Opinión

A 50 años, Chile no necesita la cantinela de la “unidad”

Chile no necesita un relato parecido al de la “democracia de los acuerdos”. Eso lo único que logró fue acumular basura bajo la alfombra, y ya sabemos qué pasó.

Ad portas de los 50 años del golpe militar de 1973, los discursos de unidad han intentado tomarse la agenda nacional. Cuando se dice algo disruptivo, entonces ciertos sectores aparecen pidiendo que nos unamos, que dejemos de pelear, porque, argumentan, estamos demasiado polarizados.

¿Qué significa la unidad? No debatir. No polemizar y no dar rienda suelta a las controversias. ¿Por qué no habría que hacerlo? Porque, supuestamente, nos dividiría como chilenos. Nos enfrentaría nuevamente y no nos haría “superar el pasado” ni acordar un pacto mínimamente democrático.

¿Pero se puede pactar sin discutir antes? ¿Se puede establecer, por sobre las diferencias políticas, un acuerdo sin que haya una sociedad viva, enfrentando controversias? No. Los acuerdos son acciones políticas concretas, no relatos que invisibilizan los antagonismos políticos, como se pretendió hacer durante la transición democrática en Chile.

Los mínimos comunes deben ser pensados y razonados mediante la discusión política, para así llegar a un consenso democrático para los próximos, ojalá, 50 años. El ethos de una democracia no puede construirse opacando los debates entre sectores y dentro de los sectores mismos. El trabajo político e intelectual es necesario para edificar una estructura sólida que sirva como sostén para que se desarrolle la vida democrática.

La cantinela de la unidad sólo sirve para seguir postergando esa edificación. Una sociedad democrática no es aquella que se esconde bajo la uniformidad del discurso unitario. La unidad real se desarrolla bajo las diferencias salvables e insalvables que cada ciudadano tiene con el otro, pero siempre con un horizonte claro: no romper la cancha en la que se manifiestan esas diferencias.

Al contrario de lo que creen muchos, hoy Chile no está “polarizado” (frase favorita de analistas y políticos de cuarta) sino que perdió ese horizonte democrático. Ya no cree en la cancha de la democracia, principalmente porque no se ha hecho nada por reconstruirla. Estamos en un terreno baldío con ciudadanos sin más certezas que sus inseguridades, aquellas que los llevan a votar por cualquier pinganilla que les diga cuáles son las soluciones más rápidas para éstas.

El nuevo proceso constitucional es una demostración y es una prueba de que hay un problema más profundo que el que se avizoraba con el primer fracaso. Los Republicanos no tienen tampoco ninguna intención de construir algo que esté por sobre ellos. Tampoco han trabajado por la universalidad que alegaban en el proceso anterior. Sólo quieren ganar o perder ganando.

Por esto, optar por la “unidad” es una bomba de tiempo. Tratar de acallar nuevamente las grietas producidas por los últimos años y seguir creyendo que las soluciones llegan mágicamente, mitigando las heridas expuestas, lo único que hará será que nuevamente éstas se profundicen.

Chile no necesita un relato parecido al de la “democracia de los acuerdos”. Eso lo único que logró fue acumular basura bajo la alfombra, y ya sabemos qué pasó.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Francisco Méndez
Analista Político.

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