Opinión

Jeannette Jara encontró el tono indicado

La Ministra Jeannette Jara recordó algo básico pero olvidado en medio de tanta fraseología estéril: las condiciones materiales de existencia.

En un foro organizado por La Tercera, el expresidente de la Sofofa, Bernardo Larraín Matte, se enfrentó con la ministra del Trabajo, la militante del Partido Comunista, Jeannette Jara. La discusión comenzó a partir de las miradas que cada uno tenía de la sindicalización y las negociaciones del trabajador con el empleador, para terminar en el motivo por el que la informalidad ha aumentado y su relación con los bajos sueldos de las empresas.

Esta discusión fue destacada en todos los medios de diferente forma. Algunos lo contaron como hecho farandulero, donde lo que se veía era a dos personas enfrentadas y no así lo que postulaban, y otros ponían énfasis en el tono calmado y fuerte de la ministra.

Sin embargo, si bien el debate de fondo entró en la arena política lo que algunos no quisieron notar es que la ministra, tal vez sin quererlo, fue la única que, en medio de los dos años del gobierno, en que ni el Presidente Boric tiene claro si cree el relato del “estamos mejor”, planteó algo simple y concreto y sumamente político: la vieja, pero siempre presente, relación patrón-empleado. Un tema que traspasaba identidades, miradas parciales de la sociedad desde un grupo de interés y era más claro y entendible para el sujeto medio.

En días en que algunos en el oficialismo andan en la búsqueda de una lucha cultural, sin saber qué es lo que van a defender en ella- y tras gestos estériles como la disolución del rol de Primera Dama, iniciativa que los únicos que celebran son los que tienen tan pocos problemas concretos, como Irina Karamanos-, Jara recordó algo básico pero olvidado en medio de tanta fraseología estéril: las condiciones materiales de existencia.

Alguien debía hacerlo y parecía que entre un exconcertacionismo dedicado en pleno completamente al tema de seguridad, comandando Interior, y un Frente Amplio tratando de recordar qué era, sin saber qué es lo que quiere ser de ahora en adelante, y con alcaldes tratando de agregar nuevas miradas militarizadas al debate, era poco probable. Pero fue la ministra, quien además planteó el tema de manera inteligente- pues lo hizo de manera simple, sin apelar a grandes conceptos emancipadores, ni tampoco a luchas teóricas para llegar a un futuro idealizado en el que las controversias serán desbaratadas-, la que lo logró.

¿No será esa la respuesta en tiempos en que algunos quieren relatos pomposos para fundamentar su paso por La Moneda? ¿No serán cosas simples como ésta las que pueden lograr que haya más sintonía con un gobierno que no sabe más que hacer que decir que está navegando y eso ya sería suficiente?

En esta administración podrían comenzar a adoptar este lenguaje menos floreado de luchas ancestrales y poner sobre la mesa luchas diarias de las personas de a pie para lograr llegar a fin de mes y tener más certezas en el día a día. Es menos vistoso intelectualmente, pero es el retorno a una izquierda que entendía mejor al ciudadano común, ese que no debe pertenecer a una etnia o a una minoría para caber en su discurso. Ese para el cual su mayor problema es ser demasiado normal, ser parte de una inmensa mayoría.

Es cierto, en el tiempo en el que estamos alegar por los asalariados no debería ser la mayor causa, tomando en cuenta que hoy muchos quieren no serlo debido a que buscan otras posibilidades frente, precisamente, a los malos sueldos u otros estímulos.

Hoy hay que centrarse también en trabajadores solos, esos que no tienen una estructura a la cual culpar de sus malos ratos, debido a la informalidad de sus ocupaciones. Pero todo esto debe hacerse con la misma simpleza. Aterrizando el problema. Y así tal vez el gobierno hasta logre encontrarse a sí mismo, ya que es más que claro que no sabe de qué agarrarse para lograr transmitir algo que no salga forzado.

La izquierda debe volver a mirar al ciudadano para apuntar a solucionar los hechos puntuales por los que debe atravesar. Debe dejar de idealizarlo o satanizarlo de acuerdo a lo que adscribe. Debe conectar con su día a día y explicar por qué algunas de las reformas que pretende-o pretendió- hacer, van directamente relacionadas con ese día a día. Así, tal vez, sería más fácil unir propósito con gestión. Y, de paso, se le da algo de contenido a su administración.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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