¿Fracasó la revuelta de octubre?
Frente a este paupérrimo escenario, solo cabe decir: la revuelta se sustrae al “juicio” histórico y, con ello, a la posibilidad de su “fracaso” o “éxito”. El “fracaso” y el “éxito” son términos morales revestidos de ciencia, que no logran ajustarse a la irrupción acéfala de la revuelta. De ella solo cabe decir que aconteció y que su estela desestabilizante horadó a tal punto al fantasma portaliano, que este volvió a asaltar la historia confiando su destino al Congreso Nacional, en su momento, único poder fáctico eficaz en medio del desplome del Ejecutivo durante el gobierno de Sebastián Piñera II.
Agencia Uno
El asedio porta consigo la obsesión de un fracaso. En todas direcciones, hacia todas las redes sociales, en todas las esquinas, no deja de repetirse un solo mensaje: la revuelta popular de octubre fracasó. Parece estar de moda admitirlo, sostenerlo, investigarlo. Último cliché para el fin de año, que pretende un final “feliz”; el proceso de Restauración Oligárquica en ciernes, nos trae la buena nueva: la revuelta popular de octubre fracasó.
Fracasó la revuelta y, como su “rúbrica” (dicen por ahí), también fracasó la Convención Constitucional. Como si esta última fuera la continuidad sin fisuras de la primera. Y así como para Marx una “cosa” inscrita en el circuito del Capital jamás podía remitirse exclusivamente a sí misma, puesto que portaba consigo un plus de valor que la excedía, así también el mensaje: la revuelta popular de octubre fracasó, porta la silenciosa conclusión “moral” de que para “no volver a repetir” dicho fracaso es necesario que todo el “proceso constituyente” vuelva a manos de los políticos.
Más precisamente: del Congreso Nacional y su épica gastada, vacía y, sin embargo, plena de vigor de los “grandes acuerdos”. Hablan por nosotros, creen saber qué es lo que “quiere la ciudadanía” gracias a intrincadas y caras encuestas, estudios de opinión, investigaciones “expertas”, hasta que el acontecimiento irrumpe y entonces se miran entre sí para decir: “No lo vimos venir”. Hablan por nosotros, actúan por nosotros, justifican cada dinero, cada acción, cada discurso, por nuestro propio “bien”. Creen haber restaurado la técnica pastoral y solo urden un conjunto de mecanismos tan transparentes como obvios, destinados a desmovilizar.
Así, la institución más deslegitimada de la República cree detentar el “poder constituyente”. Incluso, se ha puesto en la agenda -como si fuera un gran valor defendido por el progresismo- que el nuevo mecanismo ha de ser una Convención 100% electa: ¿Y qué pasó con el plebiscito de entrada celebrado el día 25 de octubre del año 2020 en el que el pueblo de Chile decidió una Convención 100% electa y no “mixta”? ¿Por qué este tema vuelve a estar en disputa si, según entendimos, habría sido zanjado irrevocablemente en dicho plebiscito? Nótese que lo que el plebiscito de salida del 4 de septiembre decidió fue solamente un rechazo a la propuesta de la nueva Constitución, pero no a los mecanismos decididos ya en el plebiscito de entrada del 25 de octubre de 2020.
Entonces, ¿por qué los héroes de los “grandes acuerdos” creen narrar una epopeya de grandes proporciones al decir que defienden una Convención 100% electa, si eso ya fue resuelto en el plebiscito de entrada? Es evidente que la respuesta a estas preguntas es que el desechar la decisión del plebiscito de entrada y estar disputando nuevamente acerca de los “mecanismos”, expone la magnitud del golpe civil y parlamentario urdido aquí: la decisión popular del 25 de octubre de 2020 es suspendida y desplazada.
Tal suspensión implicó un golpe soberano capaz de “decidir sobre el estado de excepción” que la oligarquía logra capitalizar en el plebiscito del 4 de septiembre, no obstante lo diverso del voto que contenía matices que aún la derecha –pero no solo- no ha querido-podido descifrar. Todo entra a fojas cero: la decisión “popular” ya no vale. Los políticos profesionales, por tanto, tendrán que restituir la “seriedad” de la situación, porque, según la narrativa vigente, solo ellos saben lo que nosotros “queremos”. Y así, repiten la monserga: no podemos “repetir” el fracaso, y fracasan al repetirlo, como si aún una leve fisura abierta por la sublevación de octubre no pudiera cerrar del todo y amenazara con desbaratar las buenas intenciones de nuestros legisladores, su “gran acuerdo nacional” prometido todos los días desde el 5 de septiembre de 2022 hasta la fecha.
En cualquier caso, apuntemos al tema más decisivo sobre el cual se sostiene todo el edificio anterior: si acaso la revuelta popular de octubre “fracasó” o no. ¿Qué se quiere decir con “fracaso”? Ante todo, que ella no habría cumplido sus “objetivos”. Pues bien: ¿cuales habrían sido sus “objetivos”? ¿Están escritos en un programa, en el discurso de un líder, en el relato de un partido político? ¿Por algún movimiento acaso? No.
La observación que habría que notar es la siguiente: hablar de “fracaso” o de “éxito” de una revuelta supone que esta tendría una “finalidad” específica, que ella entraría en la concepción tradicional de la política, según la cual toda acción implicaría una “obra” a realizar. Cuando hablamos de “fracaso” o “éxito” estamos suponiendo la existencia de una “obra” que puede ser mala o buena, fracasada o exitosa. Por supuesto, la concepción tradicional de la política está centrada en una noción “operante”, donde su efectividad se mide por la realización o no de una “obra”.
Sin embargo, la dificultad para la episteme tradicional –heredera de la filosofía política y la sociología funcionalista: Durkheim-Merton-Luhmann, para decir una tríada centrada en los “hechos” e imposibilitada de percibir al “acontecimiento”- es que la revuelta no implica “obra” alguna, más bien, ella irrumpe como un “desobramiento” radical de toda “obra”. La revuelta no “hace” algo, sino “deshace” lo vigente y, precisamente por eso, su textura no es más que imaginación: ella hace y deshace, hace devenir en magma lo que antes era sólido y, vuelve sólido lo que antes devenía magma. Por eso, la imaginación no puede ser entendida sino como una fuerza de transformación.
La revuelta no operativiza una maquinaria, sino que la desoperativiza llevándola hasta el punto más bajo de efectividad. En este sentido, la revuelta no “fracasó” ni tampoco tuvo “éxito”, porque ella no se deja capturar por una concepción “operante” de la política.
La ceguera de nuestros analistas para con la revuelta popular de octubre no es un asunto personal, sino de índole histórica, epistémica y política: “histórica” en el sentido de que siempre nadaron con la historia y para ella, nunca contra ella; “epistémica” en cuanto sus conceptos fueron todos conceptos del orden y del gobierno que marcaban la continuidad antes que la discontinuidad de los procesos (por eso resulta tan decisivo el pensamiento de Michel Foucault aquí); “política”, en la medida que su saber estuvo siempre con el poder, legitimando con el saber experto la política oligárquica y sus articulaciones transicionales.
Forjar la continuidad histórica, armar un esquema categorial del orden social y asesorar con su expertiz al poder, ha sido el ajuste clave de estas ciencias sociales. En este sentido, la revuelta popular de octubre quebró el pacto cognitivo de la transición y, en este sentido, envió a la ruina a los sociologismos. La revuelta es, ahora sí, el fin de un tipo de sociología. Por eso la enconada reacción de la sociología funcionarial contra la revuelta que hoy se expresa en el discurso de nuestra clase política para la cual la revuelta de octubre y su derivada Convención, no habría sido más que un rotundo fracaso.
La política ha de ser “seria” -dicen-, pletórica de acuerdos, epopéyicos, cuya narrativa nos permita otra vez subrayar que somos la excepción de América latina, el “oasis” de estabilidad en el reino de barbarie.
Frente a este paupérrimo escenario, solo cabe decir:
La revuelta se sustrae al “juicio” histórico y, con ello, a la posibilidad de su “fracaso” o “éxito”. El “fracaso” y el “éxito” son términos morales revestidos de ciencia, que no logran ajustarse a la irrupción acéfala de la revuelta. De ella solo cabe decir que aconteció y que su estela desestabilizante horadó a tal punto al fantasma portaliano, que este volvió a asaltar la historia confiando su destino al Congreso Nacional, en su momento, único poder fáctico eficaz en medio del desplome del Ejecutivo durante el gobierno de Sebastián Piñera II.
La revuelta no tiene una “obra” a realizar. Ella puso en juego una potencia destituyente que “desobró” al régimen vigente constituido por la trama Guzmán-Boeninger, bajo cuyos brazos se axiomatizó el anudamiento entre dictadura y democracia, y la restitución del fantasma portaliano como su dispositivo.
Seguramente el carácter “desobrante” de la revuelta le parecerá a esta episteme un lenguaje abstracto; quizás, alambicado, incluso “poético” (se usa “poético” en sentido peyorativo, ¡vaya síntoma del “país de poetas”!), en la medida que no se ajusta a los “hechos”. Pero eso solo atestigua la bancarrota del sociologismo. La fidelidad a los “hechos” que aparece como su fortaleza, en realidad es su más profunda debilidad. En este caso, son precisamente los “hechos” los que no dejan ver. Incluso si hoy el sociologismo ha vuelto a subirse al carro de la historia para forjar lo que llaman el “proyecto-país” o, a propósito del develamiento de la ominosa estatua de Aylwin, se diría, de manera más empalagosamente cristiana: el “país que todos queremos”.
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