¿Es el Frente Amplio el único sector que se ha atribuido superioridad moral en Chile?
Todo movimiento político es presa de sus superioridades morales. La DC lo fue al insistir en ser un partido único de gobierno y, en consecuencia, radicalizar más aún el escenario de los 70; la UP al no lograr una unidad de criterio y enamorarse demasiado de una retórica revolucionaria que lo único que hacía era agudizar las contradicciones, y la Concertación por pensar que su forma de conciliar las heridas expuestas post dictadura sería una fórmula eterna y que resultaría en todo contexto histórico.
Foto: Agencia Uno
Era cuestión de tiempo que volviera a las portadas de los medios nacionales un escándalo relacionado con dineros. Ahora le tocó al Frente Amplio y al gobierno ser investigados por el manejo de platas, por asignaciones a una curiosa fundación llamada Democracia Viva.
¿Por qué digo que era cuestión de tiempo? Pues porque siempre en torno al poder y al Estado se crean redes, amiguismos, tráficos de influencias y cosas por el estilo. El que diga lo contrario está negando la esencia misma del ejercicio de lo público. Es por eso que la política debe luchar siempre con sus claroscuros, con sus vacíos y sus contradicciones. Porque en eso, entre muchas otras cosas, consiste gobernar.
Tal vez algunos podrán argumentar que en este caso la cuestión es más grave que en otras debido al relato justiciero y moralista que levantó la generación que hoy gobierna. A lo mejor quienes lean esto dirán, como se he dicho hasta el cansancio por estos días, que la idea que sustentaba al frenteamplismo- y que consistía en venir a cambiar todo, incluso la esencia misma del ejercicio del poder- agrava aún más lo que se ha conocido en torno a esta fundación liderada por el novio de la diputada de Revolución Democrática, Catalina Pérez. Y lo cierto es que, en los hechos, no.
Es igual de grave que si viniera de parte de un sector que no hubiese puesto a sus valores por sobre los del resto. Lo que pasa es que esos dichos, en los que se atribuían cierta pureza, son hoy el gran arma que los jóvenes frenteamplistas pusieron fortuitamente en contra de ellos mismos, por creer, como creen demasiados en esos lugares, que los procesos son lineales y que existe algo así como un portal divino que se puede cruzar para siempre, sin que haya consecuencias.
Pero, ¿quiénes no han creído ser más que los otros en política? ¿Acaso la Patria Joven de Frei Montalva no creyó ser más que los antagonismos que la precedieron al plantearse como una nueva alternativa entre capitalismo y socialismo? ¿Acaso la Unidad Popular no creyó ser más que el Frente Popular y que el viejo comunismo al plantear una nueva forma de socialismo y democracia liberal al mismo tiempo (sé que no es un buen ejemplo)? ¿Acaso la Concertación, con razón algunas veces y otras no, no se erigió como la forma definitiva de hacer política? ¿Acaso no dijeron que eran los dueños de la moderación, de la prudencia, cuando, en definitiva, lo que estaban haciendo era resistir y administrar para que el país no se les desbandara en manos de un dictador al que le tuvieron primero un medio entendible y luego un terror demasiado innecesario? ¿Acaso la Nueva Mayoría no dijo implícitamente ser mejor que la Concertación? ¿Acaso el piñerismo no se enfrentó con la cruda verdad de que manejar un Estado distaba mucho de administrar una empresa?
Todo movimiento político es presa de sus superioridades morales. La DC lo fue al insistir en ser un partido único de gobierno y, en consecuencia, radicalizar más aún el escenario de los 70; la UP al no lograr una unidad de criterio y enamorarse demasiado de una retórica revolucionaria que lo único que hacía era agudizar las contradicciones, y la Concertación por pensar que su forma de conciliar las heridas expuestas post dictadura sería una fórmula eterna y que resultaría en todo contexto histórico.
Por lo tanto, la generación de Giorgio Jackson y Gabriel Boric hoy está sufriendo lo que toda fuerza política, lamentablemente, debe padecer al momento de darse cuenta que el relato se desvanece ante la realidad. Han descubierto a golpes las complejidades de lo que muchas veces se perdía en la simpleza de la prepotencia de las buenas intenciones.
Ahora lo que queda es esperar que los resentidos, los dolidos, los que estaban esperando este día con ansias, los acusados por los críticos de la transición no reaccionen como si efectivamente esa prepotencia frenteamplista fuera algo nuevo en la historia política chilena. Aunque lo dudo. Están disfrutando demasiado esto. Están haciendo fila para acceder a ese palco del que habló Ximena Rincón al comienzo del primer año de gobierno.
La pregunta es cómo se sale de esto; qué costo tendrá esta fascinación por ver a los impugnadores de ayer pidiendo a gritos que los salven, que dejen de acusarlos. A veces el placer en política es el detonante de una gran catástrofe. Tenemos ejemplos bastante cercanos en el tiempo.
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No comparto lo que expresa el columnista: ES MUY DISTINTO que haya militantes de partidos que incurren en actos que pueden ser o son corrupción, a prácticas corporativas consuetudinarias de colectividades partidarias o empresariales para lo mismo (Penta, Soquimich, etc, con clases de ética para algunos). La evasión de impuestos por ejemplo (incluida la elusión) es una extendida forma de corrupción que daña a millones de personas al sustraer dineros al erario nacional, y así muchos ejemplos. La gran desigualdad social que caracteriza a Chile es una muestra en parte de tales prácticas.
El columnista dice «en torno al poder y al Estado»…¿acaso hay un solo poder?, hay poder en los movimientos sociales, que se expresa de muchas maneras (organizaciones indígenas, feministas, estallidos sociales como en Francia ahora, etc). Repetir el mantra de un solo poder, vertical, jerárquico, el de la toma de decisiones, con frases archirrepetidas como acceso al poder, hacerle mella al poder, etc, contribuye a desempoderar a las personas.