La mediocridad de los ‘amarillos’ de Sin Filtros

“Estos personajillos quieren reconstruir el hogar caluroso en el que sus padres los cobijaban, negándose a dejar atrás esa comodidad. Y para eso son capaces de todo, incluso de ir a meterse al barro y a validar una mala propaganda de quienes dicen no tener ideas y ser dueños del sentido común”.

De pronto el panel del Rechazo del programa Sin Filtros comenzó a vaciarse de la derecha más gritona, de aquella que reclama patriotismo, libertad y propiedad privada. Lentamente las historiadoras que no saben de Historia y los abogados que no saben de Derecho, empezaron a ser desplazados para poner en su reemplazo a quienes dicen beber de la herencia concertacionista y de esos años en los que fueron actores secundarios, pero hoy se perciben como protagonistas. 

Alemparte, Rincón y Harboe, entre otros, asumieron la misión de defender aquellos tiempos frente a un progresismo representado de manera menor en ese espacio del gritoneo político. Es tanta la necesidad de existir de estos hijos sin talento de quienes realmente hicieron las cosas que bien o mal han sido puestas en tela de juicio en estos momentos, que quieren tener un papel en esta historia, como no lo tuvieron antes, y en un exceso de imaginación comparan este plebiscito con el NO que la sociedad chilena le dijo al dictador a fines de los ochenta.

Es inteligente ir convirtiendo un programa que era una guerra de escupitajos de gritones que luchaban por tener la verdad, en algo “serio”  (si es que, claro, nos creemos el cuento de que la seriedad está del lado de los que se enamoraron del miedo de sus próceres). No es torpe llevar al set a gente que cree ser lo que no es y alimentar su ego; es una vieja estrategia de la derecha, esa que alaba hoy aquellas décadas transicionales en las que le hizo la vida imposible a una Concertación que desean que vuelva y les siga administrando el fundo.

A diferencia de personajes como Carolina Tohá o Camilo Escalona, que sí protagonizaron parte de la historia noventera y aprendieron con errores y horrores que los procesos sociales deben ser encauzados inteligentemente (y que parecen entender que el orden político no se mantiene con rememoranzas de lo derrumbado, sino con los pilares del futuro), estos personajillos quieren reconstruir el hogar caluroso en el que sus padres los cobijaban, negándose a dejar atrás esa comodidad. Y para eso son capaces de todo, incluso de ir a meterse al barro y a validar una mala propaganda de quienes dicen no tener ideas y ser dueños del sentido común.

Si lo pensamos bien, a ellos les molestó más que a la vieja guardia los dichos de Giorgio Jackson en que comparaba moralmente ambas generaciones de la izquierda. Se molestaron porque saben que, en el fondo, más allá de los aires redentores del ministro, quienes hoy gobiernan pudieron pasar sobre el legado de la autodenominada socialdemocracia sin el respeto castrante que ellos, quienes nunca pudieron matar al padre, le tuvieron a los Don Patricio y los Don Ricardo. 

Más que un compromiso con la democracia, los amarillos que se jactan de lo que no hicieron van a espacios como Sin Filtros para convencerse de que son más importantes de lo que son, y principalmente porque creen que les robaron lo que nunca se atrevieron a tomar por no tener la valentía ni la osadía de decirles no a los papás. 

No hay peor enemigo para un régimen democrático que quien se siente desplazado y no cumple con lo que alguna vez creyó que merecía. Ya lo vimos con Pinochet en los setenta. Y es que la mediocridad es la hermana resentida de la maldad, y su torpeza es más peligrosa.

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