ANEX-SIONISMO: La política de la anexión y Palestina como paradigma
La solidaridad con Palestina deviene inmediatamente una apuesta anti-fascista, es decir, la resistencia contra las políticas de anexión.
“-¿A qué esperamos congregados en la plaza?
Es que hoy llegan los bárbaros.”
C.P. Kavafis
Palestina revela el mundo en que vivimos. Funciona como su paradigma, indistinguible con la miríada de palestinas que pudiéramos encontrar en la superficie del planeta, con sus ghettos, muros erigidos que potencian la construcción de más muros, dispositivos de contra-insurgencia, controles fronterizos, formas múltiples de apartheid por doquier, el capitalismo contemporáneo es el capitalismo orientado a trazar una nueva cartografía de la tierra. Trump lo anuncia sin más: queremos Groenlandia, México y el canal de Panamá. Queremos paz. Paz que significa acelerar el dispositivo de apropiación de la tierra, adelantarse, como si de la era de las conquistas se tratara, a las potencias emergentes que acechan con su toma de tierra (Schmitt).
Sin embargo, la toma de tierra de la que aquí se trata es la de la anexión. Por eso Trump mira a Netanyahu, por eso los nuevos anexionistas parapetados en los nuevos movimientos neofascistas, miran a Israel y lo “defienden” a toda costa. Admiran su tecnología, glorifican su guerra, justifican sus múltiples masacres. La prevalencia de la lengua del exterminio no es otra cosa que la prevalencia de la lengua anexionista.
Cuestión clave: el otrora diagnóstico de Michael Hardt y Toni Negri, según el cual, nuestro presente puede formularse en los términos del Imperio como aquél ordenamiento gubernamental y biopolítico que habría clausurado la era de los clásicos imperialismos, en rigor, es la consumación de un orden anexionista, situación en la que todo está interconectado en la forma de la anexión. ¿Acaso las minerías en Chile son “chilenas”, acaso las aseguradoras de salud y, sobre todo, las de pensiones lo son? El capital financiero es el capital más veloz en el proceso de anexión vía la especulación trasnacional de las cifras anónimas. Pero tal capital solo puede hacerlo si tiene una diversidad de dispositivos policiales y militares (hoy día ambas fuerzas están de suyo anexadas entre sí, dispuestos a hacer efectiva la toma de tierra, a anexar concretamente bienes comunes, cuerpos, subjetividades. De hecho, todos los días nos invitan a integrarnos. A ser parte de la nada que rodea al planeta, a incluirnos en sus mercancías y propagandas. No es la época clásica de la exclusión en la que los grandes delincuentes o conspiradores eran llevados a islas distantes sino de la inclusión donde el imperativo a integrarse lo consuma todo o, lo que es igual, la política de anexión.
Ahora bien, el nuevo nómos de la tierra que se atisba bajo política de la anexión implica una mutación decisiva de la noción de “guerra”. Si tradicionalmente existió una diferencia entre la guerra como conflicto inter-estatal y la colonización como conflicto entre un Estado que proyecta una toma de tierra sobre un pueblo sin Estado que coloniza; si, efectivamente existió la diferencia entre el enemigo como sujeto jurídico-político y el bárbaro como aquél que está excluido del régimen jurídico-estatal y responde a la otrora formulación de la barbarie, digamos que en la era anexionista, la guerra civilizada (entre los europeos) y la guerra colonial (entre europeos y bárbaros) se yuxtaponen entre sí volviéndose indistinguibles la una en la otra. La guerra, que hoy coincide punto por punto con todos los procesos de gubernamentalidad, asumió la forma de la guerra contra el terrorismo como el modo más intenso de anexión. Así, el “enemigo” ya no es un sujeto jurídico-político sino inmediatamente un otrora “bárbaro” que funciona como enemigo absoluto (un no-sujeto) en cuanto se propone una amenaza no para tal o cual Estado, sino como una amenaza para toda la humanidad.
La guerra contra el terrorismo, inaugurada en 2001 por los Estados Unidos es una guerra colonial masificada a nivel global y, por esta razón, dado que no introduce una diferencia con las formas de gobierno prevalentes, ella no tiene un “afuera” y el enemigo absoluto se produce en los intersticios del mismo orden que lo combate. Por eso, esta forma de guerra no es tal. No es una guerra “contra el terrorismo” como si este fuera una exterioridad, sino una guerra civil planetaria que nos hunde cada día en su velocidad.
No hay espacio ni tiempo fuera de esta guerra. Porque la guerra civil no tiene afuera y así, produce todos los días al “enemigo absoluto” cuyos “cruzados” se entusiasmarán a combatir. Un enemigo que surge desde sus propias entrañas, que son su misma textura, que no es más que un sí mismo invertido. Contra esa ilusión óptica se erige el neofascismo y su farsa generalizada.
La política de anexión es una política que el liberalismo triunfante post-Segunda Guerra Mundial había relegado a las periferias o al pasado. Palestina habitaba allí. Pero, aquella política que en algún momento tuvo un carácter marginal hoy se cristaliza como el verdadero motor de la época, la única política que puede garantizar la producción de capital, el zarpazo que no escatima costos para anexar territorios y consumar así su victoria sobre el planeta.
En otros términos, Palestina fue siempre la Tierra ofrecida a la anexión. Británica primero, sionista después. Las técnicas de anexión, sus formas jurídicas, políticas, y sus mecanismos de gestión de la población se han condensado ahí y se han extendido como “modelo” para el resto del planeta.
Israel modelo del anexionismo imperial, Palestina paradigma de su dolor. Por eso, la solidaridad con Palestina deviene inmediatamente una apuesta anti-fascista, es decir, la resistencia contra las políticas de anexión.
En este sentido, la guerra civil planetaria que se intensifica por cada anexión realizada, en rigor, debe ser entendida como el devenir nakba del mundo. Para los palestinos “nakba” (catástrofe en castellano) designa el momento histórico de la fundación del Estado de Israel, es decir, el momento en que se inaugura la colonización como política anexionista. Como tal, podríamos decir que lo que Hardt y Negri denominaron Imperio no fue otra cosa que la consumación de tal política en cuanto ha alcanzado un nivel en el que ya no existe “exterior” alguno.
Ni siquiera los territorios del espacio exterior, a los que precisamente apunta Elon Musk, están a salvo de la depredación. En este punto, el Imperio en, rigor, no era el paraíso de la biopolítica como decían Hardt y Negri sino, el devenir nakba del mundo, proceso por el cual el anexionismo se convierte en la única política en la nueva era de la toma de la tierra.
Precisamente por eso, las luchas se abren, los conflictos se difunden y la lengua del derecho da lugar a la del exterminio. Las guerras no son excepción sino regla, modos precisos de anexar territorios, formas de gobierno, por tanto. Palestina es el paradigma de nuestro tiempo, porque lo revela, muestra el funcionamiento de sus máquinas y la lógica de anexión que subyace. En otros términos, no se trata de un retorno del colonialismo clásico como de su matriz en la forma de una biopolítica de la anexión orientada a la reconfiguración de la cartografía de la Tierra.

Ir más allá de la política anexionista significa entender que aún nada sabemos de la “Tierra” porque hasta ahora solo hemos producido “territorios”, nada sabemos del habitar porque hasta ahora solo hemos sabido conquistar. Herederos del neolítico, nuestra fortuna depende de la anexión y su toma de tierra. Es precisamente en las múltiples formas de resistencias donde la Tierra podrá ser descubierta.
Donde podremos oler un nuevo nómos de la tierra. Pero de una Tierra que solo juegue al uso libre y común. Quizás, hoy día, esa Tierra que existe y no existe a la vez, que está presente y ausente simultáneamente- asuma un antiguo y decisivo nombre: “Palestina”.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.



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