El 11-S después de una derrota

Una crónica vivencial sobre la tradicional romería al Cementerio General del 11 de septiembre. Un momento marcado por la derrota del pasado domingo 4 de septiembre.
Foto: Agencia Uno

La niebla cubre las cabezas la mañana del domingo. Vuelve el frío después de una anticipada primavera y los cuerpos de nuevo se hielan. Una vez más, como si el calor nunca fuera a llegar del todo. ¿Sería distinta está conmemoración a 49 años del golpe de Estado si es que el resultado del domingo 4 de septiembre fuera otro? ¿Hubiera salido el sol?

Pero quienes caminan en bloque por la Alameda con paso decidido prefieren disimular. Dejar atrás por un instante los números de una derrota aplastante. Son varios de miles los que optaron por otra opción, nadie lo discute. Es que estaba tan cerca la victoria.

Esta no es la primera vez que les manifestantes participan de la romería hacia el Cementerio General. Lo han hecho antes denunciando los crímenes de la dictadura y sus resabios. El más grande y anquilosado: la Constitución Política de la República que hace una semana atrás quedó tal y como estaba. Ni una coma más, ni un artículo menos.

Foto: Agencia Uno

Temprano en la mañana el Presidente Boric ha visitado la tumba del líder de la Unidad Popular, Salvador Allende Gossens. Más tarde, conmemora junto a sus ministros y sus equipos la fecha que continúa tocando profundamente la fibra de Chile. Lo recalca a través de un discurso que llama a la unidad y que repasa a quienes dicen algo y hoy hacen otra cosa.

“Frente a las divisiones y problemas de la sociedad, nosotros vamos a responder con más democracia y nunca con menos. Esa es la principal enseñanza que nos dejó el Presidente Salvador Allende”, asegura Boric para luego lanzar la flecha: “No cometan el error de creer que el que se haya rechazado el texto propuesto por la Convención, significa un rechazo a los cambios y transformaciones en Chile”.

Foto: Agencia Uno

Y así, los claveles van tomándose el palacio de gobierno y también sus balcones, pero desde la calle por donde avanza la columna de personas es difícil distinguirlos. Son nada más que puntos rojos en las ventanas donde hace 49 años atrás, a la misma hora, entraron balas que lo quemaron todo.

En la avenida que cruza Santiago pasa algo distinto. Es otra la energía. Las palabras no están entre muros, por el contrario, caminan solas.

Los miles se mueven rápido. Suele ocurrir en esta fecha. Es porque las romerías tienen un ritmo distinto. Van un compás adelante porque siempre existe el temor de que atrás la policía te vaya barriendo los pasos. Y, entonces, cuando la columna de banderas moradas, rojas, negras y rojas y negras doblan por la calle San Antonio hacia el norte, el frío se siente más. El sol no alumbra y el Bloque Negro palos-mochilascubiertas-lentes oscuros-guantes de construcción gana toda la vereda izquierda.

-Avancemos más rápido- le dice una señora de más edad a su joven hija. Y ella asiente, pero no por los jóvenes que arrasan con las cámaras de seguridad de los locales comerciales. Apunta a la calle perpendicular. Al otro lado está la policía. Esperando a que pase algo o evitando que algo pase. Y la imagen se repite varias veces, al menos un par de cuadras hasta llegar a Avenida La Paz.

Los gritos golpean las calles vacías provocando un eco que traduce el enojo. “Ninguna democracia se puede levantar, sin terminar primero con tanta impunidad”, se escucha repetidamente. Entre quienes marchan hay familiares de detenidas y detenidos desaparecidos: hijos, hijas, nietas y nietes. Caminan también a su lado -quizás sin conocerse- jóvenes víctimas de la represión policial de la reciente revuelta chilena. Siguen estando allí, incluso después de la paliza del domingo.

Aunque el color que prima entre les asistentes es el negro, lo cierto es que no todes buscan lo mismo. Mientras algunas llaman en sus cánticos a una Asamblea Constituyente para escribir un nuevo texto, otros más a la izquierda, rozando el borde de la calle, quieren el fin del sistema capitalista. Todo en uno y allí están todes. Y esas diferencias se hacen notar cuando se enfrentan entre golpes de puños y palos, gritos de reproche por el actuar de algunos y molestias de otros por evitar lo inevitable en una fecha como esta.

-Te preocupai que los cabros rompan un semáforo, pero te quedai callada con los cabros mutilados por los pacos- le dice un joven encapuchado a una mujer que lleva a sus hijes de la mano. Todos miran, algunas alientan, otros guardan silencio porque para qué hablar.

No es algo nuevo ni es la primera vez. Pero, particularmente, ahora se palpa entre quienes recuerdan a sus familiares asesinados y desaparecidos, y aquellos y aquellas que buscan otro mundo posible en sus diferentes formas de actuar, la tristeza de una derrota. Nadie lo dice, pero está en el aire. Se nota en las miradas. Los negros apuntan a los rojos y al revés, y los gritos ahuyentan a los partidos que son coalición de gobierno cuando a sus orejas llega que no pueden estar allí. Pisando el cementerio donde descansan sus muertos, los caídos. Las personas asesinadas por creer en un Chile mejor.

Algo se quebró entre los miles esa noche de domingo. Cuando nos quedamos esperando la primavera 17 días antes de lo presupuestado.

Más allá, mientras la columna de personas culebrea por los pasillos del Cementerio General y se siente el aire lacrimógeno que pica las gargantas, un hombre de barba tupida dice que no hay que pelear entre nosotros, que la pelea está afuera, con los pacos. “Con los pacos, cabros. La hueá está afuera”, repite con más firmeza.

Una hora después, el campo de batalla se traslada. Una horda enfilada de Carabineros de Chile entra a detener a los encapuchados, a aporrear a los manifestantes, pasando por alto -como es de costumbre- los homenajes a las vidas de lucha que yacen descansando en los patios del lugar. No les tiembla el paso, aun cuando el peso de sus trajes podría enterrarlos a ellos en ese mismo momento.

Foto: Agencia Uno

Si fuera posible mirar dos fotografías, una de años anteriores y otra de este domingo 11 de septiembre, quizás no veríamos nada distinto. Los mismos cuerpos homenajeando a sus muertos, los mismos cuerpos enfrentándose entre sí. Pero quien observa detenidamente los detalles encontraría en esta última una gran diferencia: después de 49 años volvimos a perder. Y ahora duelen los muertos y las desaparecidas, las familias partidas, la falta de justicia y los sueños deshechos como un bloque de azúcar en el té.

¿Cómo se convive con una derrota? Hay muchas y muchos de los que marchan aquí que saben de eso. De perder y nunca ganar. O ganar poco. Son el calor cuando hace frío, las flores cuando el invierno ya no da para más. Ellos y ellas sí saben lo que es la espera.

Algunos grupos se detienen a leer palabras escritas en un papel en las lápidas de sus muertos y otros prefieren dejar flores y guardar silencio. Frente a la tumba de Gladys Marín, quien luchó contra la dictadura de Pinochet y fue una de las primeras mujeres en democracia en plantear la necesidad de cambiar la Constitución chilena, alguien dejó una carta. Tiene letras grandes y se lee desde lejos: “Querida Gladys, estuvimos muy cerca de lograr tu sueño y el nuestro”.

Pero no, Chile. Todavía falta un poco.

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