Israel y los muertos
Israel mata en nombre de sus muertos sin escucharlos, los pueblos en resistencia, lo hacen en nombre de sus muertos acogiéndoles.
“La tradición de todas las tradiciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos.”
Karl Marx
Ormuz quedó bajo control iraní, el cambio de régimen jamás tuvo lugar y el programa nuclear se mantiene. Estos tres puntos bastan para concluir que, por ahora, la asonada sionista (estadounidense-israelí) sobre Irán ha fracasado y la guerra civil planetaria sigue intensificándose bajo nuevos “focos” que irrumpen y que la diplomacia nada puede hacer para apagarles. Israel ha dicho que el programa nuclear iraní ha sido dañado y, sin embargo, insiste, según un twitt de su genocida primer ministro, que seguirá su campaña de ataques al país persa.
En las dos afirmaciones se advierte que la cuestión nuclear era tan solo la punta del iceberg y que, para Israel, resulta decisivo desmantelar no al régimen como al Estado iraní, tal como lo hizo Estados Unidos con Irak entre 1991 y 2003.
El proyecto del “Gran Israel” que se viene gestando desde 1948 nunca ha estado más cerca para ellos. El IMEC (Indian-Middle East Corridor), la posibilidad de construir el puerto Ben Gurión que dispute a Suez, el posicionamiento de Israel como surtidor de gas a Europa y el proyecto inmobiliario de los millonarios cercanos a Trump sobre Gaza, configuran la cartografía del capital que apuntala al proyecto “Gran Israel” y que implica una extensión territorial hacia el sur de Líbano, la zona siria del Golán y sus alrededores, la apropiación de todo el territorio de la palestina histórica y la “normalización” vía Acuerdos Abrahámicos promovidos por Trump, del intercambio económico y securitario con las monarquías del Golfo.
Intensificación de grandes proyectos de capital, extensión territorial e imposición de una relación de vasallaje hacia el resto de los países de la región, implican, en el cálculo de la renovada clase dominante israelí, el exclusivo objetivo de convertirse en la única superpotencia regional del llamado “Medio Oriente”. Esos planes iban muy bien hasta el 7 de Octubre de 2023. Antes de esa fecha la aniquilación palestina se estaba llevando a cabo aceleradamente y casi en silencio. Human Rigths Watch, así como Amnistía Internacional denunciaron la situación que tenían lugar en los Territorios Ocupados bajo el término “crímenes de lesa humanidad”.
Pero la nakba continuó como si nada. Los Acuerdos Abrahámicos promovidos por la primera administración Trump y Netanyahu, iban bien encaminados: transformando la cuestión palestina en un asunto puramente “demográfico” e inventando la idea -falsa como todo lo que viene de Israel- de que la entidad sionista normalizaba una relación con países otrora “enemigos” como Emiratos Árabes Unidos, con quien Israel jamás tuvo guerra alguna, podía reconfigurar la zona en función de estabilizarla para sus intereses.
El espectáculo construido por la narrativa sionista forjó la idea de la “paz” cuando, en rigor, fue la de una contrarrevolución: un momento reaccionario por el cual las monarquías del Golfo e Israel intentaban conjurar lo que había sido la gran amenaza de hace unos años: las revueltas populares que asolaron la totalidad de la región. El proyecto del Gran Israel no admite insurrección en la medida que va a contrapelo de sus intereses. Esta debe ser destruida a toda costa, cualquiera esta sea.
Por cierto, la insurrección de las milicias palestinas del 7 de Octubre de 2023 abrió un momento de suspensión de dicho proceso contrarrevolucionario y multiplicó la sublevación a nivel global. El “Gran Israel” vuelve a estar en cuestión y entonces Netanyahu entiende que era el momento de acelerar al máximo la nakba; acelerarla al punto de consolidar el genocidio contra el pueblo palestino y, por ende, contra cualquier foco de insurrección que tuviera lugar a sus alrededores.
Si el proyecto del Gran Israel solo puede realizarse a expensas de los pueblos que le circundan es precisamente por esta razón que los pueblos directamente afectados -el proletariado polimórfico, fragmentario y precarizado- han coordinado una multiplicidad de las resistencias. El ataque de Hamás fue el grito inaugural de la nueva era de sublevaciones. Su vanguardia. Precisamente porque ese grito fue un “ataque”, constituyó una ofensiva que Israel jamás esperaba puesto que no fue una simple “reacción” a sus provocaciones sino una interrupción de su máquina aniquiladora que venía cursando desde hace varios años, una acción que pudo suspender el continuum por el cual se consolidaba, con velocidad inusitada e impunidad otorgada, el proyecto del Gran Israel.
La situación en la que Irán ha puesto a EEUU e Israel es un momento decisivo que expone la potenciación de la resistencias y, a la vez, la profundización de los genocidios por cada intervención que Israel despliega sobre alguna ciudad o población.
Se trata de un proceso sangriento, voraz que, sin embargo, ha detenido (por ahora) al proyecto sionista. Si lo que está en juego aquí es la misma existencia de los pueblos que pueden ser arrasados por la “escatología de la muerte” del proyecto Gran Israel -el más agresivo de los proyectos capitalistas a nivel mundial. es porque todo trata acerca de la sobrevivencia de los mundos.
Todo pueblo es un mundo y su destrucción, el descanso de un imperialismo que ha decidido homogenizar el mundo en la forma plana y vacía de un globo. La resistencia aquí sostenida es la resistencia de los mundos frente a la posibilidad de su nakba, de su borramiento, de su vaciamiento total en el modo de un globo. Esto significa que no se trata solo de la resistencia de un “pueblo” como de la pluralidad que acoge a ese pueblo, que lo hace posible, los seres vivos, y no vivos, sus montañas, lagos, bosques, sus olivos, aromas y pájaros que surcan.
Todo eso muestra que el Gran Israel implica la destrucción de mundos, tal como ha quedado claro en la cantidad de kilotones que Israel lanzo sobre Gaza, un equivalente a varias bombas nucleares. Hoy, cuando la cuestión nuclear vuelve a plantearse, sobre todo, cuando nadie le exige a Israel terminar con su propio programa nuclear en un escenario en que éste podría lanzar una bomba atómica a Irán, es necesario subrayar que ya el genocidio palestino ejecutado con precisión durante estos largos 3 años ha sido un genocidio nuclear y, en este sentido, un borramiento no solo de un pueblo sino de la pluralidad de mundos cuya tierra porta consigo.
Seres vivos, todos, aniquilados, medio ambiente contaminado; el Gran Israel es la escatología de la muerte, una máquina sin fin que solo puede ser vencida en la lucha. Y esa lucha es la de una intifada global que rompe, de diversas formas, la asfixia que atomiza vidas en el vacío de un globo, una “nube” por lo cual un enjambre de algoritmos trabaja como infraestructura de la nueva fuerza del capital. Hablemos de “intifada global” para referirnos a todas las formas de insurrección del proletariado polimorfo contemporáneo, partiendo por aquél que vive directamente los embates de Israel.
Precisamente, Israel está vulnerable, quedó expuesto, la ilusión de que podía ser el fuerte que “protegía” a los judíos ha quedado en la ruina. Su misión política fracasó y, más aún, su apuesta ética de redimir a la humanidad de los crímenes cometidos en Auschwitz. Ni este fue una “excepción” ni los judíos asesinados por los nazis fueron redimidos por Israel. Justamente en esto se diferencia el proyecto sionista de los oprimidos que le resisten: Israel mata en nombre de sus muertos sin escucharlos, los pueblos en resistencia, lo hacen en nombre de sus muertos acogiéndoles.
El Holocausto como narrativa ética fue devorada desde su propio interior, por la maquinaria policial de corte global que expandió el término “antisemitismo” como un marcador de “seguridad”. Por eso, Israel usa a sus muertos como chantaje ideológico redoblando así, el asesinato otrora perpetrado por los nazis. La intifada global, en cambio, tiene una secreta conversación con sus muertos a quienes abraza y escucha, pues sabe que ellos, de manera intempestiva, velan porque los mundos por los que ellos lucharon, prevalezcan.
La sobrevivencia de toda resistencia no reside ni en el nivel de las armas, ni en sus estrategias o en la violencia con la que irrumpa el capital. Reside en la conversación con los muertos. Sin el umbral entre vida y muerte, ningún pueblo podría aferrarse a los designios del cielo. Digo “cielo”, porque, aunque los vencedores pretendan aniquilar desde el cielo y se adjudiquen ser las “fuerzas del cielo” (Milei), en realidad siguen siendo el viejo fascismo. Aquél que concierne a la pasión por la Tierra.
En cambio, las fuerzas que resisten desde lo más bajo de la tierra, dado que, como decía Simone Weil, ésta recibe la alimentación todos los días desde sol, en rigor, son verdaderamente las “fuerzas de cielo”, precisamente porque hablan con sus muertos tanto como las plantas se alimentan del agua y el sol que caen desde arriba. La tarea que se abre aquí es crucial: el asalto deberá ser siempre hacia el cielo. Restituir el cielo, para contemplarlo en su infinitud, en las estrellas fugaces que nos saludan, sin que un satélite de Elon Musk golpee a nuestras puertas con nuevas metralletas.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



Deja una respuesta