Opinión

La lucha del pueblo yagán por la soberanía territorial

Nuevos desafíos se abren para las comunidades yaganes, al tiempo que estos han solicitado dos veces la creación de un Espacio Marino Costero Protegido (EMCPO), siendo negado en las dos ocasiones, con dudosos argumentos. La posibilidad de que esto se realice implicaría una chance de ejercer soberanía y dirimir sobre qué se hace en el propio territorio. Ello, como voluntad soberana local y no imposición de países foráneos; tampoco del centralismo santiaguino. 

Imagen de referencia / araucaniadiario.cl

Son conocidas las postales del currículum académico donde se nos presenta comúnmente a los pueblos indígenas del extremo sur del país como extintos. Exterminados, a lo sumo. Con ello se niega, por cierto, la existencia de pueblos cuyas formas culturales se han modificado, pero no desaparecido.

El Censo 2017, concretamente, da cuenta de que en Chile existen actualmente 1.600 yaganes, localizados sobre todo en la zona del sur del Estrecho de Magallanes, en la región del canal Beagle, Isla Navarino e islas adyacentes; en particular, en la ciudad de Puerto Williams.

Durante los últimos años, los yaganes han experimentado diversos problemas respecto a las actividades que se realizan -sin consulta previa- en sus territorios. El epítome de aquello fue la visita de los reyes de Noruega a Puerto Williams en abril del año 2019, cuando un lobby pro-salmonicultura -que había, un año antes, aterrizado en la Casa Rosada de Mauricio Macri- llegó a la ciudad con miras a dejar claras sus intenciones: transformar a Puerto Williams en un enclave salmonero, en alianza con una expansión hacia el Canal Beagle por el lado argentino (Ushuaia).

Agencia Uno

Con la confluencia entre Macri y Piñera, la posibilidad de expandir la salmonicultura hacia el extremo sur generaba un escenario tentador. Esto, sobre todo recordando dos cuestiones: 1) En Argentina no existe aún un fuerte desarrollo de la salmonicultura, menos todavía equiparable al caso chileno; y 2) En Chile esta actividad se ha ido desplazando desde Chiloé hacia las regiones XI y XII, considerando el colapso del ecosistema en Chiloé y la oportunidad de marketing que implica la venta de un “salmón antártico”. Así como las condiciones favorables que presentan mares gélidos para el cultivo del salmón, más similares a los océanos de Noruega en temperatura.

Con ello, según los relatos locales, todo comenzó con advertir que existían lanchas realizando acciones inusitadas en la zona de Puerto Toro (sur de Puerto Williams): se estaba “apilando agua” para preparar las faenas salmoneras.

Este episodio ponía en tensión aquello que ya habían visto los yaganes y los fueguinos del territorio: diversas acciones de autoridades estatales sin vinculación frente a la comunidad. Así, por ejemplo, cabe recordar la construcción de un muro en Villa Ukika (2018), donde principalmente viven los mismos yaganes y que obstruía la visión del canal al lado del cual han vivido por décadas.

Esta vez, el desplazamiento de las lanchas por Puerto Toro evidenciaba que las salmoneras estaban haciendo aprovechamiento de concesiones que alegaban como parte de su propiedad, pese a que estas habían caducado, cumpliéndose el plazo de tres años sin uso que fija la ley nacional.

Así, una seguidilla de funcionarios estatales buscó llevar sí o sí dicho proyecto extractivista y “modernizador” a los habitantes de Puerto Williams, con la promesa de elevar la calidad de vida y los sueldos, cuidando el medio ambiente. O tal como dijo el Rey de Noruega en aquella visita: “Operando con los estándares que da Chile”.

Porque el extractivismo no es solo la destrucción y la depredación del territorio natural y cultural: es también el asistencialismo y la promesa de recursos frustrados, que el Estado (y no privados) debiesen proveer. Tal como en el caso de las mineras o las forestales, que se emplazan en comunas pobres a punta de asistencialismo, la salmonicultura llegaba con la misma idea de “mejorar las condiciones”.

Imagen referencial / Agencia Uno

Pues bien, este episodio nos evidencia el colonialismo de dichos países nórdicos, tantas veces puestos como ejemplo por nuestras autoridades y que en diversas mediciones ambientales son catalogados como “ejemplos de sustentabilidad” dentro de sus fronteras (véase, por ejemplo, el Índice de Desempeño Ambiental, que el año 2018 posicionaba a Noruega como uno de los 15 países más sustentables del mundo), pero que externamente siguen mostrando su rapacidad. Y como punta de lanza de dicha empresa, el Rey Harald V, un amigo íntimo del filósofo Arne Naess, mentor de Douglas Tompkins. Todos ellos, en el cloroformo discursivo del Norte Global en torno a la supuesta defensa del medio ambiente y la ecología (recordemos, por contraparte la expulsión de población indígena y local para la creación de los Parques Pumalín y Tantauco, como han documentado Fernando Estenssoro (2009) y Eduardo Mondaca (2013)).

Luego de una movilización de la comunidad, alojada en la incipiente organización “Territorio Yagán sin Salmoneras” y en la convergencia de la ciudad, junto con ciudadanos de Ushuaia en la defensa del territorio y el medio ambiente, más el apoyo de ONGs internacionales, lograron paralizarse en el caso chileno las concesiones, cuando la evidencia de moratoria fue incontestable para las salmoneras. Los pescadores, quizás un poco más divididos, cayeron en cuenta -algunos de ellos, al menos- de que la salmonicultura afectaría a la pesca tradicional de centolla, actividad básica de la economía de Puerto Williams. Ello, considerando el modo en que el cultivo de salmones de engorda eutrofiza el fondo marino y genera deshechos que dejan sin oxígeno a los lugares en los que se instalan, dañando con ello a toda la biodiversidad local. Los lobos marinos van a las sobrepobladas jaulas en busca de comida y se ha documentado en distintas ocasiones cómo funcionarios de las salmoneras han llegado a darles muerte. A su vez, los escapes de salmones son una amenaza a la fauna marina, considerando que los salmónidos son una especie invasora y depredadora.

La expulsión de las salmoneras es vivida como un triunfo por buena parte de la comunidad local, sin embargo, para ella debieron confluir una suma de cuestiones. Dentro de ellas, que se conocieron los llamados Salmon Leaks, donde se documentó cómo la salmonera Nova Austral llevaba un conteo paralelo de mortalidad de salmones, a conveniencia según la fiscalización, práctica evidentemente ilegal. 

Foto: aqua.cl

La llegada de la salmonicultura suponía para los yaganes una amenaza cultural, considerando su estrecha vinculación histórica con el mar y que la eventual realización de dichas actividades económicas nunca fue fruto de procesos de consulta por parte de las autoridades, incumpliendo tanto el Convenio 169 de la OIT, vigente en Chile desde 2009, y el que Puerto Williams sea Área de Desarrollo Indígena. En ese sentido, algunos de los yaganes que lideraron el movimiento nos señalan para esta nota que “sin el Convenio 169 estaríamos totalmente desprotegidos”. La vulnerabilidad de la población indígena queda en evidencia, si se recuerdan los datos del Censo 2017, según los cuales los indígenas son el grupo poblacional más pobre del país.

En la actualidad, nuevos desafíos se abren para las comunidades yaganes, al tiempo que estos han solicitado dos veces la creación de un Espacio Marino Costero Protegido (EMCPO), siendo negado en las dos ocasiones, con dudosos argumentos. La posibilidad de que esto se realice implicaría una chance de ejercer soberanía y dirimir sobre qué se hace en el propio territorio. Ello, como voluntad soberana local y no imposición de países foráneos; tampoco del centralismo santiaguino. 

Ahora bien, respecto a la dimensión cultural, la comunidad señala cómo durante los últimos años se ha experimentado una revitalización de la cultura yagán, con el aprendizaje de la lengua y la exhibición de la propia cultura desde el orgullo, a diferencia de antes (ello, si bien aún se refieren muestras de clasismo y racismo a nivel doméstico en la ciudad).

Cristina Calderón representaba, en ese sentido, una especie de enlace entre “los antiguos” y los nuevos yaganes, dispuestos estos últimos a movilizarse por la defensa de sus tierras y su soberanía. La misma Cristina Calderón que le dijo a los Reyes de Noruega que su salmonicultura no era bienvenida en el territorio local.

Frente a lo anterior, es al menos imperioso que el Gobierno deje de lado tibios discursos en torno a “sacar a las salmoneras (solo) de las áreas protegidas”, para proponer sacarlos del país o de los territorios que así lo decidan.

borde costero
Foto: Agencia Uno

Recordemos que Ushuaia realizó lo propio en julio del año pasado, cumpliéndose esta semana un año de aquel hecho histórico, que marca un precedente a nivel regional. 

Lo contrario es seguir exponiendo a las poblaciones locales (indígenas o no) a las arbitrariedades de una industria cuyos impactos han sido largamente documentados (Fouilloux, 2018). Y que en cada territorio cumple el mismo guión: monopolizar a las distintas actividades económicas. Para no convertir a Puerto Natales, Porvenir o Puerto Williams en el patio trasero de los “ecológicos” noruegos y sus secuaces locales. Que la voz de los yaganes sea escuchada.

Puerto Williams-Santiago, 2022.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Camilo Godoy Pichón
Sobre la autora / el autor
Camilo Godoy Pichón
Sociólogo, Universidad de Chile. Magister en Estudios Internacionales, USACH
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