación de posibles no concierne a los gobiernos sino a cada uno de nosotros, a los procesos creativos de posibles de lo que somos capaces cuando creamos un conjunto de imposibilidades. Es la gente y n el gobierno, quien dice “podemos” (…) Es el grado de porosidad –termina el filósofo- lo que define a un gobierno.” Podemos precisar, ahora, otra lectura posible de la apuesta platónica, pero desde la lectura spinozista que nos ofrece Fujita: neutralizar las tendencias a la tiranía, adquiere, en Fujita, un significado mucho más preciso y material: abrir grados de “porosidad” a la “voluntad de potencia” de los pueblos. No simplemente “canalizar” o menos “neutralizar” sino dejarse trastornar por la corriente callejera, por la irrupción popular.

Por supuesto, en la lectura de Fujita resulta imprescindible trasladar la otrora figura del filósofo platónico en la forma de los pueblos de Chile. Quienes abrieron en proceso de transformaciones profundas, denunciaron el “abuso” institucionalizado del régimen heredado y refaccionado tantas veces, de Pinochet; la movilización popular –el octubrismo- ha impregnado toda la realidad política e institucional del país. Más aún, en el momento en que desde la elección del 25 de Octubre de 2020 (Apruebo/Rechazo) el octubrismo –con toda su heterogeneidad, discursiva, pulsional y creativa- no ha dejado de triunfar en las diversas instancias. Salvo las elecciones parlamentarias donde la derecha logró un empate en ambas cámaras, en todas las demás, incluidas la segunda vuelta que dio el triunfo a Gabriel Boric de Apruebo Dignidad, el octubrismo no ha dejado de abrir campos de “porosidad” al interior de la misma institucionalidad.

Quizás, parte del juego destituyente implicó trastocar a esta institucionalidad, de férrea matriz portaliana, en algo más “poroso” que permitiera abrir un puente, un conjunto de nexos entre la calle y el Estado o, si se quiere, entre el filósofo (los pueblos) y el poder (la oligarquía). El filósofo platónico deviene los pueblos y el gobernante el lugar mismo de la soberanía estatal. Y entonces, los pueblos no ingresan en esta coyuntura simplemente como agentes pasivos, sino como aquellos que tendrán que seguir luchando por hacer “porosa” a la misma soberanía estatal; no solamente vía la redacción de la Nueva Constitución, sino de su implementación a cargo del nuevo gobierno. Así, no se trata de si el gobierno será o no receptivo a las pulsiones populares, sino cuánta potencia podrán ejercer los pueblos para hacer “poroso” al gobierno e impedir que la premisa de la gubernamentalidad termine asfixiando al nuevo ciclo iniciado. Las fuerzas están ahí, ad portas de actuar y abrir múltiples conflictos; el punto es, al igual que lo fue para Platón, impedir que el gobierno devenga en tiranía, es decir, en el léxico actual, que la gubernamentalidad termine por devorar nuevamente la posibilidad de la democracia.

Este es el punto crucial: la revuelta de octubre abrió un hiato decisivo entre democracia y gubernamentalidad neoliberal.

Porque si a principios de los años 90 los dos términos parecían calzar sin fisura, gracias al pacto transicional que introducía la dinámica de “en la medida de lo posible”, el conjunto de luchas contra la devastación neoliberal que llegan a su punto máximo en el octubre de 2019 abrieron la disyunción entre ambas instancias mostrando que la gubernamentalización neoliberal del país podía ser perfectamente coherente con un proyecto autoritario liderado por la derecha de Kast y, a su vez, que la democratización que puede acabar con el “abuso” institucionalizado instalado a fórceps desde 1973, resulta posible sólo si se contrapone a la forma neoliberal de gobernar, es decir, si abre suficientes grados de “porosidad” para que el nuevo gobierno no termine hundido por la exigencia managerial de la gubernamentalidad y sea atravesado por la imaginación octubrista.

Porque estamos en una coyuntura decisiva: si la elección de Boric no fue una simple elección entre otras sino una férrea defensa popular de la “porosidad” octubrista impulsada, ante todo, por la potencia popular, femenina y feminista, es porque lo que está en juego es cuán capaces seremos de enterrar definitivamente el cuerpo institucional de Pinochet abigarrado monstruosamente en la forma del Estado subsidiario y la preeminencia que tiene la lengua del poder –y por tanto el privilegio de los poderosos- antes que cualquier otra cosa.

Como la figura del filósofo en Platón, la imaginación octubrista puede abrir grados de “porosidad” al interior del nuevo gobierno y, en vez de reproducir las viejas prácticas transicionales de una democracia oligarquizada, intensificar el proceso de democratización e inventar nuevas prácticas de gobierno capaces de desafiar a los marcos de la gubernamentalidad neoliberal-transicional.

Las transformaciones, que en este gobierno podrán apoyarse en la legitimidad de la Nueva Constitución, una vez aprobada, no será un asunto de exclusiva materia gubernamental, sino campos por los que habrá que luchar y abrir formas de “porosidad” al interior del ejercicio de gobierno para que las “transformaciones estructurales” –aquellas que fueron prometidas por el presidente electo en su discurso triunfal del pasado 19 de diciembre de 2021- encuentren las condiciones para hacerse efectivas (quizás no en este, sino en el próximo gobierno). Porque la única forma de desactivar al fascismo no es ni con buenas intenciones ni con grandes discursos de “defensa de la democracia”, sino con acciones transformadoras que, al menos, inicien el proceso que haga retroceder a la oligarquía militar y financiera que se tomó al país por asalto en 1973.

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