El fantasma Pinochet
Foto: Agencia Uno
La indiada está aquí, se está movilizando por Boric –incluso a pesar de Boric- frente a la posibilidad de triunfo del candidato pinochetista. La potencia feminista va en la primera línea de la indiada y la coyuntura transformó al voto –ese dispositivo cada vez más vacío del sistema político vigente- en un campo estratégico y enteramente político. Pues no se trata de una simple elección, sino de una potencia que excede la numerología estadística y a la matemática eleccionaria.
La campaña presidencial de la segunda vuelta está marcada por un asunto clave: el fascismo pinochetista alcanzó el primer lugar de las preferencias. Ese momento agitó las aguas afectivas de la sociedad. No pasó en vano porque no fue cualquier candidato, sino el que activó la consciencia histórica de que lo que estaba en juego aquí no era cualquier elección, sino la profundización o no del fantasma Pinochet. En otros términos, con el triunfo en primera vuelta del candidato pinochetista quedó claro que el fantasma Pinochet aún nos mantiene apresados, que aún condiciona nuestros movimientos e incide en las posibilidades de nuestra imaginación.
Un fantasma es precisamente eso: una imagen petrificada de nosotros mismos cuya textura está hecha de imaginación, pero que se ha naturalizado e invertido al punto de ser capaz de alienarnos autonomizándose de toda dinámica histórica. Como la princesa del cuento de Blancanieves que se miraba al espejo y siempre veía reflejada una imagen juvenil, a pesar del paso de los años, el fantasma pretende ofrecernos una imagen invariante y completa de nosotros mismos. Sin historia ni mancha alguna. Como una fotografía en la que no envejecemos –creyendo que somos la fotografía y no la vida- el fantasma ofrece estabilidad, clausurando todo porvenir y congelando la imaginación. El fantasma, en rigor, adviene monumento, un verdadero simulacro que otorga imágenes para tranquilizar el alma: el “oasis”, el “jaguar de América Latina”, el “mejor alumno”, entre otras.
En una reciente entrevista, José Joaquín Brunner sostenía que la revuelta de Octubre había sido una “fantasía política”. Todo lo contrario, la revuelta fue la remoción del fantasma Pinochet, justamente esa “fantasía política” que nos capturó por décadas en la forma de la episteme transicional. Lamentablemente, lo que se llama “octubrismo” está muy lejos de ser un “hecho social” que pudiera analizarse como una “cosa” y muy cerca de ser entendido como una intensidad irreductible a la temporalidad de los hechos y a la dinámica histórica que éstos proponen.
El “octubrismo” es una intensidad o una potencia, si se quiere, de carácter “destituyente” y, por tanto, creativa. Conjuntamente, destituyó al fantasma Pinochet, expresando dicho gesto en el derrumbe de monumentos en los que se superponían conquistadores españoles y próceres chilenos –todos “conquistadores”, de alguna u otra forma. Pero que haya destituido a dicho fantasma no significa que él no pueda volver a operar, que no pueda “retornar”. Se mantiene vigente aunque en su grado cero de significación.
Por eso, la única candidatura que puede expresarlo es la del candidato de derecha quien es su monstruoso retorno, aquél que ha llamado a regresar a la “verdadera derecha” (la de 1973) y que lanza el slogan “atrévete” como una invitación a volver a donde nunca debió haberse extraviado: a 1973. No tiene proyecto, sino la facticidad de lo Mismo, la reproducción infinita del golpe de 1973. Por eso, puede prescindir de un programa o volverlo tan flexible que nada significa, sino más de lo Mismo. Tal candidatura es, nada más ni nada menos, que el último reducto del fantasma Pinochet –es Pinochet quien habla en el candidato- que aún nos asedia, que todavía nos apresa y que todavía nos tienta para reflejarnos en su imagen.
Los pueblos de Chile están en un proceso decisivo: la posibilidad de atravesar definitivamente ese fantasma y sacudirse de él para siempre. Todo lo que la dictadura condicionó y que la democracia realizó puede comenzar su fin. Porque el fantasma Pinochet no es simplemente de “Pinochet” sino de la larga y escabrosa historia sígnica de la República: los monumentos destituidos a “conquistadores” y “militares”, expresa que el fantasma Pinochet deviene el sostén del fantasma republicano, aquél que instaló a un país bajo el modelo de la “hacienda” oligárquica colonial.
Un modelo derivado de esa “capitanía General del Reyno de Chile” que no fue más que un reducto militar-económico durante siglos y que para funcionar, debió poner a raya a la “indiada”: “Poco después del Golpe de Estado de 1973, el Presidente Frei Montalva –cuenta Armando Uribe- que lo fue hasta 1970 lo explicó así el 74 en Nueva York a un exministro suyo que era alto funcionario de Naciones Unidas: “Toda la historia de Chile consiste en evitar que los indios atraviesen el río Bío-Bío (la frontera de guerra con los araucanos); con el gobierno de Allende y la Unidad Popular, los indios lo atravesaron; ¡Por eso se produjo el Golpe!” Superposición de fantasmas ¿qué pensar cuando ese Golpe de 1973 –intensificado como golpe permanente e intensivo durante todas estas décadas- es interrumpido por la asonada popular de Octubre de 2019?
La “indiada” octubrista de 2019 destituye al fantasma Pinochet, porque la indiada trae consigo la imaginación popular, quiebra esa imagen de nosotros mismos y nos baña de la realidad de la que jamás quisimos aceptar. Que no éramos un “oasis”, que no éramos los “jaguares” que, haber sido el “mejor alumno” del FMI tendría que llenarnos de vergüenza, antes que de esa complacencia noventera que subsumió nuestra subjetividad. Ser el “mejor alumno” no es nada, si ser “mejor” significa no interrogar, criticar o poner en aprietos al supuesto maestro.
La indiada está aquí, se está movilizando por Boric –incluso a pesar de Boric- frente a la posibilidad de triunfo del candidato pinochetista. La potencia feminista va en la primera línea de la indiada y la coyuntura transformó al voto –ese dispositivo cada vez más vacío del sistema político vigente- en un campo estratégico y enteramente político. Pues no se trata de una simple elección, sino de una potencia que excede la numerología estadística y a la matemática eleccionaria. Se trata del erotismo de los pueblos –la indiada- que hoy encuentra en Gabriel Boric el lugar que puede destituir el fantasma Pinochet.
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Ojalá resulte destituido tal fantasma, de no ser así, querrá decir que el daño fue mayor, al que contribuyeron también los 30 años.