Opinión

La hegemonía extraviada

No nos detendremos en esta columna en las y los que han sido los exponentes más recitados y que habrían explorado, con mayor o menor intensidad, el fenómeno de la hegemonía (Marx, Gramsci, Bourdieu, Mouffe, Laclau, y un considerable etcétera). Lo que se intenta, más bien, es una lectura inicial de cómo esta categoría resignifica en el Chile actual definido por el ascenso hegemónico del fascismo con percha democrática, o neofascismo para estar más al día.

  1. La hegemonía es el sine qua non de lo político y su disputa lo político mismo.

Lo anterior, no solo porque desde un cierto sentido común la hegemonía se relacione con la zona desde donde toman decisiones quienes, amparados en no importa qué sistema de gobierno, se han impuesto por sobre otros resimbolizando el espacio político-socio-cultural según su catálogo de referencias ideológicas, conceptuales o doctrinarias. En este sentido, la hegemonía es trascendente respecto de la forma que tome el poder y es el canon válido que repercute en lo social a modo de ideario e imaginario colectivo.

En una monarquía la hegemonía no se disputa sino que se hereda; en una dictadura, no es el resultado del enfrentamiento de fuerzas políticas, como sabemos, sino que simplemente se captura de golpe; en una democracia como la chilena, la hegemonía reúne ambas características –se hereda y se captura–, con la diferencia de que se soporta sobre un extendido plexo de significaciones asociadas a lo “legítimo” y a lo “representativo”, emergiendo la falsa consciencia de que somos nosotros los que hablamos a través de quienes nos representan; los mismos que se asumen como los ventrílocuos de la voz de un pueblo o el eco validado de la soberanía.

No nos detendremos en esta columna en las y los que han sido los exponentes más recitados y que habrían explorado, con mayor o menor intensidad, el fenómeno de la hegemonía (Marx, Gramsci, Bourdieu, Mouffe, Laclau, y un considerable etcétera). Lo que se intenta, más bien, es una lectura inicial de cómo esta categoría resignifica en el Chile actual definido por el ascenso hegemónico del fascismo con percha democrática, o neofascismo para estar más al día.

Apostamos, igualmente, por pensar a la “izquierda” –categoría resbalosa o, más bien, vaporosa– como un entramado puramente simbólico y nominal que, y esto es lo que explicaría gran parte de la tragedia en desarrollo de la que hoy somos tribuna, renunció a lo político, a la pugna, a entrar en el campo minado de la lucha por la hegemonía.

Suponemos, pues, que la pérdida de esta vocación es el fusible que se desactivó y que permitiría entender el vaciamiento ideológico de los sectores que se han llamado “progresistas” o “socialdemócratas”. Pero no levitemos: nunca hubo socialdemocracia en Chile. Lo más cercano fue el programa de la Unidad Popular, no obstante, después, nos acicalamos en la polifacética orgía guzmanista-neoliberal a la cual los más circunspectos, en su momento, defensores de la revolución y del hombre nuevo se sumaron sin complejos, rehabilitando en espiral continuo la salud de un mercado tan cotidiano como metafísico, tan pedestre como trascendental, tan práctico como intangible.

2.- Lo que se intenta proponer, es que en el Chile de los últimos años se han dado dos formas hegemónicas que no han sabido complementarse, dejando obturada la encarnación de la promesa en una forma política real y, por lo tanto, cediendo el tablero a las derechas devotas del guzmanismo que en su versión kastiana y en la actualidad, tienen el control (volveremos a esto en el final de este texto).

La primera forma hegemónica, en este período, fue Octubre. Hegemonía que operó a modo de fractura o grieta por donde “el topo” de Marx (ese animal ciego que se desplaza bajo tierra) irrumpió en la superficie anunciando, sin orgánica evidente, la imperiosa y radical necesidad de transformación de una sociedad que se revolcaba, regocijada, en la naturalización de los abusos.

Esta hegemonía espontánea –o “dialéctica de la espontaneidad” como escribía Rosa Luxemburgo– hizo emerger un relato; una serie de estampas significantes que se retobaron a modo casi anárquico de cara a la tradición y la institucionalidad, perforando lo oficial y sacando como conejos del sombrero, en tecla mágica, conceptos que resonaron en la sociedad chilena estremeciéndola (dignidad, despertar, refundar, “la culpa no era mía”, en fin), devolviéndole la conciencia e intuyendo que el sueño de ser una sociedad vinculada podía ser real, después de una historia entera de plagios y exclusiones.

Pero esta hegemonía, que podríamos llamar “ontológica”, no alcanzó a tomar forma y permaneció difusa, espectral; gravitando particularmente en la órbita del significante ahí donde, y para decirlo en difícil, lo que urgía era una semiótica del signo. Había que desplazarse hacia una hegemonía objetual, concreta, en la que la potencia y dynamis del ser de la revuelta se acoplara a un programa con estructura, ítems, apartados, etc., y, entonces, recomponer la belleza de la fractura al interior de la zona de sacrificio que es la lucha por la hegemonía.

    Pues bien, entre la hegemonía ontológica de la revuelta y la hegemonía formal que se transforma en “el régimen de la idea”, es donde surge lo político. Y aquí se ha fallado; fallado desde aquel emérito día (15 de noviembre de 2019) en que se firmó el “Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución”, que terminó en una Asamblea Constituyente, electa y soberana que, sin embargo, fracasó.

    Los diferentes grupos de izquierda, disidencias sexuales, representantes de los pueblos originarios, en fin, instalados en la AC no fueron capaces de vertebrar un relato que diera cara a las derechas, autoneutralizándose y arrinconándose en el parnaso de lo identitario y renunciando, así, a la confrontación política que defiendera un tipo de sociedad distinta. Se pensaba que solo el invocar nostálgicamente a Octubre y sus símbolos, alcanzaría para derrotar a una derecha que, a esa altura, ya se había organizado y desenfundado todo el arsenal valórico y de restauración que, al día de hoy, nos mantiene en la partitura que dicta el conservadurismo unido que, al parecer, jamás será vencido.

    A esto hay que sumarle, por cierto, la falta de proteína ideológica e intelectual que evidenció el gobierno de Gabriel Boric; una suerte de fatiga producida por la sistemática obtención de victorias electorales que lo lanzaron al páramo de lo intrascendente y que gesto tras gesto, perdón tras perdón, abdicó de entrar al campo de batalla de las ideas y le regaló la mano, el naipe, los dados, a un neofascismo que de turista tiene poco, pero de colono, mucho.

    3.- Solo terminar con un punto sobre Guzmán y Kast.

      En este sentido, decir que Kast reproduce lo mismo que representó en su momento Jaime Guzmán, es decir, la unión de la derecha hacendal –con derivada militar– y la neoliberal. Que jamás fueron lo mismo, por el contrario, eran irreductibles. Entre Jarpa y Piñera, solo por dar un ejemplo, la distancia era sideral y el último nunca, y digo “nunca”, terminó por ser aceptado en el púlpito aristócrata/moral-cristiano, siendo siempre visto como un new rich de origen democratacristiano que flirteó con la Concertación (otro enjambre neoliberal), votando por el No y, de vez en cuando, disparándose frases como los “cómplices pasivos” u ordenando el cierre de la cárcel de Punta Peuco.

      La genialidad de Guzmán estuvo en encontrar el perímetro justo en donde ambas tradiciones podían incendiar la pradera y consolidar el pacto oligárquico en su versión, primero, de dictadura, y, segundo, de transición. Hoy Kast vuelve a ritualizar el lazo y re-pacta, ahora en clave constitucional, la fronda oligarca. No hay Kast sin Guzmán y es este último el que desagua en el republicanismo todo su magma autoritario-liberal.

      Por lo tanto, creo que es urgente reconocer que Octubre, sin nunca dejar de ser el pulso de una transformación, debe asumir un nuevo metabolismo y recomponer su imaginería en el plano de la disputa por los conceptos, atendiendo a la urgencia de un país cuya frágil, frágil democracia corre severos riesgos de ser su propia diégesis (lo contrario de mímesis). Esto es su inverso, su antónimo y que, de no operar una nueva alianza que vaya más allá de la izquierda en su tubérculo actual –o sea del cruce entre el frentamplismo, la Concertación y un cada vez más ríspido Partido Comunista– no podrá sino ser el resorte de una refundación post-política calcada de los valores extremistas y ultrones, que hoy y con amplía mayoría, se extienden por esto que llamamos país “pero que apenas es paisaje” (N. Parra).

      La hegemonía por parte de los sectores del gobierno no fue ni es identificada, no hay densidad categorial que permita la generación de un entramado programático y orgánico. La hegemonía ontológica la tuvimos, la óntica/formal, la perdimos.

      Desde aquí, pensamos, se puede comenzar a organizar la decepción.

      Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

      Javier Agüero Águila
      Sobre la autora / el autor
      Javier Agüero Águila
      Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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