Cultura B

Cristofer Rodríguez y su libro sobre la organización que unió a los rockeros chilenos de los años 90

“La asociación de trabajadores del rock fue un sueño” afirma el autor del libro “Con el corazón aquí: Estado, mercado, juventudes y la Asociación de Trabajadores del Rock en la transición a la Democracia (1991-1995)”, un texto que rescata la historia y que le hace justicia a la primera organización gremial que unió a los músicos chilenos de la post dictadura.

Cristofer Rodríguez es profesor de historia, geografía y ciencias sociales, magíster en Historia de Chile y diplomado en Estudios de Música Popular. Es investigador sobre música chilena, habiendo expuesto en diversos congresos en Chile y Argentina.

Ha colaborado en El Desconcierto y Nación Rock, trabaja en la revista Rockaxis. Es coautor de 200 Discos de rock chileno: Una historia del vinilo a streaming (1962-2012), ganador del Premio Pulsar 2022 en la categoría Mejor Publicación Musical Literaria.

Su más reciente trabajo es “Con el corazón aquí: Estado, mercado, juventudes y la Asociación de Trabajadores del Rock en la transición a la Democracia (1991-1995)”, un texto que rescata la historia y que le hace justicia a la primera organización gremial que unió a los músicos chilenos de la post dictadura.

Mediante un acucioso archivo y con las voces de sus protagonistas impresas en el texto, el libro destaca el coraje de una generación diversa en sonidos y que supo unirse identificando necesidades comunes; pese a no haberse proyectado en el tiempo, la historia y el legado de la ATR es digno de conocerse. Conversamos en exclusiva con el autor del libro que reconstruyó ese interesante proceso social y cultural.

¿Por qué reivindicar en un libro a experiencia gremial de la ATR?

-Me parece que en la experiencia histórica de la Asociación de Trabajadores del Rock se cruzan dimensiones vitales para comprender una parte de la transición a la democracia. El estado de la política cultural, el rol y visión del mercado en relación con la música y los medios de comunicación, las sensibilidades y formas de interacción de las juventudes y la sensibilidad artística de una época. Todo eso junto permite entrar a la época de la transición desde otra mirada menos revisitada y que, también, entrega respuestas sobre por qué somos el país que somos hoy. En eso la ATR como ejercicio es muy generoso, porque pasaron muchas cosas singulares en un momento histórico clave. Imagínate, una asociación de trabajadores del rock en los primeros años luego de la dictadura. Era un sueño, algo quijotesco y, según he investigado, bien particular de este país.

¿Cómo logró a tener un discurso en común un equipo tan heterogéneo?

-Yo creo que las necesidades en común no más. El momento histórico presentó a los músicos dos verdades muy gigantes. La primera, que Pinochet se había ido por lo tanto se estaba permitido volver a soñar con un país que pusiera la cultura en el lugar que le corresponde. Lo segundo, es que eso, parece, que no iba a ser posible. Se pasó muy rápido del sueño a la decepción ¿se podía o no se podía? Parece que no. Parece que sí. Fue ese espíritu que mezcló sueño y decepción, además de las malas condiciones de trabajo que vivían músicos desde los metaleros a los poperos, que les hizo juntarse y olvidarse un tiempo de sus diferencias. Había gente cercana al PC como Claudio Gutiérrez y otra gente de derecha como Juan Pánzer.

¿Cuál es el legado de ATR en el mercado de la música chilena actual?

-Yo veo dos legados, uno concreto y otro más simbólico. Desde lo concreto, la ATR grabó discos compilados con bandas chilenas que nadie estaba grabando entonces, los míticos volúmenes de “Con el corazón aquí”, hoy piezas de colección. Contribuyó a empujar la inversión de los sellos multinacionales en música chilena que va a ser bien poderosa desde la mitad de la década de los 90. Ojo, que no son responsables, pero pusieron su granito de arena. También fue de los miembros más activos de la ATR donde surgió la idea y se concretaron las Escuelas de Rock, que tienen más de 20 años de historia. El segundo aporte es más bien poético y tiene que ver con la experiencia en sí misma. Una experiencia que da cuenta de un momento histórico, pero que está lleno de aprendizajes para los músicos actuales. Fue una travesía, una odisea, una maratón en un desierto.

¿Podría existir una ATR en la actualidad? ¿Por qué?

-Así como la ATR no y qué bueno. Lo digo en el sentido del sectarismo. Creo que la gracia de la ATR fue romper las paredes que existían entre rockeros, pero hoy, esa rotura, debe ir más allá. ¿me parece posible una organización de trabajadores de la música en la actualidad? Claro que sí. Lo veo difícil por muchas razones que tienen que ver desde la inexperiencia de los músicos para organizarse hasta por cuestiones de ego y de una cultura muy neoliberal, pero por otra parte prefiero pensar que sí. Prefiero pensar que es muy posible que los trabajadores de la música de organicen y contribuyan a hacer del medio musical un lugar mucho mejor para todos y todas. Las asociaciones musicales de mujeres llevan la delantera en este sentido.

Pese a que Claudio Narea no dimensiona mucho esta experiencia, la historia reivindica su aporte en la asociación como músico y gestor cultural. ¿Qué opinas sobre esto?

-Las ATR sin Claudio Narea hubiese sido imposible. Si bien no fue el articulador ni el de la idea, su sola presencia le dio credibilidad y voz a la asociación. Una vez que ya se constituyó, Narea fue un gran líder que puso todos sus esfuerzos en concretar proyectos colectivos en la primera mitad de la década de los 90, dejando incluso su carrera musical de lado.

¿Piensas que es bueno reivindicar a Claudio Narea en estas materias, que se alejan de los temas que lo han rodeado los últimos años?

-La disputa entre nareistas y gonzalianos me parece muy inmadura, mezquina, torpe y absurda. Es un lugar al que nunca he querido entrar, tal vez por ser de una generación más joven. Pero hay un punto que no se puede desconocer y es que la figura de Narea ha sido injustamente vilipendiada por un sector de la prensa y fanáticos chilenos. Insisto, a mi no me interesa esa discusión. Me parece igual de absurdo y malicioso como aquellos que siguen juzgando a Jorge por sus errores del pasado. Creo que, sin querer, este libro pone en valor la imagen de Claudio Narea y lo releva como un gestor y Quijote de la música chilena, en términos de apoyar a bandas jóvenes, concretar proyectos políticos en un momento difícil y ser la voz de sus colegas en años muy duros laboralmente hablando. Si eso lo empareja o no con Jorge, es discusión de otras personas. Pero de que levanta su figura a través de un aporte muchas veces desconocidos, lo hace. Fue sin querer, la verdad se fue manifestando solita.

Hay tres personas fallecidas de las que se habla en el libro, que fueron parte de ATR. Pogo, Pancho Conejeras y Max Morton. ¿Cuál fue el aporte de ellos en esta historia?

También está Juan Pánzer Álvarez. Cada uno tuvo un rol distinto en la historia. Pogo, por ejemplo, no encabezó la ATR y fue parte en su época final, cuando grabó con Los Peores de Chile en el segundo disco “Con el Corazón Aquí”, como banda emergente. Max Morton, Pánzer y Pancho Conejeras fueron personas que estuvieron desde el minuto cero y, sobre todo los últimos dos, trabajaron por los trabajadores del rock antes y después de la ATR. La voz de los cuatro está en el libro de distintas formas, a través de archivo o entrevistas que hice especialmente para el libro. Max y Pancho brindaron la última entrevista de su vida para el libro, eso es muy emocionante, pero también me produce un poco de tristeza. Pancho, por ejemplo, es mi máximo referente de lo que debe ser un periodista musical militante. Le tengo mucho cariño a esa conversación que sostuvimos.  

Eres un autor joven, ¿Qué te cautivó de la historia de ATR que quisiste perpetuar con tu trabajo? ¿Por qué escogiste esta historia?

-Una mezcla de dos cosas. Primero, por una duda tremenda sobre el estado de la música chilena en plena transición. En segundo lugar, por la transición a la democracia en sí. Me parece una época apasionante desde el punto de vista histórico. Es donde se comienza a tejer el Chile actual. Las ATR llegó a mi como un mito y ese desafío me inspiró, aun con todo en contra. Esta investigación fue el proyecto de tesis de mi Magister en Historia de Chile Contemporáneo y toda la teoría y metodología me decía que no lo hiciera porque era imposible y poco atractivo desde el punto de vista historiográfico. No me rendí, seguí mi instinto con mucha porfía, porque sabía que había una historia única. Algo que aprendí del periodismo y el reporteo. Finalmente di con una historia muy interesante donde, además, se podía leer la transición a la democracia. Me fue bien con esa tesis (risas).

¿Cuál es el valor patrimonial de una revista El Carrete hoy?

-La revista El Carrete es el mejor repositorio de memoria y archivo que existe sobre el rock chileno entre 1988 y 1994. Allí estuvieron todos y, además, se hablaba de todo: de política, tocata, industria, etc. Portadas con De Kiruza, Andrés Godoy, La Ley, Jorge González, además de Guns N’ Roses, Metallica o Nirvana. Es una lástima que la colección completa no esté en la Biblioteca Nacional. No está en ninguna parte. Yo accedí al catálogo completo por una colección privada y si no fuera por la generosidad de ese autor, todavía no podría mirar esa foto tan clara del pasado. El Carrete debería digitalizarse, como está La Bicicleta y Rock & Pop. También deberían digitalizarse las Rincón Juvenil, Wikén, Ritmo, Rolling Stones Chile, Rockaxis.

¿Podría existir una ATR hoy? si la respuesta fuera positiva, ¿Quién debería estar?

-No sé si podría, pero debería existir una agrupación sólida de trabajadores de la música ¿Quiénes deben estar? Todos y todas.

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