El asesinato de un carabinero también es responsabilidad de Carabineros

No es sano que el alto mando asuma responsabilidades cuando debe aparecer en la televisión llorando a uno de los suyos, sin tener en cuenta que esa muerte es, entre muchas otras razones, culpa de la resistencia a cualquier tipo de reforma, a cualquier tipo de involucramiento civil en materia de normas, y sobre todo a cualquier mea culpa.
Foto: Agencia Uno

Un nuevo asesinato de un funcionario de Carabineros ha puesto sobre la mesa una vez más el tema de la seguridad y cómo afrontarla. ¿Más policías? ¿Más garantías a los que ya están desplegados en las calles? Esas son ideas sobre cómo disminuir la violencia en todo el país.

Quienes defienden a la institución dicen que el problema es que se ha perdido respeto por la autoridad policial y que todo lo que hemos visto se debe al poco apoyo político que se le ha dado a quienes son los encargados de velar por nuestra seguridad. A la salida del funeral del funcionario asesinado, sin ir más lejos, diputados de derecha le manifestaron al general director su apoyo irrestricto debido a que, según afirmaban, Carabineros era lo más valioso que tenía el país. Y aquí sería bueno detenerse un momento y tratar de entrar en la discusión de fondo.

¿Es Carabineros la institución chilena por excelencia? ¿Es un orgullo patrio como algunos intentan plantear en días en que muchos de sus trabajadores han debido enfrentarse a una nueva violencia delincuencial? No, no lo es.

Y parece sumamente importante entenderlo para no hacerse parte de un debate unidimensional que plantea que, por el sólo hecho de ser los llamados a resguardar la seguridad interior del país, se les debe dar un respaldo masivo sin detenernos en sus vicios, en sus falencias estructurales y en los oscuros pasajes de la historia reciente en que han estado involucrados.

Por más que en días como estos- en que los actos delincuenciales han aumentado en números como en crudeza- haya quienes aprovechen de culpar a los que osan cuestionar la acción policial, es relevante no dejar ese cuestionamiento, ese raciocinio básico- siempre de manera justa y no desmedida, claro-sobre cómo deben hacer su trabajo quienes son los encargados de usar la fuerza. Aunque se quiera decir que hacerlo es validar la violencia callejera, bien sabemos que, en democracia, todas las instituciones están bajo el ojo público debido a cómo logran resolver temas que les competen.

¿Ha logrado Carabineros lidiar con sus problemas? ¿Ha podido repensarse? Si lo hubiera hecho a lo mejor no tendría tantos muertos en sus filas, porque si bien siempre se mira a la institución como la gran víctima de la delincuencia, es ésta también responsable de cómo trabajan sus funcionarios, cuántas horas, dónde los mandan y con qué contingente. Eso es medular para lograr una policía profesional en todos los aspectos de la vida diaria que le toca enfrentar. Y, como hemos visto a lo largo de estos años, nada de eso se ha hecho bien.

No es sano que el alto mando asuma responsabilidades cuando debe aparecer en la televisión llorando a uno de los suyos, sin tener en cuenta que esa muerte es, entre muchas otras razones, culpa de la resistencia a cualquier tipo de reforma, a cualquier tipo de involucramiento civil en materia de normas, y sobre todo a cualquier mea culpa.

Es cierto, es la autoridad electa la que tiene o debería tener control sobre las policías. Sin importar si es una Bachelet, un Piñera o un Boric quien esté al mando del Estado, es el Ejecutivo el que tiene responsabilidad sobre éstas. Pero eso no nos puede puede desviar del hecho principal: cuando hay quienes están más dispuestos a obedecer órdenes sólo en algunas materias y no en otras, como por ejemplo mirarse por dentro, es todo más complicado. Esperemos que éste no sea el caso.

Para quienes lean estas líneas casi como un desprecio por la autoridad policial, no hay nada de eso. Sólo intento recordar que ésta debe tener un sustento moral, colectivo y jurídico. Y cuando no se logra sostener los dos primeros aspectos, el tercero pierde sentido. Por ende, para relegitimar la autoridad, hay que reconstruirla, no sólo hablar de ella.

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