El problema de Piñera es Piñera
Foto: Agencia Uno
El problema de Piñera siempre será Piñera, su nula conciencia de la historia y su rol en ella. El Presidente es peligroso por su inconsistencia y la poca importancia que le da a gobernar democráticamente. Él es el mercado en el Estado, la lógica fácil y pequeña que puede darle pequeñas victorias; pero hoy, a más de un año del estallido social, solo le ha servido para convencerse de lo que no es aunque sea algunos minutos.
Cuando se conoció la compra de vacunas por parte del gobierno de Chile, algunos creímos ver a Sebastián Piñera manejándose a sus anchas en lo que sabe hacer: comprar, apostar a corto plazo sin importar las consecuencias.
Estaba haciendo lo que siempre había hecho con éxito: aprovechar una oportunidad de mercado para obtener un objetivo. ¿La razón? Para que lo libere de la derrota en la que se encuentra sumido y se niega a aceptar. Tal vez, pensamos algunos, salirse del debate político y hacer estas gestiones comerciales podría darle una pequeña ventaja cuando su permanencia en La Moneda se hace insostenible. Quizás con esta implementación de algo urgente, como es un proceso de vacunación en una pandemia de estas características, podría haber conseguido cierto espacio de acción para tratar de escapar de lo que, inevitablemente, será el juicio de la historia.
Pero no. Su capacidad en los negocios es igual de fuerte que su incapacidad en la arena política. Y la segunda es hoy el gran problema de su gestión. Como todo en su carrera, Piñera no se aguantó y salió a anunciar las vacunas para así tratar, en el subtexto, de contarnos que había ganado, que lo había hecho antes que muchos en la región, por lo que estaba demostrado que su capacidad gestora no podía ser cuestionada. Sin embargo, esa misma actitud es su principal problema: no mirar a un país más allá de sus supuestos logros y hacer de estos un espectáculo en el que siempre subyace, entrelíneas, la idea de que quiere que se le agradezcan cosas.
¿Podrá llevarse a cabo un proceso de vacunación serio, sin la figura de Piñera, como jefe de Estado, rondando y sacando provecho de esto? ¿Podrá pensar en el Estado y en lo colectivo más allá de su persona y su constante lucha consigo mismo? La respuesta parece clara. En momentos de la historia como este, en que su gobierno parece servirse solo de las restricciones pandémicas para mantener algo ni siquiera parecido a la gobernabilidad, con cuestionamientos a sus acciones en las calles debido a las violaciones a los derechos humanos efectuadas por Carabineros, todo parece indicar que para Piñera la sola idea de aparecer en las planas como algo parecido a la imagen de gestor que lo hizo llegar dos veces a La Moneda, le hace olvidar de todo. Incluso, y sobre todo, de los mínimos protocolos republicanos para anunciar la deseada vacuna.
El problema de Piñera siempre será Piñera, su nula conciencia de la historia y su rol en ella. El Presidente es peligroso por su inconsistencia y la poca importancia que le da a gobernar democráticamente. Él es el mercado en el Estado, la lógica fácil y pequeña que puede darle pequeñas victorias; pero hoy, a más de un año del estallido social, solo le ha servido para convencerse de lo que no es aunque sea algunos minutos.
Aunque la figura del caudillo o el dictador parecen ser el peor mal para un estado de derecho, lo cierto es que poner a eternos ganadores, “winners”, parece casi igual de peligroso. Y eso es Piñera, un winner que está perdiendo bajo sus mismas reglas; alguien que nunca saboreó la sensación de perder. Y eso es fundamental para alguien que pretende gobernar un país, aunque la lógica capitalista los contó otra historia. Si no hay derrota, no se entiende la existencia de ella en todo aspecto de la vida personal y colectiva. Si no hay derrota, no hay reformulación, ni mucho menos una visión humanista de la política y lo que implica perder en política.
Pero es lo que tenemos: un eterno ganador que sabe que perdió pero no quiere decirlo en voz alta. Un apostador (empresario es mucho decir) que quiso obtenerlo todo, dinero, poder e incluso ser respetado por la historia. Y eso no lo tiene ni lo tendrá, porque hay cosas que no están sometidas al mercado incluso en estos días.
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