Ignacio Vidaurrázaga y ‘El MIR de Miguel’: “Fue significativo bajarlo del pedestal y que se transformara en un ser humano, de chistes, que escuchaba a Leonardo Favio”
Conversamos con el autor de esta profunda investigación sobre el líder del Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Un trabajo de 8 años y más de 100 entrevistas surgido de una constatación esencial: «Los militantes de base no teníamos ninguna idea de lo que había más allá (…) Yo no conocía la organización de la que había sido parte».
Foto central: Álvaro Hoppe
“Yo estudié a una edad en la que los demás ya habían estudiado. Uno llegaba desfasado a la vida. Y bueno, yo diría que recién el 2010 este tránsito rápido, apurado, cambió. Un tránsito quizás también súper frágil, porque siempre está amenazado, y la amenaza después del ‘90 es que tú eres un paria, no tienes papeles, tienes antecedentes con los que no te puedes presentar a ningún trabajo, estás con firma, te siguen, etcétera. Entonces, recién el 2010 se crean las condiciones para empezar a investigar”.
Quien habla es el periodista y magíster en Literatura, Ignacio Vidaurrázaga Manríquez (Santiago, 1955), refiriéndose así a los vertiginosos años -14 de militancia en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (1972-1986) y seis de prisión política (1984-1990)- que precedieron a aquellos más recientes donde decidió que quería escribir un libro sobre aquella mítica organización política surgida en los años ‘60, el MIR.
“En general, los militantes de base del MIR no teníamos ninguna idea de lo que había más allá. Era una organización reservada, tú no andabas preguntando cómo funcionaba este regional o cómo se llamaba una persona; eso no es propio de una organización de esas características. Entonces decido hacer una investigación porque en realidad no conozco la organización de la que había sido parte», reflexiona Vidaurrázaga.
«Es tan sencillo como que no conocía dónde comenzaba y terminaba el liderazgo de Miguel (Enríquez), qué atribuciones tenía; cuán extenso era territorialmente el MIR, cuáles eran los temas secretos o compartimentados; cómo había surgido la inserción del MIR en los pobladores», añade sobre el origen del trabajo que realizó durante 8 años y que dio vida al libro El MIR de Miguel. Crónicas de Memoria (Negroeditores, noviembre de 2021), cuya primera entrega consta de dos tomos que suman 950 páginas, con una tercera ya en proceso.
“Para mí fue muy importante construir una biografía de Miguel narrada por más de un centenar de personas. Un elemento significativo de estas 950 páginas es bajar a Miguel del pedestal de bronce, del afiche, del libro, del cartel, de la canción homenaje, y que se transformara en un ser humano, en un dirigente, en un amigo, en alguien que era bueno para los chistes, que escuchaba las canciones de Leonardo Favio”, destaca el autor respecto a lo que fue viendo la luz a partir de las más de 120 entrevistas realizadas. Un trabajo de investigación que contó, además, con el apoyo de Inés Enríquez, hermana de Miguel, y de Ana Pizarro, cuñada del líder de la organización revolucionaria.

Un segundo mérito de El MIR de Miguel es, a juicio de su autor, el hecho de que “aporta una mirada respecto a quiénes eran los miristas, qué hacían, cómo eran sus reuniones, cómo se preparaban, por qué tenían esa fama de ser buenos oradores”. En ese sentido, Vidaurrázaga complementa señalando que esto permite “una conjunción de vida privada y vida pública”.
Las entrevistas que el autor realizó para su investigación fueron complejas, nada de fáciles. «Todavía hablar de esta militancia es algo que cuesta porque es muy golpeada (…) En general, todos los que hablaban tenían que hablar necesariamente de personas muertas en su juventud», explica.
Ignacio plantea que respecto del Movimiento de Izquierda Revolucionaria se ha levantado “una caricatura que hace predominar las armas por sobre la política, y en realidad el MIR siempre está discutiendo sobre política, y cuando actúa desde la autodefensa, desde las corridas de cerco, las tomas de terreno o las ocupaciones, eso está subordinado a un plan político. Y a mí me interesaba acentuar eso”.
Para profundizar en la fuerza que tenía al interior de la organización subversiva lo político, el autor explica que, por ejemplo, “tú no podías entrar al MIR sin estudiar. O sea, alguien que se planteara ser mirista y no estudiar los libros, a los autores, ir a las bases sin esas lecturas hechas, iba solo a quedar ahí”.
En ese sentido, Vidaurrázaga postula que “es difícil encontrar otro personaje, otra biografía tan marcadora en su tiempo y después, como la de Miguel Enríquez”.
“No tienes un símil que simultáneamente sea el tipo rápido para responder, el estudioso que lee a Pablo de Rokha, que está estudiando la Guerra Civil española y su suceder. A la vez, es capaz de ser parte de asaltos bancarios cuando es necesario, porque considera que no puede dejar de vivir los riesgos que él está pidiendo a los demás; o sea, eso tiene que ver con ética”, destaca.
Paralelo a ello, el periodista añade que su publicación lo que hace finalmente es abrir interrogantes. “Es un libro crítico, irreverente, iconoclasta. O sea, es un libro que más bien te hace preguntas y te entrega elementos para que tú las resuelvas”, plantea.

Y junto a esa preparación política e intelectual, hubo en el MIR un elemento que marcó definitivamente a la organización, y que a su vez le permitió a Ignacio vincularlo con una de las principales características de los movimientos sociales más importantes de las últimas décadas en nuestro país: la juventud de sus integrantes.
“Al año ‘73, el MIR tiene una dirección que no sobrepasa, en promedio, los 30 años. Y el promedio de su militancia tendrá 22 o 23 años”, destaca el investigador. Una generación que a esa edad debió enfrentar a la dictadura, sumergirse en la clandestinidad o morir combatiendo contra ella o en sus centros de exterminio, y que para el autor volvió a reaparecer justamente en esos otros adolescentes y veinteañeros que ya entrado el siglo XXI impulsaron procesos profundos de cambios en la sociedad chilena.
Parecía que la fractura de toda la juventud militante martirizada en dictadura, marginada de la transición, se había tomado su tiempo y reaparecía en forma de barras deportivas, movimientos territoriales, movimiento feminista, defensores del agua (..) Que las fotos en blanco y negro de esos otros jóvenes detenidos desaparecidos y ejecutados cobraban vida en estos otros muchachos con aros y tatuajes, bicicletas y pañuelos verdes, no binarios y diversos”, reflexiona al respecto Vidaurrázaga en su libro, y se pregunta: ¿Cuánto tenían que ver el MIR y Miguel Enríquez en la Revuelta?
Y esos chicos de aros, tatuajes y bicicletas, ¿se van a ver, a su vez, representados en los jóvenes del MIR de esos años ‘60 y ‘70 que aparecen en este libro?… Responde Ignacio: “Yo esencialmente estoy escribiendo para los no protagonistas (…) Desde mi intención de investigador y escritor, me interesa que el libro llegue a los sub 40, sub 30 y sub 20, si quieres; y eso significaba mucho glosario, traducción, un trabajo mucho más detallado, más fino”.
“Uno dice, bueno, Miguel Enríquez, Luciano Cruz, Bautista van Schouwen, Lumi Videla, Carmen Bueno, etcétera, ninguno tenía más de 30 años y tuvieron un final trágico. Pero más que imaginarse ese final trágico, yo creo que cada generación de jóvenes tiene su propia épica, y a veces sucede que algunas generaciones de jóvenes aparecen como dormidas, y yo más bien creo que hay una suerte de latencia y que va a moverse”, postula.
Y añade: “Yo creo que hay obvias relaciones entre los muchachos que salen el 2011 a las calles; la juventud que sale el 2019 a las calles, que llenan plazas, que salen en las noches, que enfrentan la represión -muchos de los cuales mueren, van presos o pierden sus ojos-, con esas generaciones sesentistas y setentistas. Y el vínculo etario no es menor, en cuanto a tomar riesgos, de voluntad, de energía; para eso tienes que ser joven. Y también saben que las cosas como están, no están funcionando y que, por tanto, es otra generación la que tiene que entrar”.

En ese sentido, Ignacio cuenta que mientras él entrevistaba y escribía, ya estaba en marcha el estallido social del 18 de octubre de 2019.
“La banda sonora del MIR de Miguel es el bombardeo a La Moneda, son las marchas que tuvimos, es el avance de los pobres del campo y la ciudad desde el año ‘69 al ‘71; la banda sonora de hoy es el 18 y 19 de octubre, el estallido social, la pandemia como figura de miedo, disciplinadora, lo que no quiere decir que dejen de pasar cosas”, reflexiona el autor.
De hecho, a pesar de la pandemia, hoy Chile se encamina a un plebiscito de salida en donde la ciudadanía decidirá nada menos que si aprueba o rechaza la propuesta de nueva Constitución que la Convención Constitucional le ofrecerá. Un acontecimiento que también forma parte de esa banda sonora que acompañó a Vidaurrázaga en la escritura de El MIR de Miguel, pero que a juicio del autor está hoy amenazada. Una suerte de boicot para que esta suene mal, por más que los intérpretes hagan bien su trabajo.
“Hay una tensión latente en el ambiente porque creo que esa vieja frase de que lo nuevo no termina de nacer y lo viejo está ahí, lo estamos viviendo todos los días. Me llama la atención cómo las fuerzas del poder, en sus distintas manifestaciones, están construyendo un cerco a la Convención con recados, con amenazas, con desprestigio, con motes, marcándoles cómo comportarse, cuáles son los límites. Y ese cerco también es un cerco al nuevo gobierno; es un doble cerco, sea desde el Parlamento, desde las finanzas, desde el precio del dólar, desde las amenazas, desde los medios de comunicación, etcétera”, apunta Ignacio.
Algo que el escritor advierte como “muy peligroso”, porque -enfatiza- “el mandato que le dimos a la Convención al ir a votar y sacar esas mayorías no fue precisamente el tener que construir de nuevo esa suerte de frágil castillo de acuerdos, y que en definitiva lo que hace es dejar con el poder a los que siempre tienen el poder”.



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