Opinión

Boric, ¿el justiciero?

¿Por qué, aparte de usar una atribución como el indulto, el Presidente habla de lo que no debería hablar, cometiendo una imprudencia en la que no debía incurrir? Porque las razones del jefe de Estado están implícitas y explícitas en el decreto que firma para indultar. Creo que la razón está en muchas cosas que podríamos resumir en un sinfín de mañas generacionales que a veces son muy evidentes en el mandatario, y otras no.

Para justificar uno de los indultos que firmó, el Presidente Gabriel Boric trató de hacer un análisis jurídico del proceso judicial que molestó a la Corte Suprema. A su entender, el juicio a Jorge Mateluna había sido defectuoso, lo que, añadía, no era solamente una opinión suya, sino también de “distinguidos juristas”.

¿Qué hace un mandatario comentando procesos judiciales y atribuyéndole defectos? Es una buena pregunta para todo quien cree en ese ritual simbólico (y que debería traducirse en acciones materiales) que lleva por nombre “la independencia de los poderes del Estado”. De hecho, la feligresía democrática, aquella entre la que trato de encontrarme yo, gritó a los cuatro vientos que hay cosas que no se comentan, que no se hablan y que no pueden ni siquiera señalarse someramente.

Es cierto, la democracia es también- y sobre todo- una cuestión de formas, de rituales y silencios. Y uno de los principales silencios se justifica con una frase que dice algo así como “un Presidente no comenta fallos judiciales”.

Entonces, ¿por qué, aparte de usar una atribución como el indulto, el Presidente habla de lo que no debería hablar, cometiendo una imprudencia en la que no debía incurrir? Porque las razones del jefe de Estado están implícitas y explícitas en el decreto que firma para indultar. Creo que la razón está en muchas cosas que podríamos resumir en un sinfín de mañas generacionales que a veces son muy evidentes en el mandatario, y otras no.

¿En qué se traduciría esto? A mi entender, radica en una mirada de la justicia que poco tiene que ver con el ejercicio del derecho, ni con la ley, aunque la atribución esté en el marco de ella. Una mirada algo religiosa de lo justo o lo injusto, que a veces, solo a veces, confunde la razón de Estado (aquella que muchas veces no tiene la necesidad de explicarse) con lo que debería ser según algo así como un mandato divino.

Digo que es solo a veces, porque si hay alguien que entiende o trata de entender la República, es el Presidente Gabriel Boric. Sabe el rol que, como él mismo dice, habita, y trata de cumplirlo a cabalidad; sin embargo, estos arranques generacionales o epocales a veces se meten cual roedores mal hablados en su cabeza para tratar de reafirmar su domicilio ideológico, como si este se sostuviera sobre frases; como si ser de izquierda fuera una escenificación constante de las injusticias de la Tierra y no un ethos político y moral (que no es lo mismo que ser moralista) que trasciende a cualquier idea para el bronce.

Pero ese no es solo un capricho retórico del que a veces sufre el mandatario en ejercicio; también lo padecieron grandes personajes de nuestra historia, especialmente Salvador Allende, quien caminaba sobre dos terrenos: uno histórico y republicano, que adhería a la tradición del Estado de Chile, con todo lo que ello implicaba (entiéndase la tradición portaliana), y otro que convivía con el imaginario revolucionario que América Latina abrazaba en esos esos años con los barbudos de Cuba.

Pero, para gobernar, hay que saber moderar los clichés y las palabras pomposas cuando estas solo alimentan el alma propia. Los clichés y la pomposidad son esenciales para darle un relato a lo que se pretende hacer y para abrir nuevos caminos políticos entre la tormenta; no para que esta tormenta se vuelva interminable y aún más espesa.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Francisco Méndez
Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.
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