Opinión

Apocalipsis ahora

El desafío es mayor: Apocalipsis ahora. La Iglesia después de Francisco no alcanza a lavar su imagen de máquina de guerra retrógrada y completamente por fuera de la ley a lo largo de su historia.

1. El Apocalipsis (Revelación), como todos saben, es el último libro de la Biblia y se le atribuye –lo que no está exento de polémicas– al apóstol Juan quien lo habría escrito mientras se encontraba desterrado en la isla de Patmos (por esto también su figura aparece en varios relatos como “Juan de Patmos”).

El Apocalipsis es un libro delirante, arcano y fabuloso; quizás el más profético de todos los de la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) y de un nivel literario mayor. Basta solo leer un par de páginas para descubrir de inmediato el mundo que estaba habitando quien lo escribe, solo un loco en su vesania más liminal podría dar con algo así.

Lejos de ser un pastiche se trata de una furia literaria y poética, marginal y absolutamente original respecto de todo lo escrito hasta entonces. Probablemente se crea desde él un nuevo género que podríamos llamar simborealismo. Y es, justo, en su desmadrado simbolismo, un libro de alta ciencia ficción que resulta muy difícil de interpretar y, es lo más probable, sus exégetas morirán con el fin del mundo.

El Apocalipsis es literatura en estado puro, ultra-distópica; una sobrecogedora metaforización de una época y resultado, seguro y como lo señalábamos, del contexto histórico de Juan en el que los cristianos fueron despiadadamente perseguidos por el emperador Domiciano. Entonces, cada uno de las grandes motivos del texto –el cordero, los siete sellos, las trompetas, la caída de Babilonia, los cuatro jinetes, el dragón, en fin– representan ese momento de psicosis y paranoia legítima que los primeros seguidores de Cristo experimentaron de manera cruenta.

2. Por supuesto que el punto no es hacer aquí un análisis del Apocalipsis, no soy ni un biblista ni un exégeta evangelista. Lo que nos interesa, es intentar leer en esta tecla lo que viene a ser la asunción del nuevo Papa León XIV y lo que intuimos podría resultar el devenir de la Iglesia Católica, su propio Apocalipsis ahora. Institución que ha sobrevivido más que cualquier imperio, sistema, creencia o dogma. Al final, todo el discurrir histórico en los últimos 2 mil años se ha tenido que doblegar, con mayor o menor intensidad, a esta suerte de supra-institucionalidad que no solamente ha prevalecido, sino que ha definido todo un aparato epistemológico y categorial-valórico desde donde se ha comprendido lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso, el comienzo y el fin, etc. Y todo esto invocando el nombre de Dios y sensualizando a la feligresía mundial e histórica con una serie de ritos, también, fabulosos: “Nada más malsano en nuestra malsana modernidad que la compasión cristiana”, escribía Nietzsche en su Anticristo. Al decir esto, Nietzsche, como se ha querido infiltrar injustamente desde lecturas religioso-dogmáticas, no pretende echar abajo la compasión como un valor propio de lo humano, sino que articula el juego filosófico de tensar la compasión cristiana como el motor de los valores inversos que profesa, de las masacres que en nombre de la compasión misma se han perpetrado por milenios.

3. Ahora bien, todo nuevo Papa tiene que hacer frente a lo que esta institución, también, ha creado como dispositivos para mantener esta prevalencia. Su continuidad en la historia no ha sido gratuita, no es a “costo cero”, y si de algo se ha servido para cementar esa suerte de sedimento inmutable, no es el irenismo (forma extrema de búsqueda de la paz) presente en su léxico milenario y ritológico al mismo tiempo, sino los atroces crímenes sostenidos en prácticas en extremo abyectas, innombrables, inefables y fuera de toda órbita y en las que jamás hubo misericordia (siempre fue un Apocalipsis ahora). Estos crímenes no han sido peninsulares ni accidentales; no va de hiatos o “errores” aislados que, por momentos de desorientación en la oración o la contemplación, llevaron a la institución a habitar en lo más deletéreo de la “naturaleza humana” y, en un mismo gesto, sodomizarla.

Las cruzadas, por ejemplo, que en plena Edad Media declararon como objetivo la recuperación del “Oriente próximo” –“Tierra Santa” para los cristianos– para entonces bajo el dominio del islam, supuso, según estimaciones, la muerte de entre 1 y 9 millones de personas (Robertson, John M. A Short History of Christianity, 1902), lo que implicaba torturas y flagelaciones de todo tipo. O la famosa “Caza de brujas” en el siglo XVII, en la que mujeres eran perseguidas y quemadas en la hoguera por practicar algún tipo de medicina alternativa o de plano ser consideradas herejes. Qué decir del Santo Oficio o Congregación de la Inquisición Romana y Universal creada por el Papa Gregorio IX en 1231 a través de la bula «Excommunicamus»; una enajenada práctica en la que no solo se castigaban “delitos contra la fe” y herejía en Europa, sino que también se quemaron vivos a cientos de miles de indígenas en América a propósito de su “ausencia de Dios”. No es necesario seguir extendiéndose porque el etcétera llenaría decenas de páginas.

4. En esta línea, la de las enajenaciones de la Iglesia, vale traer nuevamente a Nietzsche y preguntarse “¿Es el hombre simplemente un error de Dios? ¿O Dios simplemente un error del hombre?” (El crepúsculo de los ídolos, 1889). Porque el Apocalipsis sigue siendo ahora, aquí y ahora, y todo se tensa al extremo cuando se nos infiltra la idea de que si somos el reflejo de Dios, por lo tanto y en teoría, de la misericordia, del perdón, la piedad y el amor, las atrocidades cometidas en el despliegue histórico-institucional de la Iglesia misma en nada reafirman esta axiología, por el contrario, la tachan.

No es tampoco secreto a esta altura del tiempo la pederastia como (casi) otro voto de la vida religiosa. Y con ella todo lo que conlleva, es decir: negaciones, encubrimientos a todo orden y la configuración de un enorme tinglado de silencio en el que sacerdotes de todo el mundo entran en una red criminal que los “hermana”. Son muchos los casos, pero solo apuntaremos aquí el blindaje sin complejos que Juan Pablo II brindó a Marcial Maciel, líder de “Los legionarios de Cristo” (a quien el mismo Papa llamó “los soldados del Vaticano”) y cuyos abusos a menores datan de 1940.

Es cierto que también en nombre de la fe se ha desplegado, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, una Iglesia sinodal, vinculada, defensora de los derechos humanos y generadora de teorías de gran envergadura que apuntan a una emancipación de la humanidad. También lo es el hecho de que millones y movidos por su buensamaritanismo trabajan con los más vulnerables del mundo, desde aquellas y aquellos que ayudan en sus capillas de barrio hasta quienes, por ejemplo, arriesgan sus vidas en algún continente donde las enfermedades, la guerra y la mutilación son lo cotidiano. Sin embargo, estas personas impulsadas por una fe real, verdadera y que se traduce en la entrega hacia un otro, no es la Iglesia Católica.

5. Entonces, para terminar ¿cómo lo hará León XIV para, otra vez, ser el vicario no solamente de un mensaje de amor y paz entre los hombres de buena voluntad sino, igual, el dorso donde se posan todas las atrocidades de una institución que, quizás, como ninguna otra, carga con un pergamino de criminalidad sin precedentes? El Vaticano es un Estado-reino y el Papa su monarca supremo. En este Estado no hay igualad de género, ni matrimonio homosexual, ni derecho al aborto, prima la homofobia, hay abusos sexuales a niños/as, etc. En resumidas cuentas, es un Estado de excepción que no tiene relación alguna con las llamadas democracias liberales; una suerte de monarquía constitucional donde el parlamento es la curia.

El desafío es mayor: Apocalipsis ahora. La Iglesia después de Francisco no alcanza a lavar su imagen de máquina de guerra retrógrada y completamente por fuera de la ley a lo largo de su historia. Veremos qué es lo trae esta nueva burocracia del espíritu.

Apocalipsis 3, 16: «Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de Mi boca»,

¿De Dios? “Yo solamente creería en un Dios que supiera bailar” (Nietzsche, Así hablaba Zaratustra, 1883-1885)

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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