Opinión

Batalla cultural, pedofilia estructural

En Chile nos hallamos hoy en un campo de fuerzas clisado por el loop entre hegemonía y contrahegemonía. En medio de la fiebre por la pastoral secularizada como pedagogismo culturalista, la Universidad de Chile ahora estaría tomada por la barbarie del “octubrismo” y el “marxismo cultural” (“ideología de género”, “deconstruccionismo”, “revolución molecular disipada”, “leyendas negras” y otros monos de paja). Ese es el relato que hacen circular los sectores conservadores de todo el espectro: la universidad está tomada por el “nihilismo posmo” y hay que redisciplinarla. Y el progresismo haciendo de comparsa en esta “batalla cultural” de la derecha.

A propósito del debate sobre las tesis de postgrado de la Universidad de Chile acusadas de ser apologéticas de la pedofilia,[1] diría que hay varios niveles. Distinguibles prima facie me parece que están los siguientes: 1) la discusión que se generó sobre la tesis como artefacto (por ser teórica y analíticamente “mala”); 2) el interesante debate en curso sobre su contenido (si es y hasta qué punto es una “apología” de la pedofilia, tema ominoso en un país con espantosas cifras de pedofilia estructural); 3) la tensión entre la máquina autor/obra y las constelaciones histórico-materiales de pensamiento (tensión que hace posible el ataque a una constelación de pensamientos por la vía de la cancelación de un autor o la denuncia de sus efectos perniciosos –por ejemplo, en este caso, las mentadas tesis); 4) la activación de una agenda político-mediática para linchar a intelectuales, condicionar perspectivas y cancelar importantes expedientes de la reflexión crítica, en medio de la instalación de un clima político y social de restauración del orden oligárquico neoliberal tras el interregno de la revuelta de Octubre de 2019 (que articuló a capas medias profesionales con sectores populares) y el colapso de la Convención y del gobierno Boric (en el momento en que las capas medias profesionales que llegaron a la constituyente y al gobierno rompieron su articulación con los sectores populares, habilitando la generación de una base social para el neofascismo).

Por ahora dejo entre paréntesis los primeros dos puntos, pues en ellos se ha centrado lo que hasta ahora se puede llamar debate –en medio del aluvión de mugre mediática. Apunto primero a los otros dos para llamar la atención sobre un contexto que no se puede desatender en esta coyuntura. Lo que está ocurriendo en Chile con la polémica por las mediáticamente llamadas «tesis pedófilas» (enmarcando el debate público antes de comenzarlo) y el asedio inquisitorial desatado contra el pensamiento crítico me recuerda el episodio relativo a la publicación del «Mon dictionnaire du bullshit» (2020),[2] del periodista francés Guy Sorman, donde acusaba a Foucault de sodomizar niños por las noches sobre las tumbas de un cementerio tunecino. O también el escándalo suscitado por el profesor chileno Víctor Farías con su libro sobre el “caso Heidegger”.[3] En ambos casos se atacó al autor para desactivar la potencia crítica de sus trabajos –no sabemos si es cierta la acusación que Sorman hace a Foucault; sí sabemos que Heidegger fue nazi como insiste Farías; pero en ambos casos las cosas son más complicadas de lo que parecen en la imagen clisada y fácil a la mano.

En cuanto a lo que ocurre en Chile, la cosa es un poco más grosera: se utiliza un par de tesis universitarias (que hasta donde puedo ver son conceptualmente toscas y ético-políticamente muy cuestionables) para desactivar indirectamente la potencia crítica de los trabajos de los autores que supuestamente las abastecen. Ese parece ser el alcance más amplio de la estrategia, en términos de “batalla cultural”. Todo se presenta, de partida, como si el pensamiento se identificara con autores –es decir, como si habiendo mérito para “condenar” a un autor, se pudiera extender esa cancelación a las constelaciones de pensamiento que resuenan en sus trabajos y en sus cajas de herramientas conceptuales y teóricas.

En el caso de Sorman la movida era clara: el contenido de su proposición (que Foucault sodomizaba niños sobre las tumbas de un cementerio bajo la luna tunecina) es una acusación sin pruebas a un muerto, una acusación que se echaba a circular en un acto espectacular alineado con una clara agenda político-mediática de linchar a intelectuales desde su posición apologética del neoliberalismo –defensor de Reagan, Thatcher y Pinochet–, lanzando importantes expedientes de la reflexión crítica a la hoguera de la condena viral precipitada por las redes. Todo esto se mueve en el presupuesto metafísico del autor y la obra. Algo similar ocurre con el “caso” Heidegger, que tuvo ocasión también con la aparición del numerito de Víctor Farías –salvo que, en el caso de Heidegger, a diferencia del de Foucault, sí sabíamos por muchas otras fuentes del compromiso de su aventura política con los nazis. Lo que instalaba Farías, para decirlo evocando la grosería de sus síntesis (que como tales nunca son elegantes), era que el pensamiento de Heidegger –con carnet de partido en mano– era un sistema intrínsecamente nazi, por lo que se lo podía descartar como algo habitado por un mal. Yo leo a Heidegger, leo a Foucault, los uso como a muchxs otrxs, los he enseñado en mis cursos, pero siempre abriéndolos al uso común: no al culto de sus “personalidades” ni a la momificación de sus “sistemas de pensamiento”. De Heidegger tengo indicios muy prístinos de que fue un viejo de mierda en muchos aspectos, y en lugar de incomodarme o contrariarme más allá de la natural y temprana decepción, siempre me ha parecido que su aventura político-filosófica ofrece una ocasión incomparable para pensar no sólo el horroroso Untergang del nazismo, sino el ocaso de toda una época y nuestra sobrevida en medio de la catástrofe. Siempre he pensado que dejar de usar por esos infelices motivos algunos de sus pensamientos, en los que se pueda encontrar alguna potencia heurística o destructiva importante, es una suerte de imbecilidad. De Foucault, si fue un pedófilo y violador, no lo sé, sinceramente. Si lo fuera, por supuesto que me decepcionaría, pues con los muertos también se hace amistad –una forma simbiótica de sobrevida.

Lo que se ensambla en estos casos con la moralina de las redes sociales –desatada por intervenciones como las de Sorman y Farías, o por el enmarque mediático de El Mercurio, o por francotiradores de Twitter– es un modo de normalización universitaria de la filosofía que toma como modelo la hagiografía eclesiástica –como si la cosa fuera la historia de los santos y sus obras. La escritura, la experiencia de la escritura, quien escribe; las intervenciones de Foucault en su tiempo –como persona, “en persona”–, haciendo el camino de la universidad a la calle y descongelando el pensamiento del frigorífico alfombrado de las universidades, todo eso a uno lo amiga con el muerto, en la medida en que nos produce admiración o emulación. Pero el texto librado del autor es otra cosa: lo que ha significado ese aparato-texto en las décadas pasadas, para muchas luchas, su potencial de uso y desuso, absolutamente desacralizado y desapropiado. Eso excede al autor y a nuestro propio peluche del autor.

Pero en Chile nos hallamos hoy en un campo de fuerzas clisado por el loop entre hegemonía y contrahegemonía. En medio de la fiebre por la pastoral secularizada como pedagogismo culturalista, la Universidad de Chile ahora estaría tomada por la barbarie del “octubrismo” y el “marxismo cultural” (“ideología de género”, “deconstruccionismo”, “revolución molecular disipada”, “leyendas negras” y otros monos de paja). Ese es el relato que hacen circular los sectores conservadores de todo el espectro: la universidad está tomada por el “nihilismo posmo” y hay que redisciplinarla. Y el progresismo haciendo de comparsa en esta “batalla cultural” de la derecha. La estrategia de guerra de posiciones es super clara: tienen o van por los medios de comunicación, el poder judicial y las demás instituciones gubernamentales, y ahora por las universidades.[4] Pura operatividad gubernamental sobre poblaciones, y expiar todo lo que se resta de su naturalización dispositiva.

En su cometido de capturar, apropiar y productivizar la infancia o potencia de los cuerpos imaginantes,[6] la “batalla cultural” de la derecha coincide con una forma grimosa de pedofilia estructural en Chile. Al hablar de pedofilia estructural me refiero aquí, por una parte, a las tasas terroríficas de abusos y violaciones de menores de edad en Chile –que implican relaciones asimétricas de poder físico, económico, autoridad adulta, etc., más allá de toda idealización apologética de la pedofilia como relación de reciprocidad horizontal y del pedófilo y su objeto de deseo amatorio infantil como sujetos “subalternizados”. Pero en esas tasas se cuentan no sólo los casos intrafamiliares, sino también los que ocurren en otros espacios de producción de relaciones asimétricas de poder, funcionales al patrón de acumulación (de poder y recursos) y articuladas por lógicas e imaginarios patriarcales de diversa laya: instituciones educacionales, eclesiásticas, carcelarias (SENAME), etc. “¿Sabía usted que en Chile 1 de cada 5 personas afirma haber sido víctima de abuso sexual en su infancia?”[7] Lo que se hace hoy es rasgar vestiduras por un par de tesis universitarias –que no dejan de ser discutibles, claro está– para eclipsar la cuestión de fondo –como si la cuestión de la pedofilia fuera una cosa de las disidencias sexuales y el pensamiento crítico, y no un problema estructural de la sociedad chilensis en su articulación patriarcal fundamental: “la intrínseca relación entre el patrón flexible de acumulación, las prácticas de devastación de la naturaleza y precarización de la vida, y la violenta sexuación expresada en las masculinidades militarizadas y la conversión del otro en reserva y material de gozo privado” (Sergio Villalobos-Ruminott). Aquí cobra sentido la afirmación de que la metafísica occidental, en su rendimiento biopolítico inseminado teológicamente, siempre ha consistido en la captura de la infancia.

De modo que nos encontraríamos en un nuevo capítulo de lo que, como recordaba ayer Faride Zerán, ya había ocurrido en universidades de Brasil y Estados Unidos, con los seguidores de Jair Bolsonaro y Donald Trump saliendo con antorchas a perseguir lo que denominan “ideología de género” –y que “tuvo su correlato en Chile hace un par de años, con el episodio de las listas de académicas que investigan sobre género que algunos parlamentarios pidieron a universidades públicas. (…). Esta situación lamentable ha servido para que algunos sectores pongan en cuestión la libertad académica de la principal universidad del país en una campaña de desprestigio cuyos objetivos no son la protección de nuestros niños, niñas y adolescentes, sino el fin del pensamiento crítico y de la autonomía de la universidad”.[5]

Desafortunadamente hasta ahora lo que se ve es más propaganda que debate, en función de clausurar una serie de cuestiones abiertas y muy incómodas para los sectores conservadores y reaccionarios, junto con condicionar perspectivas, métodos y temas (redisciplinamiento universitario). O sea, si es que las tesis en cuestión son “malas” (en sentido técnico-universitario o ético-político), el “debate” y la caza de brujas que se han desencadenado antes de su debido análisis huelen aún peor.

Parecemos estar en una geometría canalla, atenazados entre el imperativo de “condenar” o “defender” desde alguna suerte de automatismo moral o corporativo, pero lo que queda fuera es el pensamiento, es decir, lo que supuestamente se hace en la universidad, ante todo en filosofía –que no es precisamente “producir conocimiento”, sino entreverarse críticamente con las condiciones de posibilidad de su producción. Ojalá la tesis hubiera sido buena para poder abrir un debate más riguroso sobre la normativización de lo sexual –y no una apologética de prácticas que implican relaciones asimétricas de poder, por supuesto. Pero ni la tesis parece ser buena, ni la motivación de todo esto ha sido el debate público. Es cierto, como sostenía Daniel Loewe,[8] que la universidad ha de estar presta para el enfrentamiento abierto de cualquier idea, incluso de las que se consideran erradas o dañinas –más aún de estas últimas, yo diría. En ese sentido se apela al principio de libertad de investigación, de cátedra y de expresión. Pero claro está, como recordaba Iván Torres Apablaza al fragor de la contienda, que no se trata de una defensa abstracta de esas libertades (en sentido liberal), sino en función de una ética de la indocilidad reflexiva que ponga en cuestión la fundamentación de cualquier lógica dispositiva de dominación y explotación –incluida la pedofilia en todos sus niveles, desde el abuso de los cuerpos infantiles como objetos de deseo hasta la captura de la imaginación infantil en textos soberanos y territorializaciones morales que la clausuran pastoral, pedagógica o hegemónicamente.


[1] Leonardo Arce, “Pedófilos e infantes. Pliegues y repliegues del deseo”, tesis de Magíster en Estudios de Género y Cultura en América Latina (profesora guía Olga Grau), U. de Chile, 2016; Mauricio Quiroz, “El deseo negado del pedagogo, ser pedófilo”, informe final para el grado de Licenciatura en Educación Media en Filosofía (profesora guía Marcia Ravelo), U. de Chile, 2020.

[2] Guy Sorman, «Mon dictionnaire du bullshit», Éditions Grasset, París, 2020.

[3] Víctor Farías, «Heidegger et le nazisme», Éditions Verdier, París, 1987.

[4] Rodrigo Karmy, “La Universidad bajo asedio”, en La Voz de los que Sobran, 29 de diciembre de 2022.

[5] “Faride Zerán saca la voz ante amenazas de muerte a académica y caza de brujas por tesis sobre pedofilia en la U de Chile”, en La Voz de los que Sobran, 29 de diciembre de 2022.

[6] Gonzalo Díaz-Letelier, “Excepción, infancia y revuelta”, en Revista Castalia, n° 33 (dossier “Política y subjetividad”), Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Santiago, 2019, pp. 105-118.

[7] Mia Dragnic-García, Paloma Castillo-Gallardo y Raúl Ortiz-Contreras, “Sociedades pedófilas”, en Le Monde Diplomatique, 29 de diciembre de 2022.

[8] Daniel Loewe, “Pedofilia y academia”, en diario El Mercurio, cuerpo A2, 29 de diciembre de 2022.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Gonzalo Díaz-Letelier
Filósofo. Actualmente realiza un doctorado en el College of Humanities, Arts and Social Sciences de la Universidad de California - Riverside, Estados Unidos. Ha sido profesor en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, en el Departamento de Filosofía del Instituto de Humanidades de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano y en el Departamento de Filosofía de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago.

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