Impunidad con amor

El pequeño fragmento de franja exhibido ayer por la campaña del Rechazo muestra en realidad la estructura con la que opera la Constitución de 1980. Esta última cristalizó la máquina Estado-Capital sostenida a favor de los poderosos (el “Padre”) que permitió la impunidad sistemática, sobre todo, en los momentos de la transición cuando la justicia fue denegada a cambio de estabilidad. ¿No es este gesto el que realizó el propio Sergio Micco cuando, a propósito de sus últimas declaraciones acerca de su participación como director del INDH, señaló que él no quiso formular la existencia de violaciones “sistemáticas” a los DDHH durante el gobierno de Piñera porque de hacerlo ponía en “riesgo la democracia”? ¿No habrá sido este gesto el que refleja ominosamente la racionalidad transicional que le dio viabilidad política al pacto oligárquico de 1980 a cambio de impunidad?

Nada debería sorprendernos de la derecha chilena. Nada, ni siquiera las sucias campañas a las que nos tiene acostumbrados. A la permanente falsedad de sus promesas, desprecio a los pueblos e impunidad de sus acciones, agregamos el fragmento de franja electoral del día 21 de agosto de 2022 en el que, en una sola escena, se condensa enteramente el discurso que le es constitutivo y que ha organizado éticamente al país desde entonces: la “impunidad por amor”.

Un joven LGTBQ+ que vende sexo relata que un “cliente le debía plata”. Va a su casa para cobrarle y el singular “cliente” sale con su hijo, le apunta con una escopeta y le dispara. El joven queda muy mal herido. Llora cuando lo relata. Hasta que cuenta cómo se le habría acercado un funcionario de la PDI para que él hiciera la denuncia, pero el joven no quiso porque pensó: “¿Y si nos quisiéramos más?”. Así, el relato termina en la solitaria voz del joven que dice: “No demandé al cliente”, y con ello señala haber realizado “mi primer acto de amor”, con el que –según dice el personaje- quedará en paz.

Analicemos de cerca el relato que se nos propone: la “deuda” que el joven mantiene con su “cliente” se redobla: no solo no recibe el pago que demandaba por su servicio sino que, además, termina con un balazo en el cuerpo de parte del cliente. Si la primera deuda no fue saldada, esta segunda que concierne a un crimen, tampoco. Ambas deudas se esconden bajo el término “amor”, que funciona como una verdadera alfombra bajo la cual se oculta la doble deuda adquirida.

A esta luz, resulta clave subrayar el elemento del que está hecha esta deuda redoblada: por un lado, se trata de una deuda económica (la del cliente que no paga el servicio) y, por otro, la jurídica (la del joven que no denuncia el crimen sufrido). Deuda económica y jurídica, doblez de dos deudas que se potencian entre sí y que el joven carga consigo bajo el peso del término “amor”. Con este término, toda la realidad se invierte: lo que a primera vista parecía “injusto” (la deuda tanto económica como jurídica) parece ser “justo”, pues el joven se compadece del hijo y supone que este no puede ver a su padre cuando vaya a la cárcel. Padre e hijo, matriz cristiana de una maquinaria en la que el joven –que no es ni Padre (deuda jurídica) ni Hijo (deuda económica)- se identifica a ella poniéndose en un lugar de superioridad moral gracias al recurso del “amor”.

El término “amor” permite salvar al Padre, en la medida que su narrativa se construye bajo la idea de que este no debiera pagar ninguna de sus deudas y así conservar su buena imagen frente a los ojos del Hijo. Así, la doble deuda paterna debe ser cargada al joven pobre y marginal –protagonista del relato- que decide no denunciarlo. Con ello, la deuda redoblada se profundiza gracias al “amor” que funciona como un mecanismo por el cual se podrá conservar el nombre del Padre intacto gracias a que la deuda (la culpa, en rigor) será cargada fuera de la familia, en el cuerpo mismo del joven víctima, el que sobra de la máquina Padre-Hijo.

El “amor” no funciona desactivando la deuda, sino profundizándola; no constituye el lazo que nos permitiría desactivar el dispositivo culpógeno, sino justamente aquel que lo vendría a consolidar. He aquí la farsa totalmente ideológica de la franja en cuestión.  

No le pagan y le disparan. Su “primer acto de amor”, en realidad es un acto de impunidad cuya “paz” deviene posible porque impide que el poder dominante metaforizado en el “Padre” actúe en su contra. Por tanto, tras el amor declarado no pervive más que un silencioso miedo, sino un angustioso terror. Miedo al poderoso frente al cual prefiere mantener distancia y ahorrarse cualquier conflicto. Miedo, sino terror a un “padre” que, en rigor, cristaliza la violencia militar del Estado (el balazo a su cuerpo) y la explotación del Capital (la precarización de una “fuerza de trabajo” sin paga).

Por supuesto, no es casualidad que la venta en cuestión sea “sexual”. Es la sexualidad –ella misma una producción política de los dispositivos sobre los que se anuda el Estado y el Capital- la que exhibe el modus operandi del control de los cuerpos a través de un conjunto múltiple de formas de violencia. El joven vende un cuerpo que no recibe paga y solo un balazo por parte del “Padre” que no es el suyo. “Padre-Hijo” designa entonces la máquina Estado-Capital, de un Estado que favorece al Capital porque puede llegar a matar para impedir que este último desembolse una paga mínimamente justa.

A esta luz, el pequeño fragmento de franja exhibido ayer por la campaña del Rechazo muestra en realidad la estructura con la que opera la Constitución de 1980. Esta última cristalizó la máquina Estado-Capital sostenida a favor de los poderosos (el “Padre”) que permitió la impunidad sistemática, sobre todo, en los momentos de la transición cuando la justicia fue denegada a cambio de estabilidad. ¿No es este gesto el que realizó el propio Sergio Micco cuando, a propósito de sus últimas declaraciones acerca de su participación como director del INDH, señaló que él no quiso formular la existencia de violaciones “sistemáticas” a los DDHH durante el gobierno de Piñera porque de hacerlo ponía en “riesgo la democracia”? ¿No habrá sido este gesto el que refleja ominosamente la racionalidad transicional que le dio viabilidad política al pacto oligárquico de 1980 a cambio de impunidad?

¿No es el relato del joven cuando dice que “fue su primer acto de amor” el relato de la transición misma, el de la racionalidad política que esconde los crímenes bajo la alfombra a cambio de estabilidad política? Como si, al precio de conservar la transición modélica, el pueblo tuviera que sacrificar el cumplimiento de justicia. Un “amor” que ahora sabemos que era: la entrega total –la identificación- de este joven al poder dominante. La transición supuso que, para impedir el regreso de los militares o la huída del empresariado, se debía poner en juego un sacrificio, es decir, identificarse con el orden prevalente y, tal como ocurre con el personaje de la franja, renunciar totalmente a la posibilidad de justicia (jurídica y económica). 

Con esta breve historia, la franja del Rechazo muestra exactamente lo que es. Ni más ni menos. Y expone exactamente no solo a la “derecha”, sino a esa oligarquía portaliana que ha controlado al país durante 200 años, estableciendo constituciones (la de 1833, 1925 y 1980) con la sacrificialidad de un “amor” que, en la práctica, siempre ha redundado como impunidad. Impunidad de ese “Padre” totalmente perverso que carece de cualquier forma de justicia que pueda reclamársele. Y de un pueblo –metaforizado en el joven- al que ese “Padre” ha maltratado sistemáticamente hasta docilizarle y volverlo pasivo (pedigüeño, dirá Salazar), al punto de aceptar el régimen de injusticia justificándolo bajo el término “amor”.

¿Qué es “amor” aquí? Un dispositivo de separación: el joven de la franja está solo. Llegó solo y se va solo. Solo frente a ese “Padre” y solo frente a su propio sufrimiento. Al estar solo no puede más que preferir la impunidad (de hecho, rechaza al funcionario de la PDI que le ofrece denunciar). A esta luz, la unidad a la que apela la franja del Rechazo (“una que nos una”) es la unidad de los solitarios. De aquellos individuos sin pueblo, exentos de multitud, sin otros. Personas aisladas que funcionan aisladamente tanto en la economía “libre” (Capital), como en el autoritarismo de la persona investida del poder presidencial (Estado), tal como lo estipula la Constitución de 1980 hoy muerta y putrefacta.

Quizás, los oportunistas repetirán la monserga cristiana de que el “amor” puesto en juego en esta franja es “poner la otra mejilla”, e intentarán convencer de que ellos son la encarnación de la paz. Para estos, será mejor responder con la película El Evangelio según San Mateo de Pier Paolo Pasolini, donde justamente el Cristo irrumpe ante la institución religiosa para destituirla. Hoy es el tiempo de San Mateo. Es el tiempo del Apruebo. El tiempo del fin de la impunidad generalizada.  

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