Opinión

El declive de Alemania: memoria fallida, negación del genocidio y clima de guerra

En esta era ultra, la de Trump y Netanyahu, el soft power ha muerto. Y Alemania busca desesperadamente su nuevo lugar en el mundo multipolar, ahora que el mundo ya no puede tomar en serio sus discursos moralizantes.

Alemania ha construido su relato de redención de posguerra alrededor del Holocausto, y de su supuesta responsabilidad histórica ante los judíos asesinados por los nazis. Esto ha quedado condensado en el eslogan “Nunca más, es ahora”, frase que ha resonado con fuerza en los últimos tres años desde las instituciones alemanas. Este sostiene que Israel enfrenta una amenaza similar a la de los nazis y que, por tanto, debe ser apoyado sin miramientos. “Razón de Estado” llaman a esta locura. Lo que se traduce en que la culpa que arrastra Alemania por el Holocausto ahora se paga con el apoyo tácito a otro crimen contra Gaza y el Líbano.

El relato oficial sostiene que Alemania debe apoyar a Israel, haga lo que haga su gobierno. Que Israel no solo es un aliado, sino una pieza clave de “occidente”, que es “uno de nosotros”, la única democracia en el Medio Oriente”. No importa que ante la vista del mundo entero, su ejército “tan moral”, cometa los crímenes de guerra más atroces contra civiles inocentes una y otra vez, porque nunca ha tenido que rendir cuentas a nadie.

El ejército israelí ha borrado Gaza de la faz de la Tierra. Un lugar, que, conviene recordar, era uno de los lugares más densamente pobladas lo que le valió el apelativo de ser la prisión al aire libre más grande del mundo por Human Right Watch[i]. La destrucción de Gaza es la cara de un genocidio transmitido en vivo y en directo. Destrucción total de hospitales, universidades, colegios, toda la infraestructura civil hechos añicos. A veces me pregunto qué amenaza a la “seguridad de Israel” representaban periodistas, doctores, mujeres y niños asesinados. Pero para el gobierno alemán, los datos sobre las matanzas indiscriminadas de civiles, mujeres y niños no importan.

Lo que importa es el relato. Y sostenerlo hasta el final. A pesar de toda esta violencia expuesta, la prensa occidental reproducía los relatos que emanaban de la gran máquina de propaganda sionista de Israel. De la muerte de civiles se le culpaba a Hamás por supuestamente “escudarse” en la población palestina. No había que perturbar la idea del “ejército más moral del mundo”. De hecho, en Alemania, cuestionar las acciones de Israel es un pecado que puede matarte socialmente.

En esta constelación enferma, Alemania busca expiar sus culpas históricas, ahora defendiendo un estado abiertamente fascista y criminal, y siendo cómplice activo de estas atrocidades. De esta forma, Alemania no solo socava su propia credibilidad, sino que también destruye las bases de su futuro democrático.

Mientras que sus políticos continúan llenándose la boca hablando de democracia y libertad, en Alemania hay gente que es perseguida por sus ideas políticas, periodistas que son removidos de sus puestos o castigados con sanciones por no adherirse a la narrativa oficial[ii], y quienes protestan o buscan boicotear las empresas que lucran con este genocidio son enfrentados con la mayor dureza institucional y legal[iii].

La clase dirigente alemana se empeña en adoptar la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional de la Memoria del Holocausto (en inglés, IHRA[iv]), definición que ha sido sumamente cuestionada por académicos internacionales, habiendo otras alternativas —como la Declaración de Jerusalén—, definición que diferencia limpiamente entre antisemitismo y antisionismo[v]. Pero el gobierno alemán se mantiene firme en usar la infame definición de la IHRA, que permite calificar de antisemita toda crítica al Estado de Israel.

Lo que demuestra una evidente falta de voluntad de separar limpiamente, la crítica legitima a un gobierno que comete actos criminales, de un odio racista contra los judíos al cual ese Estado dice representar. Este ha sido y sigue siendo una poderosa herramienta de persecución y difamación contra todo crítico de Israel, que lleva años aplicándose a los críticos[vi]. Pero al parecer, la clase política y mediática no va a dar marcha atrás en estas consideraciones básicas que permitirían un entendimiento mínimo de la naturaleza criminal de ese gobierno. De esta forma, Alemania peligra por caer en desgracia junto a su gran aliado Israel, que ya es considerado un Estado paria ante el mundo[vii].

Ideología y arrogancia

Gaza demostró que el orden liberal basado en reglas solo se aplica selectivamente: no todas las personas tienen el mismo privilegio de pertenecer a la esfera humana[viii]. Pero detrás de estas reiteradas manifestaciones de hipocresía, se esconde una gran cuota de propaganda e ideología emanadas del Estado y de sus órganos ideológicos, que continuamente les recuerdan a los alemanes blancos lo buenos que son y que esos “Otros” son en realidad malvados terroristas y antisemitas que merecen lo que les pasa. Según esta visión, no podemos comparar el valor de un ciudadano europeo con el de un árabe, ni el de un israelí con el de un palestino.

De hecho, no creo que haya sociedad más ideologizada, a la vez más autocomplaciente y arrogante. Porque los alemanes no solo creen cómo son las cosas, ellos saben. Ellos saben que Rusia es el único culpable de la guerra en Ucrania; que Hamás, una organización terrorista, inició esta mal llamada “guerra” contra Israel, nación que solo se defiende de ataques que surgen de la nada. No existe historia previa, no existe contexto y no te atrevas a querer entender cómo se llegó a esa situación.

Dentro de esta burbuja ideológica que dicta quiénes son los buenos y quiénes los malos, quiénes merecen ser apoyados y quiénes ni siquiera merecen ser llorados. Pero esta increíble arrogancia de los alemanes y su pretendida comprensión de los problemas del mundo dan muestras de su evidente falta de humanidad, de su superioridad moral y de su racismo. Esto lo llamo humanismo selectivo, es decir, cuando las recetas liberales (derechos humanos, derecho internacional) solo se aplican a unos pocos elegidos. Visión del mundo heredada del colonialismo europeo y del imperialismo anglosajón, que se condensa en la situación actual de declive y vasallaje ante el poder imperial norteamericano. Desde hace casi tres años, esa sociedad prefiere ignorar e invisibilizar sus propios crímenes y los de sus aliados, mientras que las instituciones del Estado persiguen activamente a los activistas que los denuncian[ix].

Solo hay que mirar lo que la prensa alemana publicaba al momento de las masacres diarias en Gaza (que aún hoy persisten lejos de la cobertura mediática): si Israel mata civiles en Gaza, Teherán o Beirut, la narrativa correcta es sostener que Israel se defiende ante amenazas terroristas sin importar que la mayoría de las víctimas sean civiles. Cuando mueren civiles, se culpa a los terroristas de usarlos como escudos humanos. Hoy, tristemente, ya sabemos tantas cosas: como que toda acusación es una confesión[x]. Y mientras la violencia de Israel es total, el silencio de sus “amigos europeos” también lo es.

Esta mezcla de superioridad moral y racismo ha sido finamente enmascarada por el progresismo liberal y sus discursos sobre democracia, derechos humanos y derecho internacional. Discursos que perdieron su poder. Hoy, asistimos a la destrucción del orden internacional que, en primera instancia, hizo posible la existencia de Israel, y, como señalaba el historiador israelí Ilan Pappé, la entidad sionista ya ha entrado en una fase de evidente autodestrucción[xi].

Pero en Alemania el genocidio en Gaza se niega activamente como imposibilidad moral y epistémica. Ya que una nación que alberga a los descendientes de uno de los crímenes más atroces no puede convertirse, a su vez, en perpetrador de los peores crímenes. La conciencia alemana sostiene que eso es imposible[xii]. Pero esto también demuestra que a los alemanes no les importan los judíos, sino su propia culpa. Que nunca les importó el hecho en sí (su crimen, sus genocidios) para que estos nunca vuelvan a repetirse en otra parte del mundo. De hecho, Alemania podría advertir a sus amigos en Israel sobre lo peligroso que resulta tomar ese “camino” (amigos de verdad se dicen las cosas cuando uno se equivoca).

Esto podría ser la base de una relación sana entre ambos países. Una manera genuina de enfrentar sus crímenes y aleccionar a quien peligra a cometer nuevos actos de barbarie. Pero eso obviamente no pasa. Y es aún peor: mientras que la sociedad israelí deviene abiertamente fascista en su desprecio al árabe, al palestino, al iraní o al libanés, empleando los mismos métodos de asesinato de civiles en el Líbano e Irán ya utilizados en Gaza, los alemanes, a su vez —con su largo historial genocida—, sostienen con toda firmeza que lo de Gaza no es un genocidio[xiii].

Esta realidad nos demuestra un triste hecho: que Alemania nunca aprendió nada de su historia; sus élites, la clase gobernante, su propia sociedad, sus portavoces e intelectuales, nunca sacaron las consecuencias reales de sus crímenes históricos[xiv]. Lo que hicieron fue crear un dogma, una nueva religión, cuyo centro ahora lo constituyen Israel y la famosa “culpa histórica”[xv]. Eso nos habla del fracaso de la cultura de la memoria que sirvió de proyecto de renovación y como puerta de entrada al “mundo civilizado” de posguerra[xvi].

Alemania se presentaba no solo como desnazificada, sino también en proceso de redención por su gran crimen. Pero, al parecer, su racismo siempre se mantuvo intacto, manifestado en la obediencia ciega al Estado y a sus órganos de propaganda. Se ve también en el complejo de superioridad de una sociedad cuyos representantes siempre se han considerado superiores: superiores al resto, a la jungla. Allá afuera la violencia, adentro el jardín (Borell). Superiores, ya no en términos militares (aunque nuevamente se estén preparando para ello), sino en términos morales. Alemania, con sus “lecciones históricas”, supuestamente aprendidas, pretende dictar al mundo lecciones sobre cómo debe comportarse una civilización. Pero no solo Gaza representa un quiebre total de toda esta narrativa.

Mundo multipolar, militarización, guerra

En Alemania, la distinción entre blanco y negro, bueno y malo, opera incesantemente y de forma velada en el lenguaje de los medios y de la política. Mensajes que circulan a diario: el jardín de nosotros y la jungla de ellos, nuestra moralidad y su terrorismo. Israel representa el bando propio, el jardín occidental, la democracia, la libertad… la colonia. Por lo tanto, reconocer la violencia de Israel (la violencia de la Nakba como proceso de despojo territorial, su máquina de guerra perenne, su complejo industrial militar) significaría reconocer la propia enfermedad y podredumbre en el corazón de un Occidente hipócrita y decadente. Reconocer este hecho significaría, al menos, el comienzo de un proceso de sanación. Dejar que toda esta falsa narrativa se cayera a pedazos para que surga algo nuevo. La fragilidad de esta construcción ideológica ha quedado completamente expuesta. De hecho, tiendo a pensar que el miedo a la disidencia y a la crítica a Israel —la negación del genocidio y el intento de sofocar esta crítica— son indicios de esa fragilidad. Es como querer tapar el sol con un dedo, pero por más que lo intenten, fracasarán.

Pero en esta era ultra, la de Trump y Netanyahu, el soft power ha muerto. Y Alemania busca desesperadamente su nuevo lugar en el mundo multipolar, ahora que el mundo ya no puede tomar en serio sus discursos moralizantes.

La situación social y económica que atraviesa el país es más que preocupante: Alemania enfrenta una crisis creciente. La economía alemana se encuentra en declive: año tras año, miles de empresas declaran la quiebra debido a los altos costos energéticos[xvii]. Pero el camino que ha elegido la clase política atlantista para salir del atolladero es la completa militarización, y para sostenerlo deben recurrir a la mentira y a la propaganda, lo cual explica los actos de censura y persecución política contra disidentes. Lástima que la arrogancia y la extrema ideologización de la población alemana les impidan reconocer y resistir el intento del gobierno actual de desarticular el Estado social.

La apuesta de la clase política alemana es canalizar ese descontento social hacia el odio a Rusia, supuesto culpable de los males sociales y económicos que Alemania sufre hoy. El gobierno y los medios inyectan incesantemente miedo a la población ante una posible invasión rusa en territorio europeo, lo cual también sirve de “argumento” para redirigir ingentes cantidades de dinero (se habla incluso del 5% del PIB en gasto de defensa) hacia el complejo industrial militar gringo.

Estas heridas son autoinfligidas y se deben a elecciones erróneas y un camino de autodestrucción emprendido por las mismas élites gobernantes. Su opción es construir un clima de guerra a través de los medios, inyectando mensajes grandilocuentes sobre lo grandiosos que son los militares, ya que estos no solo defenderán a Europa, sino también la democracia y el grandioso “modo de vida europeo” ante la amenaza rusa.

Los que van contra la corriente son tratados como enemigos internos, parias, antisemitas, o marionetas de Putin, según el caso. Dentro de este clima político, la libertad de opinión en ese país se debilita día a día: todo vale para mantener la narrativa del malvado ruso como la gran amenaza, lo que permite justificar el camino militarista de la sociedad europea en general y de la alemana en particular.

En los medios se venden la rusofobia y el filosemitismo (la defensa acérrima de Israel) como garantes de esta nueva civilidad aguerrida. Europa y Occidente luchan por su hegemonía aunque eso signifique mantener guerras en diversas partes. Indudablemente estamos ante una crisis estructural del capitalismo tardío y no necesito bola de cristal para preocuparme, con estos indicios que veo, ya es suficiente.


Referencias

[i] https://www.hrw.org/news/2022/06/14/gaza-israels-open-air-prison-15

[ii] https://www.thomasfazi.com/p/eu-sanctions-three-journalists-in

[iii] https://theleftberlin.com/ulm-5-first-trial-report/

[iv] https://holocaustremembrance.com/resources/working-definition-antisemitism

[v] https://jerusalemdeclaration.org/

[vi] Véase Moshe Zuckermann. Antisemit! Ein Vorwurf als Herrschaftsinstrument. Promedia. Wien. 2010.

[vii] https://www.timesofisrael.com/israel-is-speeding-towards-global-pariah-status-with-trump-as-its-only-shield/

[viii] https://rebelion.org/la-bestialidad-de-occidente-gaza-y-la-deshumanizacion-del-otro/

[ix] Véase Anna Younes (2024) y Younes & Hanna Al-Taher (2024).

[x] https://www.theleftberlin.com/western-media-israel-human-shields/

[xi] https://www.aljazeera.com/news/2025/1/14/israeli-historian-ilan-pappe-this-is-the-last-phase-of-zionism

[xii] https://hannohauenstein.substack.com/p/on-forms-of-denial

[xiii] https://www.lemkininstitute.com/statements-new-page/statement-on-the-role-of-civil-society-organizations-in-sustaining-german-genocide-denial

[xiv] Daniel Marwecki. Germany and Israel: Whitewashing and Statebuilding. Oxford University Press, 2020.

[xv] Dirk Moses, The German Catechism.

[xvi] Pankaj Mishra, Memory Failure.

[xvii] https://theleftberlin.com/germany-economy-militarisation/

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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