El arribismo de Sichel
Foto: Agencia Uno
Sichel es un tipo aspiracional, arribista. Alguien al que le sirve lo que vivió no como experiencia de vida, sino como como carta de presentación ante un electorado; pero también, y sobre todo, como credencial para quienes lo apoyan económicamente. Su perfil es el indicado porque es el de quienes tienen hambre de escalar, de llegar lejos sin importar lo que caiga en el camino.
La candidatura de Sebastián Sichel es ideológica aunque diga no serlo. Su relato despolitizado es sumamente político. Su idea de que no hay que caer en “las lógicas del pasado” es muy antigua y consiste en negar un antagonismo político, entre izquierda y derecha, que aún está ahí, construyendo una historia en la que pone énfasis en su vida, su “camino al éxito”, para no hablar de estructuras, de cambios grandes ni de dilemas ideológicos.
Sus discursos son fáciles. No dice nada cuando cree decirlo todo y, según repite, su principal problema son “los políticos del pasado”, porque los conflictos le agotan, le estorban y no les ve sentido alguno. Sin embargo, su paso por los pasillos del poder no puede esconderse aunque intente hacerlo. Sus complicidades políticas, sus movimientos para encontrar un lugar en el que realmente pueda realmente crecer como figura, lo delatan.
Si bien la caricatura dice que la candidatura del candidato de la derecha es articulada por Sebastián Piñera en persona, lo cierto es que lo que hay detrás de él parece un poco más complejo. Es verdad, hay algo de lo que alguna vez se pudo llamar “piñerismo”. Pero sería iluso pensar que el presidente en ejercicio es el único que lo direcciona. Parece más bien que hay un mundo que estuvo tras de Piñera y que quiere continuar una idea de la derecha que el mandatario no pudo concretar. Es la nueva promesa de personajes como Andrés Chadwick para deshacerse de una vez por todas de los vestigios de pinochetismo que quedan en el sector.
Por lo tanto, el candidato no es algo nuevo. Su vida no es la de un hombre que únicamente ha trabajado para ganársela. No está vacío del dogmatismo que dice despreciar. Por el contrario: su trayecto vital ha estado repleto de lo que podríamos llamar un pragmatismo dogmático. Ha sabido codearse con quienes lo lleven donde está, sin importar si en el pasado tuvo diferencias con ellos, porque hay un fondo, una mirada del poder y de cómo debe conducirse que es más fuerte que las simpatías personales.
La meritocracia de Sichel es a la chilena. No es esa ilusión casi idílica del joven de estrato popular que le gana al resto peleando en una cancha en la que todos compiten de igual manera. No, porque esa es una utopía de quienes dicen no tener ninguna. Hay que recordarlo: la idea de que el mercado es una maquinaria casi perfecta, gracias precisamente a sus imperfecciones, no es más que una construcción retórica de quienes no dicen creer en ese ente superior que algunos verían en el Estado.
Sichel es un tipo aspiracional, arribista. Alguien al que le sirve lo que vivió no como experiencia de vida, sino como como carta de presentación ante un electorado; pero también, y sobre todo, como credencial para quienes lo apoyan económicamente. Su perfil es el indicado porque es el de quienes tienen hambre de escalar, de llegar lejos sin importar lo que caiga en el camino. Y eso es muy atractivo para los que ya llevan un tiempo arriba y andan buscando una nueva representación de lo antiguo. Una cara fresca para perpetuar lo que ha estado siendo cuestionado.
Por esto es que su pasado de lobista, el que él ha tratado de vestir de simples asesorías comerciales, puede tal vez chocar con las historias que él se inventó de sí mismo y convirtió en material de campaña; pero no con la realidad. Para hacer buenos lobbys, o al menos así parece, hay que saber dónde estar y cómo. No debe ser fácil, por cierto. Y Sebastián-el nuevo Sebastián-sabe mucho al respecto.
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